Luis Berrendero: “Me pregunto hasta qué punto el dinero, el poder y los intereses pesan más que nuestra capacidad de perdonar. Pero todos los que hemos trabajado y amado la obra de John [Galliano] sabemos que no necesita un reconocimiento”


Se pateó París sin saber francés con su dossier bajo el brazo. Vendió bombones antes de trabajar en Galliano, Balmain y Lanvin. Pero Luis Berrendero quiere más: hacer vestidos, no moda. Visitamos su taller de Madrid.
El diseñador madrileño Luis Berrendero fotografiado en su taller de Madrid ante uno de los vestidos de su colección...

El diseñador madrileño Luis Berrendero fotografiado en su taller de Madrid ante uno de los vestidos de su colección Soglia, inspirada en Pierrot y Arlequín.

Silvia de la Rosa

Un cigarro le cambió la vida. Luis Berrendero (Madrid, 1988) llevaba meses presentándose en el taller de John Galliano en París con el porfolio bajo el brazo, sin éxito, hasta que un día se echó un pitillo en la acera de enfrente. “De repente vi a un mensajero llamar al telefonillo. Me colé en el portal y me presenté en la oficina”, relata el modista en su showroom madrileño, sito en un edificio art déco del centro que alberga también un teatro. Un detalle que no es baladí: en Luis Berrendero uno puede encontrar drama y el oficio y las maneras de antaño, pero con un toque actual y, sobre todo, práctico. “Yo pienso en la mujer, en lo que le favorece”, explica. Puede que sea un romántico, un amante del New Look y de la edad de oro de la costura europea, de Dior y Balenciaga, pero el joven es perfectamente consciente de quién es su público y lo que busca. “Aspiro a que mis prendas perduren en el tiempo, en el sentido que cuando una clienta piense un diseño mío lo haga también de la sensación que le produjo llevarlo. Si tú vas a una boda muy muy incómoda, con un look que no te dejó respirar, no lo vas a recordar con el mismo cariño que si te permitió vivir, bailar, disfrutar. Al final, en eso consiste la costura a medida. En propiciar una experiencia, en, el trato personalizado. A veces ejercemos incluso de psicólogos. Se establece una relación muy íntima y muy bonita”, desarrolla este admirador de Pier Paolo Piccioli “por su maestría del color” que, además de con Galliano, ha trabajado con Olivier Rousteing y Carmen March antes de establecerse por su cuenta en plena pandemia. Pero empecemos por el principio, por ese joven de un barrio obrero de Madrid que llegó a París solo, sin hablar una palabra de francés —hoy lo domina a la perfección— y se puso a vender… bombones.

Luis Berrendero aterrizó en la capital de la moda con un título del IED y unas prácticas en el taller de Miguel Palacio. “Una modista de su equipo me dijo: ‘Te tienes que ir a París. Tú no te puedes quedar aquí. O sea, esa energía se tiene que canalizar por otra parte’, evoca el joven con la misma pasión que entonces. Le hizo caso. Se sacó el billete y engañó a su familia. “Les dije que tenía una amiga allí con casa y que ella me hospedaría. Mentí”. Se alojó en un hostal. En principio, para 15 días. “A los 25 me bajó la tarifa. Pero después de casi un mes pateándome los ateliers, me quedé sin ahorros. Me saqué el billete de vuelta. Cuatro días antes de tomar ese vuelo a Madrid encontré, al fin, un empleo”. Lo hizo en Levasseur, una chocolatería de la rue des Petits-Carreaux, “una calle mágica para mí”.  Antes de aceptar, le dijo al dueño que se quedaría en la trastienda, “haciendo mezclas de praliné y gianduia”. Nada de atender al público. “Pero Laurent me puso a despachar a las clientas más exquisitas. Así aprendí francés: a la fuerza”, cuenta entre risas. Su jefe le dio además el consejo más valioso de su carrera: “Gracias a mí vas a tener tu primera nómina, pero tú no eres chocolatero ni vendedor de bombones, ¿vale? No olvides a qué has venido a París’. Se me quedó grabado a fuego. Todas las mañanas cuando abría la chocolatería me decía a mí mismo: ‘No he venido aquí a vender bombones”.

