En 1967, en Caracas, un hostelero francés se enteró de que un libro donde su autora contaba cómo se rompió un pie estaba vendiendo decenas de miles de ejemplares. El hueso roto era
el astrágalo
, título a su vez de la obra. La autora, Albertine Sarrazin, narraba el hecho cierto de su fuga de una prisión. "Si esta muchacha ha logrado ganar una fortuna y vender tantos libros solo por contar cómo se escapó de una cárcel común y se rompió un tobillo", se dijo Henri Charriére, el hostelero, "yo, que me he fugado nueve veces y he cruzado el océano en balsa, tengo que vender diez veces más." Así, sin tener ni idea de escribir, el tipo se sentó a escribir la novela de su vida en unos cuadernos de los de ir a la escuela. La tituló
Papillón
y vendió un millón y medio de ejemplares sólo en Francia. Sus ventas totales superaron los quince millones.
Romperse un pie o los dos, escapar de prisiones, venir de la inclusa, haber sido violado de niño… Vista así, la literatura apetece poco como autor, pues exigiría traumas y duelos, quebrantos y desgracias instintivamente indeseables. ¿Qué es un escritor, un Rambo retirado frente a un Mac, una Mata-Hari con las tardes libres? Mucha gente confunde escribir con "tener algo que contar", y por eso existe la literatura basura, porque también muchos editores confunden escribir con tener algo que contar.
Amigos, no hay que tener nada que contar.
Diríamos que la literatura se hace en posesión, no de una historia, sino de una sinfonía. Es la palabra, acordada, llana, afluente, la que crea páginas que luego un lector disfruta y que el tiempo preserva. Puedes haber visto guerras en vivo, muertos, atrocidades, y, al ponerte a contarlas, aburrir a las ovejas en la segunda página. Puedes haber vivido toda la vida en tu barrio y, al describir cómo das de comer a las palomas, maravillarnos a todos. La literatura es un gran alrededor sin centro.
Puedes haber visto guerras en vivo, muertos, atrocidades, y, al ponerte a contarlas, aburrir a las ovejas en la segunda página
Sin embargo, seguimos buscando miserias que vender en El Corte Inglés. Hace muchos años, Alfaguara publicó un libro titulado
Blanco sobre negro
, donde el autor narraba su infancia en unos orfanatos rusos. Nos dieron la matraca pero bien con los orfanatos rusos de Rubén Gallego. Por su parte, Seix Barral encontró a un señor que había sufrido un accidente de tráfico y cuya foto no podían poner en la solapa porque el choque le había desfigurado el rostro. Publicaron su novela
El teorema de Almodóvar
con esa premisa: que el autor tenía la cara destrozada.
La primera providencia ante estas novedades literarias es la piedad: nos parece bien hacer escritores a personas desgraciadas, incluso hacerlas famosas durante algunos meses, y que ganen dinero y que, en fin, vean compensado ese dramón que nos regalan en las páginas de sus libros. Esta piedad se extiende a la crítica, que nunca se mostrará rigurosa con ellos, sino sumamente conmiserativa.
Saldada la desgracia, subastada una intimidad terrible, estos autores son despachados como cajas viejas llenas de grapadoras estropeadas
Sin embargo, todos hacen dinero con estos desgraciados, incluida la prensa, que goza ocupando sus páginas de cultura con historias mucho mejores que las que trae un señor que ha escrito un libro sin que se le haya detectado un cáncer ni nada. Lo ha escrito hasta feliz. Eso no vende periódicos.
Pero la realidad viene luego, justamente después de que todo el mundo haya cobrado. La realidad es que, saldada la desgracia, subastada una intimidad terrible, estos autores son despachados como cajas viejas llenas de grapadoras estropeadas. Nadie volverá a oír hablar de ellos, porque, gracias a Dios, no te pasan dos cosas fascinantemente horribles en una misma vida. Te pasa una, y haces un libro, y enseguida el editor busca a otro desgraciado al que sacarle las entrañas.
Todo esto para decir que me he leído
Fantasma
(Alfaguara), de Nerea Pérez de las Heras, sin muchas ganas, debo reconocer. Pero no tenía otra cosa que traerles esta semana.
Cubierta de 'Fantasma', de Nerea Pérez de las Heras.
Nerea narra cómo perdió una pierna (en rigor, media pierna derecha) en un accidente marinero. La hélice de un barco le seccionó la extremidad, y esto es descrito con mucho detalle en las primeras páginas del libro. Hubo hospitales, aviones medicalizados y duelo valleinclanesco. Perder una parte de tu cuerpo es muy impresionante.
Sin embargo, como sucede con todos estos libros de cosas malas que me han pasado a mí sola, el hecho narrado se agota enseguida. Para completar un libro que Alfaguara pueda vender por 18,90 euros, tienes, en fin, que añadir miles de palabras prácticamente aleatorias. Lo mismo pueden tratar sobre la historia de la ortopedia que sobre famosos faltos de piernas o brazos que sobre la sanidad pública española. O sobre todo esto a la vez, como hace en Fantasma nuestra autora.
Como sucede con todos estos libros de cosas malas que me han pasado a mí sola, el hecho narrado se agota enseguida
Ahí la obra se vuelve panfletaria, muy del gusto de Pedro Sánchez, pues, sin ir más lejos, la sanidad pública española se considera original de la II República, año 1931, según se explaya Pérez de las Heras, cuando la fecha que los historiadores señalan como primer paso de la misma es 1908. Luego se salta todo el franquismo para agradecer al PSOE los hospitales, supongo que porque en el franquismo algo hicieron bien con la salud pública y no es cuestión de decirlo (páginas 26 y 27). También da la casualidad que el primer médico que la atiende, en las Islas Baleares, se llama Bashir. He preguntado a una amiga que vive allí las posibilidades de que un médico se llame Bashir en Menorca, y son escasas. De hecho, me sorprende que alguien en medio de la peor experiencia de su vida se dedique a preguntar o recordar los nombres de los especialistas que le atienden. Otra casualidad llamativa es que el accidente tuvo lugar el mismo día de las elecciones generales, que ganó Pedro Sánchez. La autora nos cuenta que preguntó por los resultados en un rato que tuvo mientras se desangraba.
No sé, amiga.
También, sin venir mucho a cuento, nos habla de vivienda. "Yo pagaba 750 euros", le dice creo que una enfermera, "por un piso en una zona humilde, mi vecino de abajo vendía droga. Pero después de la pandemia empezó a llenarse de alemanes que querían vivir bien (…) y la zona se volvió impagable".
Mejor tener de vecino a un traficante de drogas que a un alemán, ¡dónde va a parar!
En 1967, en Caracas, un hostelero francés se enteró de que un libro donde su autora contaba cómo se rompió un pie estaba vendiendo decenas de miles de ejemplares. El hueso roto era
el astrágalo
, título a su vez de la obra. La autora, Albertine Sarrazin, narraba el hecho cierto de su fuga de una prisión. "Si esta muchacha ha logrado ganar una fortuna y vender tantos libros solo por contar cómo se escapó de una cárcel común y se rompió un tobillo", se dijo Henri Charriére, el hostelero, "yo, que me he fugado nueve veces y he cruzado el océano en balsa, tengo que vender diez veces más." Así, sin tener ni idea de escribir, el tipo se sentó a escribir la novela de su vida en unos cuadernos de los de ir a la escuela. La tituló
Papillón
y vendió un millón y medio de ejemplares sólo en Francia. Sus ventas totales superaron los quince millones.