Si todas las fuerzas políticas, o al menos las troncales, lograran acordar cuáles son los temas hiperdivisivos e intentaran superarlos con la ayuda de paneles ciudadanos se daría un paso de gigante para rebajar la polarización
Hemiciclo vacío del Congreso de los Diputados. (Europa Press/Ricardo Rubio)
El título del artículo está tomado del libro homónimo (
Politics Without Politicians
) que la profesora de ciencia política de la Universidad de Yale, la francesa Hélène Landemore, ha publicado este año, aún no traducido al español. Un amigo me aconsejó su lectura y su contenido es tan provocador como estimulante. La autora argumenta en contra de la democracia representativa si la democracia quiere sobrevivir a la crisis actual. Llama al modelo que propugna "gobierno ciudadano" y, en esencia, consiste en abandonar las elecciones como mecanismo de selección de los representantes de la sociedad a través de los partidos políticos y de los políticos profesionales. Propone sustituirlas por sorteos entre todos los ciudadanos mayores de edad según la manera aleatoria en que se seleccionan en algunos países, entre ellos España, a los miembros del jurado en juicios con presencia de esta institución, combinados con el recurso frecuente a los referéndums.
Lo más interesante del libro es que Landemore contrasta la teoría con su experiencia personal en los pocos casos en que se ha puesto en práctica la fórmula. Destacan tres de ellos: la propuesta de reforma constitucional islandesa después de la crisis de 2008 (que no fue stricto sensu un caso de democracia por sorteo, porque el consejo constitucional estaba formado por islandeses que habían sido elegidos con la única condición de que no fueran políticos); la convención constitucional irlandesa de 2011-2013 sobre la legalización del matrimonio homosexual, que concluyó con la recomendación de hacerlo, y fue aprobada en referéndum en 2015, seguida de una asamblea ciudadana que debatió sobre la legalización del aborto, cuyo dictamen positivo fue sometido a referéndum en 2018, que lo aprobó (la primera convención fue de composición mixta políticos/ciudadanos seleccionados al azar, mientras que todos los miembros de la asamblea ciudadana fueron seleccionados al azar); las convenciones ciudadanas francesas sobre el clima de 2019-2020 -propuesta por el presidente Macron como respuesta a las protestas de los chalecos amarillos- y sobre la eutanasia de 2022-2023, integradas ambas por miembros seleccionados al azar. La autora participó en la primera convención francesa como observadora académica y en la segunda como miembro del comité de gobierno.
He de decir que sabía de la experiencia francesa, sin tanto detalle, porque había sido el precedente de otra en la que sí participé en la época que fui secretario de Estado para la Unión Europea: la Conferencia sobre el Futuro de Europa (2021-2022), que contó en su estructura con un panel ciudadano seleccionado al azar (y cuyo caso no aparece reflejado en el libro). La conclusión que en su día extraje de la fórmula fue que el potencial del panel había sido secuestrado por la pugna competencial entre el Parlamento Europeo y el Consejo, pues aquél era partidario de dar mayor relevancia normativa a las eventuales propuestas del panel ciudadano, en la seguridad de que irían en la línea de lo propugnado por esa institución, mientras que el Consejo sólo estaba dispuesto a considerarlas como propuestas orientativas. El papel del panel quedó en buena medida reducido a lo que la autora llama "blanqueo participatorio" (participation washing), y desde luego no me pareció especialmente indicado para un marco institucional tan complejo como el de la Unión Europea. Creo, en cambio, que tiene mucho potencial en los ámbitos nacional, regional y municipal.
