Luis Piedrahita, humorista: "La polémica es lo menos transgresor que hay, es lo más fácil de conseguir"
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EPISODIO 9

Luis Piedrahita, humorista: "La polémica es lo menos transgresor que hay, es lo más fácil de conseguir"

El cómico gallego se sube a El Copiloto para desgranar una carrera que comenzó como guionista y charlar sobre las mil caras del humor o su relación con Pablo Motos

Si algo une a políticos (en campaña electoral) y cómicos (en campaña teatral) es que van recorriendo España, desde sus extensas llanuras hasta sus montes escarpados, pasando por poblachones y grandes urbes. Por eso me sorprendió conocer que a Luis Piedrahita (La Coruña, 1977) no le gusta conducir; quizá porque tenía, equivocadamente, la imagen de un prototipo de cómico que combina la actuación y la conducción, que suma horas de carretera para hacer reír a todo pueblo que se precie. De bolo en bolo y tira porque me toca, pero Piedrahita prefiere el tren o el avión, y recuerda con nostalgia una época “en la que los trenes tenían una puntualidad pasmosa”.

Aun así, el cómico gallego, invitado de esta semana en El Copiloto, el videopódcast de El Confidencial patrocinado por Occident, admite que viaja bastante, pero no conoce realmente las ciudades. Del hotel al teatro y del teatro al hotel: no mucho más para el humorista, que ahora está girando por España con su espectáculo Apocalípticamente correcto. Un monólogo con una pizca de magia, en el que tienen cabida temas de hondura como la libertad, el destino o la leche de soja. "Soy un cómico que no tiene muchas virtudes -admite Piedrahita-: hay quien sabe bailar, imitar, cantar, hacer gestos, pantomimas… y yo esas cosas no sé hacerlas. Donde sé ir es al texto; ese es mi fuerte".

Si tuviera que echar la vista hacia atrás para averiguar su 'momento a por todo', el humorista se sincera: "No hay un plan maestro; siempre he intentado, allá por donde estuviera, hacerlo lo mejor posible". Rememora cómo, durante la carrera de Comunicación Audiovisual en Navarra, las optativas que fue eligiendo le fueron formando como guionista. "Cuando me surgió la primera oportunidad de trabajar fue en un programa que empezaba; era muy desconocido, emitido a la 1 de la madrugada, llamado El Club de la Comedia". Por aquel entonces, Piedrahita tenía 21 años: "Hacía lo que podía y, en un momento dado, me pidieron como favor que representara un monólogo en el escenario, y quedó muy bien".

A ese primer día encima del escenario le siguieron muchos más para consolidar, aún sin llegar a los 50, una sólida carrera en la industria cómica de este país: sólida y, a su vez, yerma de escándalos. "La polémica es lo menos transgresor que hay; es lo más fácil de conseguir", dice quien es uno de los rostros habituales de El Hormiguero. "¿Qué es el humor blanco?", le inquiero, y me responde, tras un rato meditando la respuesta: "Es aquel tan transgresor que, por mucho que lo intenta, no consigue ofender a nadie". Y cita a su colega JJ Vaquero: "Me dijo: 'Eres el único cómico del país que tiene una reputación tan pura que te puedes permitir salir en el cartel de tu espectáculo con una mancha blanca (proveniente de la nata de una tarta) en tu nariz y que nadie sospeche nada'".

Con este excelente cómico, brillante mago, hombre dotado de un verbo florido y cuidado, viajamos para charlar, entre otras cosas, sobre las virtudes cómicas de su amigo y jefe Pablo Motos, los peligros que tiene la IA para replicar monólogos suyos, cómo a su chica no le gusta (por no usar un verbo más grueso) ni la magia ni el humor -y cómo se puede sacar provecho de ello-, y con qué humoristas se ríe, a mandíbula batiente, Luis Piedrahita.

Si algo une a políticos (en campaña electoral) y cómicos (en campaña teatral) es que van recorriendo España, desde sus extensas llanuras hasta sus montes escarpados, pasando por poblachones y grandes urbes. Por eso me sorprendió conocer que a Luis Piedrahita (La Coruña, 1977) no le gusta conducir; quizá porque tenía, equivocadamente, la imagen de un prototipo de cómico que combina la actuación y la conducción, que suma horas de carretera para hacer reír a todo pueblo que se precie. De bolo en bolo y tira porque me toca, pero Piedrahita prefiere el tren o el avión, y recuerda con nostalgia una época “en la que los trenes tenían una puntualidad pasmosa”.

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