Dos personas pueden estar sentadas una al lado de la otra y, sin embargo, no sentirse especialmente conectadas. También puede ocurrir lo contrario: una conversación, una mirada o una actitud de escucha generan una cercanía que parece ir más allá de las palabras. Nazareth Castellanos lleva esta cuestión al terreno de la neurociencia para explicar cómo la interacción con los demás también puede reflejarse en determinadas respuestas fisiológicas.
Durante mucho tiempo, explica la neurocientífica, la psicología y la medicina estudiaron el comportamiento desde una perspectiva fundamentalmente individual: observar qué ocurría en el cerebro, el corazón o la respiración de una persona para tratar de comprender lo que sentía o hacía.
La psicología y la medicina estudiaron el comportamiento desde una perspectiva fundamentalmente individual: observar qué ocurría en el cerebro, el corazón o la respiración de una persona para tratar de comprender lo que sentía o hacía (Canva)
Uno de los participantes inició además una práctica de meditación y modificó su respiración sin comunicárselo al otro. Según Castellanos, posteriormente observaron un mayor acoplamiento entre ambos registros cardíacos.
La propia neurocientífica introduce, sin embargo, un matiz importante: esa sincronización no aparecía siempre ni entre todas las personas. “Hay algo, que es la conexión entre las personas, que no sabes por qué con alguien te sientes conectado y con otro no”, reflexiona.
Castellanos utiliza también el vínculo entre madres e hijos para ilustrar esta idea. Según explica, distintos trabajos han estudiado cómo determinados parámetros fisiológicos pueden acompasarse durante la interacción entre ambos, especialmente cuando existe contacto y un estado de calma.
La respiración ocupa un lugar importante en su explicación. Cuando la madre está más agitada, señala, esa coordinación puede disminuir; cuando ralentiza su respiración, el niño también puede mostrar cambios asociados a un estado de mayor tranquilidad.
Para la neurocientífica, estas observaciones invitan a pensar la salud y el comportamiento más allá del individuo aislado. No solo hablamos, escuchamos o compartimos información: también reaccionamos constantemente a las personas que tenemos alrededor.
Castellanos lo relaciona con una idea de “humanidad común” y con la influencia que nuestras formas de estar, escuchar y atender pueden tener sobre otros. Su planteamiento no consiste tanto en afirmar que dos personas deban sincronizarse para estar conectadas, sino en recordar que la relación humana no se explica únicamente por la proximidad física.
Dos personas pueden estar sentadas una al lado de la otra y, sin embargo, no sentirse especialmente conectadas. También puede ocurrir lo contrario: una conversación, una mirada o una actitud de escucha generan una cercanía que parece ir más allá de las palabras. Nazareth Castellanos lleva esta cuestión al terreno de la neurociencia para explicar cómo la interacción con los demás también puede reflejarse en determinadas respuestas fisiológicas.