Para empezar, cuenta con el mejor de los precedentes. Landemore nos recuerda que la democracia de la Atenas antigua contaba con tres instituciones seleccionadas por sorteo: el Consejo de los 500 (Boulé), que fijaba la agenda y formulaba propuestas a la Asamblea Popular (Ecclesia), los Tribunales populares (Heliea) y los Nomothetai, competentes para aprobar determinadas leyes. Los atenienses restringieron las elecciones a los puestos directivos en la administración y en el ejército, para los que se requería un tipo de excelencia individual. Salvo algunos ejemplos en las repúblicas oligárquicas italianas medievales (Venecia, Florencia), el sistema de sorteo cayó en desuso a partir del siglo XVIII, salvo para la institución del jurado en el mundo anglosajón. La razón principal posiblemente se debiera a la prevalencia de la teoría del contrato social, que presuponía el consentimiento del gobernado y tuvo en las elecciones el mejor sucedáneo.
La democracia representativa desarrollada desde entonces se basa en la división de poderes y en la multiplicación de controles, ante la evidencia de que "el poder tiende a atraer gente que quiere controlar a otros por el placer de hacerlo", junto al establecimiento de elecciones periódicas para la selección de los integrantes de los poderes legislativo y, de modo directo o indirecto, del jefe del ejecutivo. La autora, a partir de una cita de Chesterton ("La democracia real es el intento, comparable al de una buena anfitriona, de sacar al tímido de su timidez"), intenta delimitar la figura del "tímido", abundante, pero no sólo, entre los sectores tradicionalmente discriminados, a quien faltan la convicción, la energía, las capacidades o las ganas de involucrarse en la lucha (democrática) para acceder al poder. Frente al "tímido", está el prototipo del "echao p'alante" (la traducción libre es mía), que es generalizado entre los políticos, y también está sobrerrepresentado en otras profesiones, entre las que se cita a empresarios, abogados, policías y cirujanos.
El problema del mecanismo de selección a través de las elecciones es que el resultado tiende a privilegiar a los "echaos p'alante", que además son especialmente susceptibles a la corrupción. De manera inconsciente, los propios electores, mayoritariamente tímidos, buscan en los elegidos un perfil carismático, reforzando el sesgo de desinhibición de quienes se candidatan a las elecciones. Sostiene la autora, sobre la base de su experiencia y otros proyectos piloto de paneles ciudadanos seleccionados por sorteo, que si se consigue que su composición refleje la diversidad de la sociedad en cuestión pueden representarla mejor que las asambleas seleccionadas mediante elecciones. El mayor escollo de esta democracia por sorteo es hallar y acordar un criterio que asegure una composición del panel o asamblea lo más aproximada posible a las distintas circunstancias y sensibilidades sociales. Landemore cita un algoritmo llamado Leximin desarrollado por un grupo de matemáticos e informáticos de la Sortition Foundation con resultados muy satisfactorios en los casos empleados.
Entre las virtudes de los paneles ciudadanos, la autora analiza las ventajas que ofrecen debates con múltiples perspectivas sin obediencias debidas a organizaciones políticas de pertenencia, y desarrolla de manera muy convincente el concepto de amor cívico.
Landemore es una académica y presenta con mucha coherencia el marco teórico de la democracia por sorteo, que para ella redundaría en una democracia mucho más satisfactoria, en la que los tímidos tengan tanto o más que decir que los "echaos p'alante". De todos los casos expuestos el que más me ha convencido, por sus posibilidades reales de ser ejecutado y sus resultados testados, es el irlandés, que es el que más reservas suscita a la autora por su carácter mixto, de elección y sorteo, basado en la cooperación entre políticos profesionales, ciudadanos seleccionados al azar y el cuerpo electoral que sanciona el resultado mediante referéndum. De hecho, sostiene Landemore que el éxito de las experiencias para salir del callejón sin salida en que se había convertido la regulación del aborto y del matrimonio homosexual en Irlanda ha realzado el prestigio de la clase política de ese país.
Según analizo la situación actual en los países europeos que mejor conozco, el sistema democrático pasa a ser cuestionado cuando las fuerzas políticas principales abandonan una dinámica centrípeta, caracterizada por la negociación de los grandes temas en un terreno donde todas ellas convergen, para sustituirla por otra centrífuga, en la que la agenda y el tono son fijados por las fuerzas que representan los extremos del arco ideológico, aunque tengan representación minoritaria. Una vez que se invierte la dinámica, los partidos políticos -también los mayoritarios- se convierten en los principales aceleradores de la tendencia centrífuga. El debate racional se torna entonces en un intercambio de improperios, con el resultado de la parálisis y el marasmo institucional.
