Este experto en tecnología advierte: quítales las redes a tus hijos y dales ChatGPT
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Entrevista con Daniel Susskind

Este experto en tecnología advierte: quítales las redes a tus hijos y dales ChatGPT

El economista y escritor, considerado uno de los grandes expertos en el impacto de la tecnología sobre el empleo y la sociedad, cree que debemos aplicar a la IA la misma lógica que a las calculadoras en los años 70

Foto: Daniel Susskind, durante su paso por Madrid. (Fundación "la Caixa")
Daniel Susskind, durante su paso por Madrid. (Fundación "la Caixa")

Cuando las calculadoras llegaron a las aulas en los años setenta, muchos temieron que los alumnos dejaran de aprender matemáticas. La solución fue enseñarles y examinarlos con ellas y sin ellas. El economista y escritor Daniel Susskind (Inglaterra, 1987), considerado uno de los grandes expertos en el impacto de la tecnología sobre el empleo y la sociedad, cree que ahora debemos aplicar esa misma fórmula a la inteligencia artificial.

Catedrático en el Gresham College, investigador en Oxford y Stanford y miembro del panel de expertos del Ejecutivo británico sobre IA y futuro del trabajo, lleva quince años estudiando la automatización y ahora publica su cuarto libro '¿Qué deberían hacer mis hijos? Cómo prosperar en la era de la inteligencia artificial'. Rechaza tanto el alarmismo como la complacencia. Y frente a quienes reclaman prohibiciones, insiste en separar la inteligencia artificial de las redes sociales: no todas las pantallas, sostiene, tienen el mismo efecto ni sirven para lo mismo.

PREGUNTA: Lleva quince años reflexionando sobre la Inteligencia Artificial (IA) y el libro se titula así porque es la pregunta que más le hacen. ¿Qué deberían hacer las nuevas generaciones para prosperar en la era de la IA? ¿Y qué consejo tradicional sobre educación y empleo ha quedado más desfasado?

RESPUESTA: La idea más obsoleta es que podemos blindarnos frente al futuro: predecir qué empleos existirán y qué capacidades serán más valiosas. Un buen ejemplo es la decisión en 2013 del entonces premier David Cameron de convertir Inglaterra en el primer lugar del mundo donde todos los alumnos de primaria y secundaria debían aprender programación. Michael Gove, entonces ministro de Educación, afirmó que esas eran las habilidades necesarias para prosperar en el siglo XXI. Muchos países siguieron sus pasos.

Una década después descubrimos que escribir código es precisamente una de las tareas que mejor realiza la IA. Una medida concebida para preparar a los jóvenes para toda su vida apenas mantuvo su vigencia hasta que terminaron el colegio. Fue una demostración de que ya no podemos predecir qué habilidades estarán protegidas. Debemos plantearnos otra pregunta: ¿cómo preparamos a la próxima generación para prosperar en un futuro del que sabemos muy poco?

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P: Para que quede claro desde el principio: en este libro habla de IA, no de redes sociales.

R: Es una distinción fundamental. Comparto las preocupaciones sobre el impacto de las redes sociales en los jóvenes y apoyo restricciones para limitar su acceso. Pero no son lo mismo que la IA. Me preocupa que esas inquietudes legítimas terminen mezclándose con prohibiciones instintivas de la IA y desemboquen en un rechazo general de la tecnología. Vetar ChatGPT en las aulas sería un grave error. Las redes sociales distraen y restan autonomía. La IA, utilizada correctamente, puede mejorar enormemente la vida de la próxima generación. Los padres discutimos sobre cuál es la cantidad ideal de tiempo frente a una pantalla. Pero, en lugar de preguntar cuánto tiempo pasan los niños ante ella, debemos preguntarnos qué hacen con ella. Si acceden a las redes sociales, deberíamos limitar su uso. Si la emplean para aprender, puede resultar muy positiva. Los colegios deberían dedicar un tercio de su tiempo a enseñar a utilizar la IA.

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P: ¿Cómo podemos distinguir entre utilizar la IA para aprender y emplearla para evitar el esfuerzo de pensar?

R: Debemos volver a lo básico: lectura, escritura, matemáticas y pensamiento crítico. No sabemos si en el futuro serán más importantes el criterio, la creatividad o las habilidades interpersonales, pero esos conocimientos fundamentales seguirán siendo esenciales. Son los cimientos de todo lo demás y reforzarlos es una estrategia sin riesgo. Al mismo tiempo, debemos enseñar a utilizar la IA. Creo que aproximadamente un tercio del tiempo educativo debería dedicarse a aprender a emplearla de manera eficaz y crítica. El dilema es cómo hacerlo sin debilitar las capacidades básicas. ¿Por qué aprender un cálculo difícil si un sistema puede hacerlo por nosotros? ¿Por qué enfrentarse a un libro complejo si una herramienta puede responder cualquier pregunta?