Así, empezó a patearse todas las casas de moda de París con su portafolio bajo el brazo. “Me iba a la avenue Georges V, a Balenciaga; de ahí a Yves Saint Laurent. A Givenchy, a Balmain. A Sonia Rykiel. Llamaba a recepción, pero nadie me abría. Me decían: ‘Mándanos el currículum por correo electrónico’. ‘Lo he hecho mil veces, pero no me respondéis”. Hasta ese instante providencial en el 60 de la rue d’Avron. “Un cigarro me cambió la vida. Soy exfumador, pero ese cigarro me abrió un mundo”, me dice.

Vestido bicolor de la colección Soglia.

Vestido bicolor de la colección Soglia.

Silvia de la Rosa

Berrendero entró ese día en el cuartel general del modista gibraltareño en una antigua fábrica de muñecas. “Un lugar bucólico en un barrio obrero, el XX, donde había de maniquís entre plantas exuberantes a una fuente con angelitos”. La recepcionista le echó un vistazo a su trabajo. “De repente me mira y me dice: ‘¿Tiene usted 10 minutos o 15?’. Lo siguiente fue una entrevista en inglés con Jonathan Ailwood, “que hoy es la mano derecha de Daniel Roseberry en Schiaparelli y por aquel entonces ejercía como junior designer de Galliano”, desarrolla. Luis le enseñó su tesis en el IED. “Me hizo prometerle que yo había modelado y cosido todos esos prototipos antes de preguntarme: ‘¿Cuándo quieres empezar en Galliano?’. Me derrumbé y empecé a llorar”, relata.

La alegría fue efímera. Apenas tres meses después estalló el escándalo: unos clientes de La Perle grabaron a John Galliano ebrio profiriendo comentarios antisemitas. Un suceso que le costó su marca y su puesto como director creativo de Christian Dior. “Al día siguiente, nada más llegar a la oficina, Sidney Toledano —el entonces CEO de Dior— nos anunció que el diseñador había sido destituido. No me lo podía creer”, lamenta.

Aunque parecía que Galliano, disculpas y documental exculpatorio mediante, ya había purgado todos sus pecados, la reciente cancelación de la exposición retrospectiva del Met ha resucitado viejos fantasmas. Luis Berrendero tiene una opinión muy clara al respecto: “La empatía, la comprensión y el amor al prójimo se demuestran cuando alguien se equivoca o no está en su mejor momento. Nada de eso lo exime, pero no creo que unas palabras vertidas en un momento puntual puedan definir por completo una vida y borrar todo lo que ha demostrado con sus actos. Me pregunto hasta qué punto el dinero, el poder y los intereses pesan más que nuestra capacidad de comprender, perdonar y dar una segunda oportunidad”, sostiene. “Todos los que hemos trabajado y amado la obra de John sabemos que no necesita un reconocimiento que le asegure una plaza en el olimpo de los grandes diseñadores de la historia. Porque suya precisamente es la historia de la moda”, zanja.

Bocetos del modista en su showroom de la capital.

Bocetos del modista en su showroom de la capital.

Tras su agitado paso por Galliano, Luis Berrendero trabajó en el departamento de bordados de Balmain —“En la primera colección de Olivier Rousteing al frente de la casa”— y en Lanvin, donde coincidió con la figura que más le ha marcado: Alber Elbaz. “Estuve dos años con él. Asistía a todos los fittings. Tomaba notas sin parar. Me marcó especialmente el del vestido para los Oscar de Meryl Streep. Preparé las opciones de color: verde agua, rosa palo… ‘No, no, no, yo quiero ir como la estatuilla, porque este año puede que caiga’, espetó ella. ‘Pues será. Irás dorada’, contestó Alber”. Y ganó —por su papel de Margaret Thatcher en La dama de hierro—.

Por detalles así, Luis Berrendero sabe que, ya se trate de una actriz de Hollywood de cara a los Oscar o de una madrina de boda, las mujeres quieren ir guapas y pasárselo bien. “Como decía Azzedine Alaïa: ‘Yo no hago moda, hago vestidos”, insiste mientras me muestra un burro con propuestas de su colección Soglia, inspirada en Pierrot y Arlequín, y su línea nupcial La Géométrie de l’Amour. Al fondo, veo un vestido negro sin mangas entallado y de corte impecable. Un diseño que resultaría perfecto para el personaje a quien más le gustaría vestir: “La reina Letizia. Sin duda”.

Asistente de fotografía: Manuel Martos.