A medianoche del 16 de noviembre de 1896, la electricidad de las cataratas del Niágara llegó por primera vez a Búfalo. Después llegaron las fábricas, la inversión y el empleo
Construcción de un centro de datos, en EEUU. (Reuters/Brian Snyder)
A medianoche del 16 de noviembre de 1896, la electricidad de las cataratas del Niágara llegó por primera vez a Búfalo. Después llegaron las fábricas, la inversión y el empleo. El progreso siguió a la infraestructura.
Más de un siglo después tendemos a olvidar esa relación porque buena parte de la nueva economía parece intangible. Hoy, las grandes cataratas de la economía son los datos; hablamos de nube, inteligencia artificial o servicios digitales como si ocurrieran en ninguna parte. Pero también necesitan edificios, redes, servidores y electricidad. Necesitan centros de datos.
Europa debería haber aprendido esta lección. Tras décadas de guerras y destrucción, construyó una sociedad próspera para, después, pasar de próspera a remilgada. Empezó a expulsar de su vista lo negro, lo gris, lo incómodo: fábricas, chimeneas y buena parte de su industria. No dejamos de consumir lo que producían; simplemente pedimos a otros que lo fabricaran.
Con aquellas fábricas no solo se marcharon empleos. Se fueron conocimiento, cadenas de suministro y capacidad de decisión, y cuando dependes de otros para aquello que necesitas, tu autonomía disminuye y pierdes soberanía.
Corremos el riesgo de repetir el mismo error con la economía digital. Podemos regular la inteligencia artificial hasta el último detalle, pero si necesitamos infraestructura situada fuera para ejecutarla, nuestra soberanía será de cartón piedra.
En una crisis geopolítica hay una pregunta muy sencilla que resume el problema: ¿dónde está el botón de encendido y apagado? Necesitamos capacidad de computación dentro de nuestras fronteras, sometida a nuestras leyes y disponible para nuestra economía y nuestros servicios esenciales. Necesitamos ser dueños del botón de apagado.
España tiene una oportunidad extraordinaria para conseguirlo. Y también una paradoja que pocos conocen: existen momentos en los que producimos más electricidad renovable de la que somos capaces de consumir o incorporar al sistema.
En junio de 2026 se alcanzó un récord de desperdicio de energía renovable, con alrededor de 1,2 TWh en un solo mes y 2,5 TWh acumulados en el primer semestre. Para ponerlo en perspectiva, esos 1,2 TWh equivalen aproximadamente al 60% del consumo eléctrico anual conjunto de los centros de datos de colocation e hiperscala en España. Mientras se quiere presentar el consumo como problema, dejamos escapar enormes cantidades de energía.
La producción solar ha crecido mucho más deprisa que la demanda capaz de absorberla. Aumentan las horas con precios nulos o negativos, se recorta generación y disminuyen los ingresos de las plantas. España ha hecho un enorme esfuerzo para producir energía limpia, el siguiente reto consiste en darle valor mediante redes, almacenamiento y nueva demanda productiva.
Los centros de datos pueden ser parte de la solución al problema energético español. Su demanda estable puede facilitar contratos renovables a largo plazo y aportar certidumbre a nuevas inversiones. Resulta difícil comprender que lamentemos la energía que no conseguimos aprovechar mientras dificultamos el desarrollo de industrias capaces de convertirla en actividad económica.
Conviene dimensionar bien el debate. Los centros de datos representan apenas el 0,8% del consumo eléctrico español; en Francia, alrededor del 2,4%; en Países Bajos, el 4,6%; en Irlanda alcanzaron el 23% en 2025. Alemania consume en sus centros de datos unos 21,3 TWh anuales, frente a los 2 TWh en España, 10 veces menos.
Los centros de datos son el 0,8% del consumo eléctrico en España. En Francia, el 2,4%
Las metodologías nacionales no son idénticas, pero la escala resulta evidente. España no está hoy en la situación de los mercados saturados, e importar sus diagnósticos como si describieran nuestra realidad conduce a regular una ficción.
Además, la demanda digital no surge por capricho de los operadores. Cada transferencia bancaria, historia clínica, trámite administrativo o consulta a una inteligencia artificial necesita procesamiento. Culpar al centro de datos de ese consumo es como culpar a las carreteras de los desplazamientos. Si queremos más servicios digitales, necesitaremos también más infraestructura digital.
Se ha dicho que España debe competir por bytes y no por vatios. Puede sonar bien, pero tiene un problema físico: no existen bytes sin vatios.
El proyecto de decreto exige que al menos el 80% del consumo se cubra mediante nueva generación renovable con correlación horaria. Una modelización técnica del sector estima que un consumo continuo de 100 MW requeriría aproximadamente 650 MW solares, 250 MW eólicos y baterías de 200 MW y 800 MWh; sólo estas últimas ocuparían el equivalente a 15 campos de fútbol.
A eso se añade la inseguridad de quienes obtuvieron permisos de acceso y conexión bajo unas condiciones, invirtieron en consecuencia y, ahora, se ven obligados a adaptarse a un nuevo régimen antes de poner en marcha sus proyectos. Las inversiones de esta magnitud necesitan exigencia, pero también previsibilidad y una regulación seria debe proteger los permisos ya concedidos y los compromisos adquiridos conforme a las reglas anteriores.
El Gobierno dice que España puede elegir los mejores proyectos. Por supuesto, debe exigir solvencia, eficiencia y beneficios para el territorio, pero conviene recordar la otra mitad de la ecuación: los países eligen proyectos, las empresas también eligen países.
Las cataratas transformaron Búfalo porque alguien supo convertir energía en infraestructura e infraestructura en industria. España ya ha construido una parte esencial de sus propias cataratas, no volvamos a pecar de exquisitez europea pidiendo a otros que construyan por nosotros (pero para nosotros) las fábricas del siglo XXI.
Si queremos bytes, necesitamos kilovatios. Y si queremos soberanía, necesitamos que la infraestructura —y el botón de encendido— estén aquí.
*Begoña Villacís es directora ejecutiva de SpainDC
A medianoche del 16 de noviembre de 1896, la electricidad de las cataratas del Niágara llegó por primera vez a Búfalo. Después llegaron las fábricas, la inversión y el empleo. El progreso siguió a la infraestructura.