El 21 de septiembre de 1996 lo más parecido a un príncipe heredero que ha tenido Estados Unidos se casaba con una princesa a su altura. En aquel matrimonio la gente cumplió su deseo de revivir Camelot pero, una vez más, el supuesto cuento de hadas acabó en tragedia.
Sucedió en Calvin Klein. En la primavera de 1992, pocos nombres simbolizaban tan bien el espíritu de un tiempo y un lugar como la famosa marca de moda. No era extraño que John Kennedy Jr., uno de los hombres más conocidos de Estados Unidos, leyenda viva por su apellido, su físico privilegiado y su estilo cien por cien americano, acudiese allí a encargar unos trajes de la nueva colección masculina. En la sala VIP de la sede neoyorkina le atendió una de las relaciones públicas de la firma, perfecta encarnación del aura de Calvin Klein: Carolyn Bessette. Él tenía 31 años y trabajaba como abogado auxiliar del distrito de Nueva York, pero el hijo del difunto presidente Kennedy y de la admirada Jacquelinne Onassis podía hacer prácticamente lo que quisiera. Por tradición familiar, se especulaba de forma constante con su salto a la política, aunque demostraba mayor interés en el periodismo. Y además había salido guapo: coronado en 1988 como hombre más sexy del mundo por la revista People, John John —como odiaba que le llamasen— no necesitaba tirar de leyenda para atraer las miradas ajenas. En cuanto a Carolyn, representaba a la mujer moderna de los 90 como un guante: rubia, esbelta, con un toque etéreo, con un trabajo tan exigente como glamouroso, inteligente, rápida, puro Calvin Klein. A sus 26 años, había pasado de vendedora de la tienda en Boston a promesa del negocio al más alto nivel en Nueva York. Trataba con clientes importantes, organizaba eventos y desfiles, y pronto estaría implicada en importantes decisiones de la empresa. Entre probador y probador, saltó la chispa. Aquel día John salió de Calvin Klein con varios trajes nuevos y el teléfono de Carolyn en el bolsillo.
Pocos días después él la llamó para invitarla a una cena de gala, pero cuando ella llegó se llevó un chasco al encontrar que John estaba acompañado por otra mujer, presumiblemente una cita. En el momento en el que él la invitó a la fiesta posterior, ella le anunció que ya había quedado con otra gente y se fue, no sin reconcomerse de dudas después. No todos los días la vida te ponía un al soltero de oro de América en tu camino.
Pero no tuvo que esperar mucho: el 18 de mayo de ese mismo 1992, coincidieron en el evento benéfico Don't Bungle the Jungle 2, organizado con el objetivo de preservar los bosques tropicales de América del sur. La lista de invitados era un quién es quién del momento como sacada de un libro de Bret Easton Ellis. Allí estaban Spike Lee, Diane von Fürstenberg, Elle Macpherson, Matthew Modine, Richard Gere o el propio Easton Ellis. Sin embargo, John y Carolyn no hicieron demasiado caso al resto de los presentes: se pasaron una hora sentados en el bar, conversando animadamente, encandilados y ajenos al mundo. Sasha Chermayeff, amiga de John desde la adolescencia y testigo de la escena, afirmaría en el libro JFK Jr.: An Intimate Oral Biography: “Creo que estuvo obsesionado con Carolyn desde el momento en que la conoció”.
Durante los siguientes dos meses, Carolyn y John se citaron en cenas, bailes y paseos por Central Park, unos inicios sacados de una película romántica. Él incluso la invitó a pasar un fin de semana en Sea Song, en Long Island, en la casa que alquilaba junto a su primo Anthony Radziwill, el hijo de Lee Bouvier, la hermana de su madre. Carole DiFalco, novia y futura esposa de Anthony, también estaba allí (Carole y Anthony se habían conocido cubriendo en los medios el crimen de los hermanos Menéndez dos años atrás). En sus memorias What remains, Carole evocaría aquel primer encuentro. Ella estaba lavando los platos cuando se le acercó aquella rubia “de diez pisos de altura” para pedirle un cepillo de dientes. Carole describe a una Carolyn luminosa, que no tiene miedo de tocarla y abrazarla y que la acompaña a la tienda a comprar filetes, feliz de que haya otra mujer en la casa, que imaginaba llena de amigos de John y de Anthony, como en efecto estaba. “Al final del fin de semana, supe que había crecido a media hora de Suffern, en el pueblo obrero de Greenburgh. Que su padre se fue cuando ella tenía ocho años, y su madre la crio a ella y a sus dos hermanas solas. Que de adolescentes ambas habíamos trabajado para Caldor, ella detrás del mostrador de joyería y yo en el mostrador de atención al cliente. Ahora trabajaba para Calvin Klein. ¿Qué probabilidades había de que John se llevara a casa a una chica de Caldor? Dejó una nota en mi habitación: 'Carole, debes deshacerte en serio de esas zapatillas Gap. Nuestra amistad no puede avanzar ni crecer hasta que te des cuenta de lo importante que es este tema para mí. Un placer conocerte. XO, Carolyn”. Rompieron el fin de semana siguiente, y no volví a verla en dos años”.
