Carolina de Mónaco utiliza el viejo truco de las perlas para iluminar el rostro
Las perlas pueden suavizar e iluminar, pero además tienen una ventaja bastante práctica: no necesitan competir con el rostro. Y a estas alturas Carolina parece conocer bien el truco.
Alberto Mónaco y Carolina de Mónaco (Cordon Press)
Hubo una época, no hace tanto, en la que las perlas dejaron de ser esa joya un poco seria que uno asociaba inmediatamente con un collar heredado de la abuela. Las firmas de lujo se empeñaron en desmontar ese tópico. Dior convirtió sus pendientes Tribales, con una perla por delante y otra de mayor tamaño detrás del lóbulo, en uno de los grandes objetos de deseo de la década pasada. Y Celine hizo algo parecido mezclándolas con uno de sus códigos más reconocibles, el Triomphe.
Ahora hemos descubierto que Carolina de Mónaco también cayó en la tentación. La princesa ha recuperado unos pendientes de Celine con perlas cultivadas para asistir junto a su hermano, el príncipe Alberto, a la exposición ‘Mémoire des lieux’, una muestra dedicada a reflexionar sobre la transformación urbana y el patrimonio del Principado. La exposición reúne arte y arquitectura para contar cómo ha cambiado Mónaco a lo largo de las generaciones.
El look de Carolina era sencillo: blazer blanco, top y pantalones negros, probablemente la combinación cromática más sencilla que existe, y las joyas encargándose de hacer el resto. En el cuello llevó un collar de perlas blancas, grises y negras de Chanel, una de las firmas que forman parte de su armario desde hace décadas. En las orejas, unos pendientes Les Perles Baroque Triomphe de Celine, realizados en latón dorado y perlas cultivadas. La casa sigue manteniendo actualmente modelos de esta familia en su colección de joyería.
El diseño pertenece a la etapa de Hedi Slimane, que llegó a la dirección creativa de Celine en 2018, y apareció en la colección de primavera de 2021. La gracia estaba precisamente en quitarle solemnidad a la perla. El motivo Triomphe, formado a partir de las dos C enfrentadas, funcionaba casi como una pequeña pieza de bisutería vintage de los setenta, mientras la perla irregular colgante hacía que el resultado fuese bastante menos clásico de lo que puede parecer sobre el papel.
Carolina con su hermano Alberto y dos asistentes (Cordon Press)
Y hay otra cuestión interesante en la elección de Carolina: las perlas junto al rostro funcionan especialmente bien cuando la piel va perdiendo luminosidad. No hay ningún misterio cosmético detrás. Su superficie no absorbe la luz como una piedra opaca, sino que devuelve un brillo suave y difuso. Por eso un pendiente o un collar situado muy cerca de la cara puede dar sensación de mayor claridad sin el efecto más duro de un diamante o de un metal muy pulido.
No es, además, una ocurrencia reciente. Las perlas llevan siglos colocándose alrededor del rostro femenino. En los retratos del Renacimiento aparecen en tocados, pendientes y collares y estaban asociadas tanto al estatus económico como a ideas de pureza. El Metropolitan Museum conserva retratos florentinos del siglo XV donde las mujeres llevan el cabello literalmente salpicado de ellas. Más adelante, durante el siglo XVII, los cambios en la moda y la llegada de tejidos en tonos más suaves hicieron que las perlas ganaran todavía más presencia en la joyería europea.
Mujeres a través de los siglos
Después llegaría todo lo demás: Coco Chanel y sus interminables collares, Grace Kelly, Jackie Kennedy, Isabel II y varias generaciones de mujeres que las convirtieron prácticamente en uniforme. El problema es que tanta respetabilidad terminó jugando en su contra. Durante años existió la idea de que ponerse un collar de perlas sumaba automáticamente una década.
Celine
Las estilistas las recomiendan para mujeres de más de 40 años. Según la teoría las perlas tienen una capacidad especial para proporcionar glow a tu piel, aunque reconocen que la diferencia entre que resulten modernas o excesivamente clásicas depende de cómo se lleven.
Carolina ha resuelto el asunto de una manera bastante sencilla: no llevarlas como lo habría hecho hace treinta años. No hay traje de tweed, pendientes idénticos al collar ni una vuelta perfecta de perlas blancas. Mezcla colores, tamaños y dos casas diferentes sobre un conjunto blanco y negro muy limpio. El resultado sigue siendo clásico, porque hablamos de Carolina de Mónaco y de perlas, pero no particularmente envejecido.
Hubo una época, no hace tanto, en la que las perlas dejaron de ser esa joya un poco seria que uno asociaba inmediatamente con un collar heredado de la abuela. Las firmas de lujo se empeñaron en desmontar ese tópico. Dior convirtió sus pendientes Tribales, con una perla por delante y otra de mayor tamaño detrás del lóbulo, en uno de los grandes objetos de deseo de la década pasada. Y Celine hizo algo parecido mezclándolas con uno de sus códigos más reconocibles, el Triomphe.