¿Una maratón? Ahora la gente se castiga haciendo un Ironman
La última moda en retos deportivos absurdos es hacer una prueba de Ironman. Triatlones llevados a su máxima expresión. Olviden el running, a esto se dedican ahora los que antes corrían maratones
Un triatleta se lanza al agua en una prueba de Ironman. (Nota: no es el cronista) (EFE)
Conocerán a alguien, seguro. Un amigo de un amigo, su prima, un compañero de trabajo o su pareja. Alguno estará preparando una maratón, se levanta los domingos a sabe Dios qué hora para hacer un long run y ya no se preocupa por si desayunar churros o cruasán, sino por cuántos gramos de hidratos de carbono por hora tiene que consumir para que no le dé una pájara.
El tema se ha ido tan al extremo que se ha dado la vuelta. Correr maratones, esa cosa tan instagrameable, ya está pasado. En España, sin hacer una maratón, quedan usted y Bertín Osborne, pero poco más. Por eso ahora la gente se está castigando a sí misma con nuevas y creativas formas de hollar el dolor físico. La más popular en los últimos tiempos es el Ironman.
Lo resumo rápido: 1.900 metros nadando, 90 kilómetros en bici y 21 corriendo, todo del tirón, en la modalidad Ironman 70.3. Para el Ironman completo solo tienen que duplicar esas mismas cifras. Les puede parecer una locura, porque evidentemente lo es, pero la inscripción a estas competiciones vuela como si fuera un concierto de Rosalía y son eventos que paralizan ciudades. La última, Valencia este mismo fin de semana.
Otro resumen igual de rápido: el de Valencia completó las 3.000 inscripciones en poco más de un mes. "Y si hubiéramos ampliado a 5.000, pues también las hubiéramos llenado", explican desde la organización. ¿Les parecen pocas? Cambiarán de opinión cuando les diga que participar cuesta más de 400 euros por cabeza. "¿Pagar cientos de euros para sufrir por las calles de Valencia? ¿Quién podría querer hacer eso?", se preguntarán. Pues yo mismo, y ahora vengo a contarles la experiencia.
Participantes en una prueba de Ironman. (EFE)
La verdad es que la historia es sencilla: servidor tiene cierta querencia por no estar a solas con sus pensamientos y, para eso, el dolor físico es mano de santo. Teniendo en cuenta que un Ironman 70.3 bien puede durar más de cinco horas y que el entrenamiento lleva meses, parece el plan perfecto. Hasta que tienes que hacerlo, claro.
El tema empieza con la natación. En este caso, en la Malvarrosa, famosa playa valenciana, en la que había que hacer una serie de vueltas para completar los 1.900 metros. Los que vivimos en plena meseta ibérica, entre alquileres demenciales y gildas a 77 euros, tenemos poca opción para nadar en agua salada, pero es un trago que había que pasar. Con la confianza que solo da la inconsciencia, uno piensa antes de tocar al agua que todo irá bien. El empirismo te devuelve a la cara una sucesión mágica: reconocimiento del error, replanteamiento vital y petición de auxilio. En mi caso, el primer "qué hostias hago yo aquí" llegó al filo del minuto 7.
Aquellos que tengan la suerte de no haber nadado en el mar no sabrán exactamente lo que es, pero ahora que tengo la experiencia, yo se lo puedo explicar: no se ve absolutamente nada, te pasan medusas por debajo y hay olas. Es decir, tragas agua como si lo fueran a prohibir. En mi caso hubo que sumarle la sucesión de patadas y manotazos habituales en estos eventos, por lo que entenderán mi alegría al alcanzar la orilla. Estaba a salvo.
Un sufrimiento voluntario... y con éxito
Ironman, que en realidad es una empresa y no la modalidad en cuestión, que es el triatlón, sigue creciendo en España y en todo el mundo. Y Valencia va a seguir siendo sede de este evento al menos tres años más, después del acuerdo firmado con el Ayuntamiento y anunciado esta misma semana. El crecimiento de la prueba, que tiene un 70% de extranjeros y un 40% de debutantes en la distancia, está frenado por cuestiones logísticas: no cabe más gente.
Este año se produjeron algunos cambios en el recorrido para facilitar precisamente eso, la logística, pero desde la firma explican que sigue siendo un desafío. "Este año tenemos a más de 1.000 personas trabajando en el evento, hemos coordinado a más de una decena de municipios por los que pasará el recorrido en bicicleta y estamos especialmente contentos", cuenta Agustí Pérez, el responsable en el sur de Europa de Ironman.
Pero volvamos al tema. Quitado el neopreno y ya fuera del agua, tocaba la bici. 90 kilómetros por las buenas carreteras valencianas en una sucesión de cuestitas y descensos que te ayudan a hacer más entretenido el paseo. Andaba yo con mi humilde bicicleta cuando me adelantó un (o de los muchos) caballero. Andaba la criatura subida en una máquina que vale más que mi coche e iba pertrechada con todos los accesorios último modelo.
Hasta aquí, todo relativamente normal. Lo raro fue que nuestro protagonista, natural de la soleada Kazajistán, iba empujando a su señora esposa (o novia, prima, suegra, lo que sea), supone uno que harta de tanto pedaleo. Conviene mencionar que todos los participantes recibimos un documento, e incluso hubo una charla de una hora, en la que se decía que estaba muy prohibido, quizás terminantemente, que se rodara en fila de uno para aprovechar el rebufo del de delante. Nuestro kazajo se empadronó en un vacío legal, pues nadie mencionó nada de empujarse.
Fin de fiesta
En un momento determinado, la pareja kazaja y yo mismo dejamos la bicicleta en su sitio y nos pusimos las zapatillas de correr. 21 kilómetros por los Jardines del Turia con las Artes y las Ciencias vigilando. 3.000 habían participado, pero había al menos otros tantos sacando, a base de berridos que se agradecían, de la rutina corredora a los sufridores.
En esas se llegó a los momentos finales. A falta de 8 kilómetros, un señor francés, al que llamaremos Pierre porque ese era su nombre, me debió ver cara de aburrimiento y me dijo: "¿Llegamos juntos hasta la meta?". Uno tiende a no fiarse de los señores franceses, pero Pierre parecía majo, yo no tenía mucha opción y, al final, siempre entretiene más correr junto a alguien.
Meta de una prueba de Ironman en 2025. (Nota: No es Pierre) (EFE)
Ambos procedimos a mantener un escrupuloso silencio, algo que parece de moda ahora que ha vuelto a redes sociales el tema este de que los hombres no hablamos entre nosotros. Deleitado por el silencioso pacto hispano-galo, pensé que lograríamos el hito de no saber nada el uno del otro hasta que nos separáramos en meta. Pero a falta de kilómetro y metro, Pierre, confirmando mis sospechas sobre él y sus compatriotas, rompió el sagrado acuerdo para preguntarme de dónde era. Resultó que él vivía en Valencia y que no pasa nada por hablar con desconocidos.
Pierre se plantó en meta y tuvo el detalle incluso de dejarme pasar para que yo saliera a solas en la protocolaria foto. O quizás para también salir él en la suya. Tanto da, porque ambos llegamos a la meta, chocamos las manos y a otra cosa. Viva la Unión Europea.
Conocerán a alguien, seguro. Un amigo de un amigo, su prima, un compañero de trabajo o su pareja. Alguno estará preparando una maratón, se levanta los domingos a sabe Dios qué hora para hacer un long run y ya no se preocupa por si desayunar churros o cruasán, sino por cuántos gramos de hidratos de carbono por hora tiene que consumir para que no le dé una pájara.