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Sobre este blog

El caballo de Nietzsche es el espacio en elDiario.es para los derechos animales, permanentemente vulnerados por razón de su especie. Somos la voz de quienes no la tienen y nos comprometemos con su defensa. Porque los animales no humanos no son objetos, sino individuos que sienten, como el caballo al que Nietzsche se abrazó llorando.

Editamos Ruth Toledano, Concha López y Lucía Arana (RRSS).

No les llames fondos buitre

Javier Morales Ortiz

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Sobre este blog

El caballo de Nietzsche es el espacio en elDiario.es para los derechos animales, permanentemente vulnerados por razón de su especie. Somos la voz de quienes no la tienen y nos comprometemos con su defensa. Porque los animales no humanos no son objetos, sino individuos que sienten, como el caballo al que Nietzsche se abrazó llorando.

Editamos Ruth Toledano, Concha López y Lucía Arana (RRSS).

El fascismo llegará de nuevo con traje y corbata, nos advirtió George Orwell hace décadas, después de la Segunda Guerra Mundial, cuando parecía que el horror vivido en los campos de concentración y la limpieza étnica nazi no se volvería a repetir. Pero la memoria colectiva es muy líquida, casi gaseosa, y los nuevos y poderosos oligarcas que están detrás del tecnofascismo actual aprendieron de sus maestros, y han sabido adaptar su discurso a los nuevos tiempos de demolición democrática a través de la estulticia de las redes sociales y la IA.

El lenguaje y su manipulación fueron herramientas imprescindibles para que los nazis alcanzaran el poder. Para entender esa época, y la actual por extensión, es imprescindible leer La lengua del Tercer Reich. Apuntes de un filólogo (Editorial Minúscula), de Victor Klemperer, publicado por primera vez en 1947. A pesar de las penurias y la segregación que sufrió por su condición de judío, logró salvar la vida gracias a que estaba casado con una mujer aria. Desde 1933, Kemplerer empezó a analizar el lenguaje nazi como un entomólogo, y descubrió cómo, a través de la manipulación de la lengua y del discurso, los nazis lograron también manipular la mente de millones de alemanes. “Cuando, para los judíos creyentes, un utensilio de cocina se ha vuelto impuro, desde la perspectiva del culto, lo purifican enterrándolo. Muchas palabras del habla nazi deberían ser enterradas por mucho tiempo –algunas para siempre– en una fosa común”, recomendaba Klemperer. Pero lo triste es que no solo no hemos enterrado ese tipo de palabras, sino que las hemos desempolvado y les hemos sacado brillo: prioridad nacional, menas, migrantes-delincuencia, campos de internamiento, avalancha, invasión, reemplazo racial, ICE…

Aunque a una gran parte de la población le parezca que exagero, y hasta una comparación desafortunada, lo cierto es que también los animales que nos llevamos al plato (y no solo ellos, también con los que experimentamos) “viven” en campos de concentración y acaban masacrados en los mataderos, como aseguró en su día el escritor judío Isaac Bashevis Singer y nos ha recordado muchas veces Elisabeth Costello (John Coetzee). Por consiguiente, cabe pensar que existe también un lenguaje que ha propiciado la legitimación de un crimen masivo contra los animales no humanos. Se trata de un lenguaje especista, anterior al capitalismo, aunque luego este lo incorpora a la “lógica” de la explotación y el extractivismo.