Ya vivimos algo parecido con la calculadora. En 1982, el matemático Wilfred Halliday Cockcroft propuso aceptar que todo el mundo tendría acceso a ella, pero dividir la enseñanza: aprender a utilizarla y, a la vez, reservar un espacio para trabajar sin ella. Además, debían evaluarse ambas capacidades. Yo llamo a esta estrategia "enseñar las dos cosas y examinar las dos". Debemos aplicarla a la IA en todas las asignaturas: enseñar a utilizarla para comprender ideas y resolver problemas, pero también garantizar que los alumnos aprendan a pensar por sí mismos.

P: Es padre de tres hijos, de ocho, cinco y dos años. ¿Qué le preocupa más: que pierdan oportunidades por no utilizar la IA o que terminen dependiendo demasiado de ella?

R: Me preocupan ambas cosas. La IA será el agua en la que nadará la próxima generación y les estaremos fallando si no los preparamos para el mundo en el que vivirán. Estas tecnologías pueden ayudarlos a comprender ideas, resolver problemas y realizar descubrimientos antes imposibles. Pero también me preocupa que deterioren sus capacidades básicas. Por eso defiendo enseñar y evaluar tanto el uso de la IA como la capacidad para desenvolverse sin ella.

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P: Si le plantean si pueden utilizar ChatGPT para hacer los deberes, ¿qué respondería?

R: Se habla del riesgo de que la IA acabe con la humanidad o facilite ciberataques, pero los padres quieren saber si sus hijos deben utilizar ChatGPT para hacer los deberes. Ahora mismo no existe una respuesta clara. Debería ser tan sencillo como decidir si un alumno puede emplear una calculadora. Si se prepara para un examen con ella, debe utilizarla; si necesita practicar cálculo mental, tendrá que trabajar sin ella. El sistema educativo todavía no ofrece esa claridad respecto a la IA. Padres y alumnos deben adivinar qué pretende conseguir cada ejercicio y probablemente el profesor tampoco tenga una respuesta definida. Debemos establecer claramente cuándo puede utilizarse y cuándo no.

P: Si la IA asume las tareas básicas con las que tradicionalmente aprenden los jóvenes profesionales, ¿cómo adquirirán la experiencia necesaria para convertirse en expertos? ¿Pueden las simulaciones generadas por IA sustituir la práctica real?

D. S: Estos sistemas parecen ser especialmente buenos realizando tareas cognitivas propias de los primeros años de trabajo de abogados, médicos, profesores o contables. Existe un problema laboral —dónde conseguirán los jóvenes su primer empleo—, pero también formativo: ¿cómo adquirirán experiencia si desaparecen los primeros peldaños de la escalera? Veo tres posibles respuestas. La primera son las simulaciones. Ya se emplean en otros sectores: el responsable de una central nuclear aprende a estabilizar un reactor mediante simulaciones y un astronauta practica cómo caminar por el espacio en un laboratorio de flotabilidad neutra. Ahora podemos trasladarlas al trabajo intelectual.

Un abogado joven podría interactuar con un juez generado por IA, revisar documentos artificiales, enfrentarse a adversarios virtuales y ayudar a clientes simulados. La segunda respuesta es recuperar el aprendizaje junto a profesionales experimentados. La tercera es utilizar la IA para adaptar la formación a las fortalezas y debilidades de cada persona. La tecnología no solo obliga a replantearnos qué enseñamos, sino también cómo educamos.

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P: La IA promete una educación personalizada. ¿No podría ampliar la brecha entre los niños de familias ricas y los más desfavorecidos?

R: Al contrario. La interacción personalizada que ofrecen estos sistemas es mejor que el 95% de las interacciones que he observado entre profesores y alumnos, incluidas las mías. Pueden adaptar el contenido y la forma de enseñarlo a las necesidades de cada estudiante. Esa fue una de las razones por las que comencé a interesarme por la IA: su capacidad para democratizar conocimientos que antes solo estaban al alcance de unos pocos privilegiados. La mayoría de las personas no recibe una buena educación, carece de una sanidad de calidad, desconoce sus derechos legales o no sabe gestionar sus finanzas. Estas tecnologías pueden ofrecer un acceso mucho más asequible a esos conocimientos. Existen riesgos y costes, pero ya hemos visto un cumplimiento parcial de esa promesa.

