Camilo de Ory: que no te haga gracia no lo hace delito
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Tatiana Abellán

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Camilo de Ory: que no te haga gracia no lo hace delito

Es más urgente que nunca entender que en una democracia sana es necesario que existan gilipollas como Camilo de Ory

Foto: Camilo de Ory, en una imagen de 2017. (EFE/Archivo/Patricio Alvargonzález)
Camilo de Ory, en una imagen de 2017. (EFE/Archivo/Patricio Alvargonzález)

No tengo ni idea de si Camilo de Ory es un mamarracho integral. Lo que sí que sé es que él, al menos en redes, se esfuerza con ahínco en parecerlo –y eso me hace sospechar que no lo es tanto–. Pero, insisto, ni lo conozco personalmente ni lo he tratado. Tampoco me corresponde a mí juzgarlo, obviamente. Tengo la sensación, que no la certeza, eso sí, de que es lo contrario a un bienqueda; es el reverso del ofendidito moralista que puebla hoy los espacios públicos digitales –de ahí mis simpatías preventivas.

No tengo ni idea de a qué se dedica o cómo se presenta él; sé que es considerado poeta, escritor, cantante y tuitero –esto último a su pesar. Y que su personaje público está muy ligado a una forma de humor negro, deliberadamente antipático y desagradable. No parece el típico cachondo gamberro, sino que es bastante más destroyer. No conoce filtro de ninguna clase.

No tengo ni idea de qué procesos han operado para que la gente se tome en serio a un outsider que lleva las típicas gafas de pasta negra con la nariz pegada –pero de verdad–, que hace mofa de cada una de sus desgracias –como destrozarse una mano– o que publica enfáticamente lo que cualquier otro protegería con su vida –como la mugre estratosférica de su casa, incluyendo el moho en alguna de sus pertenencias personales–.

No tengo ni idea de cómo llegamos a ser amigos en Facebook, pero el caso es que recuerdo perfectamente cuando hizo las publicaciones sobre el caso de Julen, el niño que cayó en un pozo en Totalán, Málaga, y cuyo rescate tuvo una cobertura mediática inédita. Recuerdo exactamente dónde estaba porque, a pesar de que yo sabía que Camilo era una bestia y un provocador abrasivo, se me heló la sangre.

La Justicia está para juzgar actos y hechos delictivos, no opiniones, pensamientos –por estúpidos que sean– o percepciones

No tengo ni idea de qué se le pasa por la cabeza a un familiar de los padres para hacerles llegar semejantes barbaridades o qué justificación encuentra un periodista para darles tal difusión –habría que ver si el daño no vino de esa amplificación y reiteración de la violencia sin contexto–, pero la cuestión es que el humorista terminó denunciado y condenado a 18 meses de prisión y 6.000 euros de indemnización.

No tengo ni idea de por qué se empezó a usar un artículo del Código Penal, el 173.1, destinado a castigar torturas leves, como ley mordaza improvisada. No entiendo cómo, incluso dando por buenas la ofensa o el agravio, se puede defender el famoso "trato degradante". Por eso me alegro especialmente de que el Tribunal Supremo haya absuelto a De Ory por hacer esos chistes –que podríamos adjetivar de la peor manera: de mal gusto, sin ninguna gracia y hasta crueles, pero que no dejan de ser chistes–.

Creo que su intención no era herir, sino hacer ficción, "porque ahí está la clave: un chiste es ficción", como el autor defiende

No tengo ni idea de cómo, después del padecimiento que le ha debido suponer este periplo, le siguen quedando ganas de hacer chistes. El último en su muro, suave: "Si curras poniendo el culo, ¿tienes currículum o culícurrum?" –a lo que su novia replica que qué pena que lo hayan absuelto–. Yo estoy de acuerdo con Alberto Olmos en que el humor no debe tener límites –y eso incluye la falta de respeto–, que "el humor y la literatura son pensamientos no delictivos".

No tengo ni idea de si sus palabras pudieron añadir algo de dolor a la ya de por sí insondable herida de esos padres, pero sí creo que su intención no era herir, sino hacer ficción, "porque ahí está la clave: un chiste es ficción", como el propio autor defiende. Porque, aunque explicar un chiste no siempre lo destruye, juzgarlo penalmente sí que exige matarlo: arrancarlo de su velocidad, de su público, de su intención, de su torpeza incluso, y presentarlo desnudo ante alguien que no puede reírse porque está obligado a decidir si castiga, si la falta de sensibilidad basta para fundar una condena o si todavía somos capaces de distinguir entre una barbaridad y un delito.

No tengo ni idea de cuánto hate o furia express –tomando prestado el concepto de Anónimo García, otra víctima redimida del 173.1– provocará mi defensa de De Ory, pero es más necesario que nunca recordar que la justicia está para juzgar actos y hechos delictivos, no opiniones, pensamientos –por estúpidos que sean– o percepciones. Para los daños que pueden cometerse con la palabra, ya existen cauces específicos de protección del honor, la intimidad o la propia imagen. Y mientras mis odiadores respeten esos límites –si no hay amenazas, injurias y demás–, por mucho que me ofendan o me molesten, no habrá delito.

No tengo ni idea de si esta historia se volverá a repetir. Mucho me temo que los ataques propiciados por los supuestos guardianes de la virtud moral no van a detenerse, por eso es más urgente que nunca entender que en una democracia sana es necesario que existan gilipollas como Camilo de Ory. Que no entendamos, que no compartamos o que no nos parezca gracioso algo no implica falta de razón ni libertad para decirlo.

No tengo ni idea de si funciona, pero he querido usar la anáfora en este texto como guiño a Arcadi Espada, porque pertenezco a esa parte de los lectores que no entendimos el chiste de su columna sobre la eliminación de España. Y aunque los de Camilo sí los entendí, tampoco me hicieron gracia. Imagino que hubo quien sí se rió, y me parece bien. En palabras del propio De Ory: "El humor no se utiliza solo para hacer reír. Si el chiste consigue que la sonrisa se te hiele en la cara, está apelando a otros sentimientos. Y ese no deja de ser el objetivo último de la creación, conmover de cualquiera de las maneras posibles. No creo que debamos judicializar la creación y no creo que debamos judicializar la risa".

No tengo ni idea de si hemos entendido la diferencia entre castigar un delito y vengar una boutade. Y sigo sin saber si Camilo de Ory es, en efecto, un mamarracho integral. Puede que lo sea a ratos, como casi todos. Pero las cárceles no están para encerrar a malas personas. Ni a los brutos, ni a los miserables, ni a los provocadores, ni a los imbéciles, ni a los torpes. Están para privar de libertad a quienes han cometido delitos. Y un país que necesita convertir a sus mamarrachos en delincuentes para sentirse decente tiene un problema bastante más grave que un chiste malo. Lo peor de todo –me siento sucia– es que sospecho que el tipo es brillante.

No tengo ni idea de si Camilo de Ory es un mamarracho integral. Lo que sí que sé es que él, al menos en redes, se esfuerza con ahínco en parecerlo –y eso me hace sospechar que no lo es tanto–. Pero, insisto, ni lo conozco personalmente ni lo he tratado. Tampoco me corresponde a mí juzgarlo, obviamente. Tengo la sensación, que no la certeza, eso sí, de que es lo contrario a un bienqueda; es el reverso del ofendidito moralista que puebla hoy los espacios públicos digitales –de ahí mis simpatías preventivas.

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