Ocho años después del salto a la fama, el todavía presidente del Gobierno sobrevive por los nacionalistas que no han venido a garantizar la gobernabilidad ni a salvar legislaturas
El presidente del Gobierno y secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, en la clausura del 27ª Congreso de JSE. (EFE/Daniel González)
Sostienen los surfistas del sanchismo que, como ya ocurrió en vísperas de los dos últimos veranos, laola de la desvergüenza romperá sin necesidad de anticipar las elecciones. Si así fuera, no cuestionemos la impaciencia de los antisanchistas ni elogiemos el talento del personaje para seguir comprando tiempo.
Si sobrevive hasta julio de 2027contra toda lógica democrática, no será gracias al "contraataque". Un discurso de patas cortas: "orgullo progresista", "oposición marrullera" "campaña orquestada", "conjura antidemocrática". El propio Sánchez agotó el repertorio este domingo en la clausura del congreso de las Juventudes Socialistas. Hasta el punto de reconocerse sin pruebas en los valores del Partido Socialista. No es consciente de haberlos atropellado a lo largo de estos ocho años. Ni del atroz desenlace: Gobierno roto, partido desarbolado y nueve causas abiertas por corrupción.
Pero ni todo eso sería lo que acabase con él. Si cae antes del tiempo tasado, el mérito, o la culpa, según se mire, sería de los socorristas. La voluntad de estos es mantener a flote al todavía presidente del Gobierno y secretario general del PSOE.
En los circuitos políticos y mediáticos de la política nacional circula la fundada sospecha de que estamos a cinco minutos del próximo culebrón judicial. El PSOE se habría beneficiado "a título lucrativo" de las "mordidas" gestionadas a la sombra de la organización. Volveríamos entonces al momento vivido hoy hace ocho años, cuando la bandera de la moralidad alzada por Sánchez y Ábalos tumbó al Gobierno del PP en una moción de censura contra Rajoy. Estamos en las mismas con los papeles cambiados.
Pero de moción contra Sánchez, nada de nada.
A los nacionalistas no les importa el desprestigio del Estado cuando su objetivo es romper amarras con ese Estado
La clave está en las alianzas forjadas con las fuerzas partidarias del vuelco ocho años atrás. Fueron inestables tras las elecciones de abril y noviembre de 2019, pero se consolidaron con un volquete de concesiones a los nacionalismos periféricos tras las elecciones de julio de 2023.
Desde entonces, hace menos de tres años, los dueños y señores del pedestal de Sánchez son todas y cada una de las cuatro fuerzas nacionalistas vascas y catalanas representadas en el Congreso. Viven de las concesiones del Gobierno y comparten con el PSOE la "alerta antifascista". No apoyarán una moción de censura del aspirante Feijóo por no votar junto a Vox. De ahí, no de su talento, ni de las teorías conspiratorias, saca Sánchez la firmeza cuando se reafirma en que no habrá elecciones anticipadas.
Rufián (ERC) lo dice con toda claridad. "Con Feijóo sería peor". Pero el subsuelo es otro. A los nacionalistas les traen sin cuidado los efectos colaterales que la desvergüenza en la vida pública, la mala imagen de las instituciones o la gobernabilidad del país. No les importa el desprestigio del Estado cuando su objetivo es precisamente romper amarras con ese Estado.
Y me parece que no hace falta recordar las pedradas verbales de Mirian Nogueras (Junts) cuando dice que ellos no han venido a Madrid a salvar legislaturas, y que "los independentistas no son puntales del Estado, sino que "actuamos bajo la lógica de la exigencia y la confrontación".
A los representantes del nacionalismo periférico (Bildu y ERC por la izquierda, PNV y Junts por la derecha) no solo les trae sin cuidado la inestabilidad política y la creciente desafección de la ciudadanía con el funcionamiento de las instituciones. Es que, si todo eso se quiebra, incluso lo celebrarían en nombre de los respectivos sueños secesionistas en Cataluña y en el País Vasco.
Sostienen los surfistas del sanchismo que, como ya ocurrió en vísperas de los dos últimos veranos, laola de la desvergüenza romperá sin necesidad de anticipar las elecciones. Si así fuera, no cuestionemos la impaciencia de los antisanchistas ni elogiemos el talento del personaje para seguir comprando tiempo.