A partir de las características de cada sociedad, sería posible detectar un par de temas que hayan sido especialmente divisivos y estén en el arranque de la dinámica centrífuga. Si todas las fuerzas políticas, o al menos las troncales, lograran acordar cuáles son esos temas hiperdivisivos e intentaran superarlos con la ayuda de paneles ciudadanos se daría un paso de gigante para rebajar la polarización que aqueja a la mayoría de las democracias occidentales. Se podrían convertir estos paneles en el paso previo a reformas constitucionales que reescriban las reglas del juego, incorporando mecanismos que aseguren el regreso y el mantenimiento de dinámicas políticas centrípetas (y, de paso, permitan una mayor participación de los "tímidos" en la vida política)
En mi opinión, la democracia por sorteo no tiene mucho recorrido a la hora de seleccionar los puestos con poder ejecutivo, como ya intuyeron en la Atenas clásica. En un régimen democrático, estos deberían seguir seleccionándose mediante elecciones, entre otras razones porque si la elección no asegura el acierto, al menos sí garantiza que al cabo de cierto tiempo los titulares puedan ser desalojados a través de las urnas. Otra cosa es que, sin recurrir al sorteo, se establezcan fórmulas para disminuir el protagonismo del poder ejecutivo y también de sus titulares. El ejemplo suizo es suficientemente conocido. Y también, a la vista del experimento islandés del consejo constituyente de 2010, que se fomenten los cauces para que los representantes de la sociedad puedan ser elegidos entre políticos no profesionales, que es una manera de decir que haya más ciudadanos involucrados en política activa, aunque de modo transitorio, sin que se eternicen en la actividad.
Con todo, el principal reparo que veo en las tesis de Landemore hacia una plena implantación del sistema de selección por lotería algorítmica es que ha llegado tarde. En un mundo moldeado por la inteligencia artificial, bastante desafío supone la preservación de la legitimidad de los sistemas democráticos actuales, ante los intentos de captar el voto individual mediante una estrategia de influencia capilarizada con instrumentos de IA. Por excelente que sea el algoritmo Leximin o cualquier otro, ¿alguien duda que la determinación o funcionamiento del algoritmo empleado en cada caso no sería presa de intentos rivales de control a través de la IA? Incluso si no fuera así, ¿serían superables las sospechas de constitución fraudulenta que generaría entre la población cualquier panel con competencias legislativas estatuido por sorteo algorítmico?
El que los paneles ciudadanos seleccionados por sorteo logren tener un cierto efecto balsámico dependería así de la plena cooperación de los políticos electos, tanto en su constitución y funcionamiento como en la aplicación de sus resultados. Quizá encuentren un acicate para fomentar esa cooperación el que la fórmula haya contribuido en países como Irlanda a recuperar el prestigio de su actividad, pues es triste -y alarmante- que en muchos países democráticos los políticos se hayan convertido en uno de los elementos peor valorados por la sociedad a la que deben servir y representar.
El título del artículo está tomado del libro homónimo (
Politics Without Politicians
) que la profesora de ciencia política de la Universidad de Yale, la francesa Hélène Landemore, ha publicado este año, aún no traducido al español. Un amigo me aconsejó su lectura y su contenido es tan provocador como estimulante. La autora argumenta en contra de la democracia representativa si la democracia quiere sobrevivir a la crisis actual. Llama al modelo que propugna "gobierno ciudadano" y, en esencia, consiste en abandonar las elecciones como mecanismo de selección de los representantes de la sociedad a través de los partidos políticos y de los políticos profesionales. Propone sustituirlas por sorteos entre todos los ciudadanos mayores de edad según la manera aleatoria en que se seleccionan en algunos países, entre ellos España, a los miembros del jurado en juicios con presencia de esta institución, combinados con el recurso frecuente a los referéndums.