Cierto Desconcierto
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España gana el Mundial de los famosos
Se ha impuesto con una selección ejemplar, con un grupo que ha hecho exactamente lo contrario a lo que en el mundo hoy se entiende como deporte, fama o éxito. Sin alardes individuales. Sin récords personales. Hasta sin redes sociales, en algunos casos
Hará unos diez años fui a ver un Knicks-Bulls en el Madison Square Garden. Era un partido importante: el equipo local se jugaba entrar en los playoffs ante su afición, en la lucha por el octavo puesto. Los americanos tienen fama de ruidosos; la verdad es que el ambiente del partido fue de una tibieza excepcional. Un servidor ha visto mucha más pasión en partidos del Dépor en segunda división, una noche fría de febrero. Solo hubo instantes muy determinados de fervor: cuando las cámaras del estadio, previamente coordinadas, enfocaban a los famosos de la primera fila, que aparecían con una euforia sobreactuada en los videomarcadores.
Si algo ha sido este Mundial, es el festival de los famosos. Hemos tenido cientos de famosos. La mayoría de los famosos son estadounidenses, del mismo modo que la mayoría de las veces que los alienígenas nos visitan aterrizan en Nueva York. En España, nadie entiende mejor ese star system americano que Penélope Cruz y Javier Bardem, que forman parte de él. Probablemente, la mejor campaña de imagen que hayan hecho en su vida haya sido este Mundial, con España saliendo campeona y ellos ejerciendo de famosos oficiales de nuestro país.
Nuestra relación con los famosos este último mes se ha parecido mucho al avistamiento de aves. De aves en gradas. Como durante el partido, por desgracia, hay que estar casi siempre pendientes del juego, hubo que ensanchar los límites del deporte por los costados para prorrogar el show. El culto al espectáculo es tan grandilocuente en Estados Unidos que nos tuvimos que tragar una hora larga de prolegómenos con actuaciones entre flojas y horteras que dejaron el césped del MetLife hecho un erial. De Trump, siniestro patrón del espectáculo, solo distinguíamos la silueta, protegido por un cristal antibalas. Por ahí andaba también su voluntarioso esbirro Infantino, con el que Trump practicó su juego favorito: demostrar quién manda. En este caso, a raíz de una tarjeta roja. La humillación, el poder, de eso iba todo, en el fondo.
Los mensajes de las actuaciones antes y durante vinieron a confirmar que lo que el mundo tiene en común es básicamente la nada. Justin Bieber dijo: "It's the World Cup, Hallelujah". Coldplay tocó con los teleñecos sobre un escenario con la palabra "Love". Madonna apareció pregrabada y conducida por un Ronaldo Nazario con cara de estar en un atasco.
Antes, Tom Cruise nos había aleccionado con banda sonora de fondo en un discurso revelador: "El fútbol es un lenguaje que se habla sin palabras, una fuerza que une personas, que convierte a extraños en amigos". Solo le faltó decir "viva el bien", mientras el viento le despeinaba con épica.
En el fútbol se habla mucho de los niños, del ejemplo que les dan los deportistas a los que admiran. El niño es el hecho sagrado que hay que proteger. Pero todo lo que rodea al sacrosanto niño es la palabrería de los adultos. Los deportistas son en su mayoría chavales, poco más que adolescentes; los que organizan y protagonizan estos shows y esta exhibición de valores sí que tienen una edad, y a mí todo lo que venga subrayado me suena a hipocresía. A puras ganas de salir en la foto, de lucrarse con el negocio de las buenas intenciones. Unidad y amor, financiados por la FIFA y Estados Unidos. Ya ve usted. Por suerte el ejemplo nunca se dice; el ejemplo se muestra, el ejemplo es. Y los niños no son tontos.
España ha ganado el Mundial de los famosos con una selección ejemplar, con un grupo que ha hecho exactamente lo contrario a lo que en el mundo hoy se entiende como deporte, fama o éxito. Sin alardes individuales. Sin récords personales. Hasta sin redes sociales, en algunos casos. Y todo con una naturalidad desarmante.
La belleza de un deporte como el fútbol es que es metafórico, igual que la ficción. No hace falta que te la explique Tom Cruise en un discurso, aludiendo a la unión, al espíritu y a la humanidad que camina junta. Basta con ver un equipo generoso, con sentimiento colectivo y con la certeza de que el camino hacia el éxito pasa única y exclusivamente por hacer las cosas bien.
El ejemplo está dado. Frente a la vacuidad de los mensajes de amor y la adrenalina de los highlights de YouTube, nosotros. Niños, nunca os fiéis de los famosos.
Hará unos diez años fui a ver un Knicks-Bulls en el Madison Square Garden. Era un partido importante: el equipo local se jugaba entrar en los playoffs ante su afición, en la lucha por el octavo puesto. Los americanos tienen fama de ruidosos; la verdad es que el ambiente del partido fue de una tibieza excepcional. Un servidor ha visto mucha más pasión en partidos del Dépor en segunda división, una noche fría de febrero. Solo hubo instantes muy determinados de fervor: cuando las cámaras del estadio, previamente coordinadas, enfocaban a los famosos de la primera fila, que aparecían con una euforia sobreactuada en los videomarcadores.