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P: Ha trabajado para gobiernos laboristas y conservadores. Si ahora le encargaran un informe con recomendaciones concretas para las escuelas, ¿qué propondría?

R: Elegiría tres medidas. Primera: volver a lo básico —lectura, escritura, matemáticas y pensamiento crítico—. Segunda: enseñar y examinar con y sin tecnología. Tercera: recordar que no todas las pantallas son iguales. La IA no es lo mismo que las redes sociales y debemos desconfiar de las prohibiciones tecnológicas generales. Los datos de la OCDE muestran que la comprensión lectora y la capacidad matemática de los jóvenes han empeorado desde 2009 en muchas partes del mundo. Es una tragedia educativa y un desastre para su preparación laboral. Inglaterra ha conseguido mantener sus niveles, mientras que Escocia y Gales han retrocedido. Durante la última década, estos dos últimos se han dejado seducir por ideas de moda sobre las competencias del siglo XXI y la preparación para el futuro. Inglaterra se ha concentrado más en los conocimientos básicos y ha conservado mejores resultados.

P: ¿Existe algún país que esté abordando mejor la incorporación de la IA a la educación?

R: La respuesta directa es que no. No existe ningún país donde un niño pueda preguntar si debe utilizar ChatGPT para hacer los deberes y sus padres respondan con la misma seguridad con la que contestarían sobre una calculadora. La campaña para reducir el acceso de los jóvenes a las redes sociales ha sido positiva, pero existe el riesgo de extender esas restricciones a la tecnología en general. No conozco ningún país donde haya una conversación nacional que distinga adecuadamente entre las redes sociales y la IA. Estas tecnologías pueden utilizarse para hacer cosas positivas o negativas; prohibirlas completamente no parece apropiado.

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P.:Sus críticos aseguran que su libro es demasiado optimista sobre la capacidad de la IA para mejorar la educación y que presta poca atención al poder de las grandes compañías tecnológicas, al impacto medioambiental y a la necesidad de interacción humana de los niños. ¿Presenta como inevitable una transformación sobre la que todavía podemos decidir?

R: Deberíamos evitar tratar la IA como un equipo de fútbol ante el que uno debe declararse optimista o pesimista. Puede haber razones para entusiasmarse y también para preocuparse. Debemos mantener ambas posibilidades en la cabeza. He dedicado los últimos quince años a escribir tanto sobre las promesas de la tecnología como sobre su precio. Una de las cuestiones que más me inquietan es la distracción: estas herramientas pueden ser extraordinariamente eficaces captando la atención de los jóvenes. No debemos ser dogmáticos. La IA puede utilizarse para bien o para mal y el futuro no está predeterminado. Dependerá de cómo la utilicemos, regulemos y moldeemos.

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P: ¿Está de acuerdo con establecer límites a la IA? ¿Es necesario alcanzar un acuerdo mundial o estamos ante una batalla en la que quien gane la carrera se impondrá a los demás?

R: Existe una carrera con dos participantes principales: Estados Unidos y China. Eso crea fuertes incentivos para que ninguno quiera frenar. La oportunidad para Europa consiste en identificar acuerdos concretos en los que todos salgan beneficiados. El precedente es la Guerra Fría. La tecnología nuclear tenía dos caras: las armas eran terribles, pero la energía podía ser positiva. Aunque Estados Unidos y la Unión Soviética estaban enfrentados, acordaron restricciones a los ensayos y compromisos de no proliferación. Debemos buscar coincidencias similares respecto a la IA.

Los grandes tratados multilaterales pueden convertirse en una distracción. Resulta más útil identificar cuestiones concretas que Estados Unidos y China quieran excluir de la competición, como las amenazas contra la seguridad infantil, las armas biológicas, las nuevas toxinas o determinados ciberataques. Europa puede ejercer un liderazgo político e intelectual para impulsar esos acuerdos y reducir los riesgos. Esa debería ser ahora la gran prioridad.

Cuando las calculadoras llegaron a las aulas en los años setenta, muchos temieron que los alumnos dejaran de aprender matemáticas. La solución fue enseñarles y examinarlos con ellas y sin ellas. El economista y escritor Daniel Susskind (Inglaterra, 1987), considerado uno de los grandes expertos en el impacto de la tecnología sobre el empleo y la sociedad, cree que ahora debemos aplicar esa misma fórmula a la inteligencia artificial.

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