Resulta que un pintor que odiaba a los ricos se ha convertido en su mayor fetiche

Por Alberto G. Luna / Sol G. Moreno
 Héctor Serrano

Dos recientes subastas han vuelto a encumbrar a Rothko entre los artistas más vendidos del mercado del arte. Esta es la tóxica historia de un tipo que despreciaba a los millonarios. Pero, cuanto más les escupía a la cara, más le compraban.

Existe una contradicción casi mística en el hecho de pasar media vida odiando a los hombres con trajes caros, para terminar descubriendo que son los únicos capaces de comprar tus cuadros. Mark Rothko, el pintor que en vida profesó un desprecio visceral hacia la adinerada burguesía, se ha convertido en el trofeo más codiciado por las grandes fortunas. El artista que buscaba incomodar a los ricos es hoy su fetiche absoluto.

El lienzo No. 15 (Two Greens and Red Stripe) del pintor acaba de venderse por la astronómica cifra de 98 millones de dólares que alguien, en alguna parte, ha transferido con un solo clic. Con esta adjudicación se ha pulverizado el récord histórico del artista en subasta que permanecía intacto desde 2012, cuando Orange, Red, Yellow alcanzó los 86 millones. Este no es el típico dato estadístico aislado. La semana pasada, su otro cuadro Brown and Blacks in Reds se vendió por 85 millones de dólares.

Se da la circunstancia, además, de que Rothko ocupa actualmente la novena posición en el top 100 del ranking mundial de los artistas más vendidos en subastas según Artprice. Durante el pasado 2025, el volumen de negocio generado por sus obras alcanzó los 96 millones de dólares. Una cifra que ya ha pulverizado en lo que llevamos de año. Ni que decir tiene que todo este dinero proviene del mismo sitio: ultrarricos que habitan un ecosistema tan blindado que el arte es lo único que les queda para diferenciarse entre ellos mismos.

No. 15 (Two Greens and Red Stripe), Mark Rothko
Brown and Blacks in Reds, Mark Rothko

Una pintura para una élite que no la entiende (y otras frases épicas)

La primera muestra biológica del desprecio que sentía Rothko hacia las clases altas no la encontrarán en ningún libro académico o entrevista, sino en las notas manuscritas que el editor de la revista Harper's, John Fischer, tomó subrepticiamente en el verano de 1959. Ambos coincidieron en el bar de un transatlántico rumbo a Europa. Rothko, que desconfiaba profundamente de los críticos, marchantes y coleccionistas, se relajó al saber que Fischer no pertenecía al mundo del arte y habló sin tapujos sobre el millonario encargo que había aceptado para decorar el restaurante Four Seasons de Manhattan. "Acepté este encargo como un desafío, con la maligna intención de pintar algo que arruine el apetito de cada hijo de perra que coma en esa sala. Si el restaurante se niega a colgar mis murales será un cumplido. Pero no lo hará. El dinero se traga lo que haga falta".

Mientras el barco avanzaba en la oscuridad, el artista continuó explicando a Fischer su retorcido plan: "Quiero que se sientan atrapados en una habitación donde las puertas y ventanas hayan sido selladas con ladrillos, de modo que todo lo que puedan hacer sea golpear contra la pared sus cabezas". Su único propósito era sabotear la cena a toda aquella gente rica, y para ello se encerró durante meses hasta terminar los hoy célebres Murales Seagram. Enormes y agobiantes lienzos dominados por granates, marrones oscuros y negros.

La constatación empírica de que aquello iba a salir rematadamente mal llegó una noche cualquiera. Rothko acudió a cenar al restaurante junto con su esposa y lo que presenció le revolvió las tripas. Hombres vestidos de traje, todos iguales, con sus gemelos de oro y relojes brillantes, que hablaban de política, economía e hipotecas. Mujeres de piel demasiado bronceada y collares de perlas que olían a perfumes capaces de marear a una ballena. Nada más salir llamó a su asistente y tomó una decisión que cualquier ciudadano medio habría calificado de locura clínica. Devolvió el dinero y exigió las telas de vuelta.

En realidad, el viejo Mark de sobra sabía que el expresionismo abstracto volvía locas a las grandes fortunas por una simple cuestión de prestigio. No veían la tragedia ni el alma en esos lienzos; solo trozos caros de tela para impresionar a sus invitados en las cenas. "Me interesaría la pintura si los hombres de negocios y los millonarios no existieran. Me temo que está hecha para una élite que no la entiende pero que tiene el dinero para comprarla", decía. Quizá por eso les obligaba a acudir a su propio taller para ver las reacciones que sus obras producían. Si no actuaban correctamente o como él esperaba, se negaba a venderles nada. Y ahí está el gran chiste de toda esta fábula histriónica. Ese control obsesivo, que en cualquier fábrica de embutidos habría sido un suicidio comercial colectivo, se convirtió en el mejor anzuelo. Los millonarios, que se vuelven locos por cualquier cosa que huela a inaccesible, vieron en ese viejo huraño el símbolo de estatus definitivo. Si conseguías que Rothko te vendiera una obra, ya podías presumir de que formabas parte de un club exclusivo. El genio te había dado el visto bueno.

 Vista aérea de la casa
          © AMT Labs
Sin título (Seagram Mural), 1959, Mark Rothko

Es probable que llegados a este punto del relato cualquiera se esté preguntando por qué demonios Mark Rothko no se limitó a pulsar el botón de emergencia del libre mercado y bajar el precio de sus lienzos a niveles accesibles para todos los ciudadanos. La respuesta corta es que el mercado no funciona así; la respuesta larga y verdaderamente incómoda es que la psique de Rothko tampoco.

Rothko pasó más de la mitad de su vida en la pobreza más absoluta, estirando el dinero para comprar tubos de pintura y viviendo en estudios gélidos. Cuando el éxito económico le llegó pasados los cincuenta, desarrolló una relación neurótica con el dinero. Por un lado, sentía culpa por ser rico; por otro, el dinero era la prueba tangible de que había triunfado tras décadas de rechazo. Exigir precios altos era una forma de revancha contra la sociedad que lo había ignorado durante años.

Para amortiguar el peso de esta terrible contradicción, regaló numerosos cuadros a museos como la Tate Gallery o la Phillips Collection. Pero la crítica detectó la impostura de inmediato. Consideraron que su arrepentimiento tardío fue un acto de soberbia y culpa burguesa, no de auténtica rebeldía. Sus intentos de boicotear el sistema fueron, en el fondo, soluciones aristocráticas. Cuando llevó a cabo la espantada del Four Seasons, no se llevó los lienzos a los barrios obreros de Queens para venderlos a precio de coste; los guardó en su almacén durante una década hasta que negoció su donación a la Tate exigiendo una sala exclusiva para él mismo. Es decir, combatió el elitismo vulgar del dinero exigiendo un elitismo de posteridad absoluto.

Años después, incluso Andy Warhol y Roy Lichtenstein se burlaron abiertamente de su drama existencial. Mientras Rothko cobraba fortunas asegurando que sus cuadros eran "experiencias místicas", el Pop Art desnudaba los mecanismos del mercado proclamando que “el arte es un negocio y nosotros vendemos sopas Campbell". Hipócrita o no, la única realidad de todo este bucle tóxico es que cuanto más escupía Rothko sobre la élite, con más fuerza se arrojaba esta a sus pies. Algo que continúa ocurriendo hoy en día. Resulta difícil imaginar un destino más irónico que el de acabar en el salón de las únicas personas a las que no les quisiste dar ni los buenos días.