La izquierda "woke" vive libre de insectos, noches al raso, tormentas de verano. Y no se reconoce en sus dañinas tesis de salón sobre las causas de los incendios
Helicóptero durante las labores de extinción del incendio forestal, a 26 de julio de 2026, en Betxí, Castellón, Comunidad Valenciana. (Europa Press/Carme Ripollés)
El muy jaleado ecologismo de la izquierda "woke" se queda en la pancarta. La España rural no es lo suyo. Tampoco echa el resto en impedir la explanación del monte para negocios más lucrativos. ¿A quién interesa que desaparezcan el pastoreo y los pueblos más fundidos con el monte como mi querido Ayoó?
Respiro por la herida. Tengo los recuerdos de infancia enterrados bajo los escombros del año pasado. Eso me ayuda a detectar el postureo de quienes no se reconocen en el impacto de sus dañinas tesis de salón sobre las causas de los incendios.
Véase el último clarinazo sobre los dramas que han provocado la evacuación de más de 110.000 personas y han devastado más de 100.000 hectáreas en toda España. Sánchez propone un "pacto de Estado contra el cambio climático".
Más parece coartada política que remedio anti-incendios, a fin de combatirlos con mejores medios técnicos y humanos. Palabras solemnes, fotos, pero poca respuesta concreta sobre presupuestos, calendario, personal, vigilancia, agricultura, ganadería extensiva, responsabilidades, gestión del monte con medidas sostenidas en el tiempo, poco vistosas, pueblo a pueblo.
El pacto sobre el cambio climático, por sí mismo, no apaga incendios, no limpia montes ni fija población rural. No se trata de negarlo, pues es cierto que genera condiciones extremas de calor, sequía o estrés hídrico, aunque estas se crecen con el abandono, la acumulación de biomasa, falta de limpieza de los montes, los pirómanos, la falta de planificación forestal, etc.
Sánchez sería más convincente si propusiera un pacto de Estado para coordinar esfuerzos encaminados a evitar los incendios de un año para otro con medidas prácticas, concretas, más baratas y de fácil comprobación.
La elusiva formulación del pacto "contra el cambio climático" retrata a unGobierno indolente en la causa de la naturaleza. Se pone estupendo en teorías sobre la emergencia climática. Pero en el fondo abraza esa tendencia tan española a pensar que lo que es de todos no es de nadie.
Las decisiones oficiales sobre los problemas de la España rural se toman a espaldas de hombres y mujeres que encontraron su modo de vida en la agricultura, la ganadería y otras formas de contacto permanente con el medio natural. Y es que el ecologista de salón tiene peligro si escala a las altas esferas del poder. Además de maldecir a las ortigas, los insectos, noches al raso, los milagros de la primavera, las tormentas de verano y los secarrales de agosto, desoye la voz del municipalismo que insiste año tras año en la improductiva relación entre lo poco que cuesta prevenir y lo muchísimo que cuesta sofocar.
Este fin de semana el Rey elogió in situ la "ejemplar cooperación entre las Administraciones". Con piadosa alusión a lo que "podemos conseguir unidos". Se refería a los esfuerzos contra la voracidad de los incendios en los entornos de la Comunidad de Madrid. No a lo que podemos hacer unidos en el reto preventivo. El escarmiento no motiva a nadie.
Estamos donde estábamos el verano pasado, y el anterior, y el anterior, llorando por los mismos problemas, mismas situaciones, mismas causas de la devastación, mismas fotos de los políticos, mismos propósitos de la enmienda y misma desatención de las Administraciones central y autonómicas ante las demandas de agricultores y ganaderos.
A este respecto, me parecen igual de improductivos la buena intención de Felipe VI, el pacto que ofrece Sánchez y el plañidero "No estáis solos" de Díaz Ayuso.
El muy jaleado ecologismo de la izquierda "woke" se queda en la pancarta. La España rural no es lo suyo. Tampoco echa el resto en impedir la explanación del monte para negocios más lucrativos. ¿A quién interesa que desaparezcan el pastoreo y los pueblos más fundidos con el monte como mi querido Ayoó?