Tras ese incipiente romance de paseos por la naturaleza y alianzas femeninas inesperadas, la ruptura también parecía arrancada de una novela de Jane Austen, concretamente de la parte en la que los prejuicios hacen su aparición. El libro de Elizabeth Beller Once Upon a Time: The Captivating Life of Carolyn Bessette-Kennedy relata que durante una cita en el restaurante mexicano Teddy’s de Tribeca, John confrontó a Carolyn con una carta escrita por uno de sus amigos, uno perteneciente a su misma casta de wasp privilegiados de la Ivy League de la que ella no formaba parte. En el texto se definía a Carolyn como una trepa que “buscaba fama y fortuna” y que, además, “salía con hombres por toda la ciudad”. John le arrojó la carta encima y abandonó el local. Carolyn, en shock y humillada, solo pudo guardar la carta en su bolso y dejar el Teddy’s sola. Años después, Brian Steel, amigo de John, reconocería que fue él quien redactó esa información, a petición del propio John. “Averigüé todo lo que pude sobre ella, y no todo era bueno”, declararía en An Intimate Oral Biography. “Se lo conté todo. Era una chica fiestera y salía con mucha gente”.
El concepto “mucha gente” varía según a quién se aplique. La vara de medir demostraba de nuevo una injusticia flagrante hasta lo absurdo: el que Carolyn hubiese salido con hombres la desechaba como material de novia seria o de esposa, mientras que John John podía acumular romances confirmados y por confirmar y seguir siendo “el soltero más codiciado del mundo”. Puede que Carolyn, efectivamente, como una mujer adulta de su tiempo, tuviese encuentros habituales con hombres pero, desde luego, su currículum de novios, ligues y citas no era comparable al de JFK Jr. Quizá porque, a diferencia de él, había pasado gran parte de su vida sin el escrutinio del resto del universo.
Aunque la que pronto sería su cuñada Carole DiFalco la pintase en sus memorias como una humilde joven de provincias que había tenido que trabajar de dependienta en Caldor, “el Bloomingdales de los descuentos”, para ganarse el pan, esto era cierto solo en parte. La madre de Carolyn se había casado con un bien establecido cirujano ortopédico y pertenecían a la clase-media alta de Connecticut. Desde luego, su estatus estaba a años luz del de los Kennedy, pero Carolyn tenía poco que ver con la clase obrera y el mundo blue collar. En 1988 se había graduado en educación en la universidad de Boston —donde fue portada de una revista sobre las más guapas del campus, igual que en el instituto había sido nombrada la estudiante más bella—, había hecho sus pinitos como modelo y de un trabajo como dependienta de la tienda de Calvin Klein en Chestnut Hill había pasado a directora de publicidad en Manhattan vía el monitorazgo de Susan Sokol. Su novio del instituto, Eugene Carlin, era un popular atleta; en la universidad había tenido un romance de años con John Cullen, que se convertiría en jugador de hockey profesional (y curiosamente bautizaría a su hija mayor como Kennedy). En su pasado amoroso existía ya un heredero moreno y atractivo: Alessandro Benetton, con quién había salido ya en su etapa neoyorkina. “Nos conocimos cuando estaba haciendo mi máster en Harvard”, escribiría él en sus memorias La traiettoria. “Ella trabajaba para Calvin Klein y compartía el apartamento con un ex compañero de clase mío. Una noche vinieron a visitarme a mi casa. Me gustó al instante, era original, fuera de lo común. Siempre muy elegante, incluso cuando se portaba como una chica mala”. Otro nombre de altura era el de Will Regan, dueño de la discoteca Rex, que definió su historia como “una atracción química loca, muy poderosa”. Según un testimonio que recoge en su biografía Elizabeth Beller, “Carolyn adoraba a Will. Solía llegar a su edificio en motocicleta y gritar su nombre para que bajara, sin telefonearle antes. Ella estaba fascinada”. Al parecer no llegaron a más porque en ese momento Will, afamado donjuan que había salido entre otras con la modelo Iman, vivía ya con otra mujer. Otros flirts o citas esporádicas no han podido ser confirmados, como sus supuestos encuentros con actores como Scott Winters, Stephen Dorff o John Enos. Desde luego, la suerte parecía estar de su lado.
Y entonces apareció un Kennedy en su vida. No cualquier Kennedy, nada menos que uno de los dos hijos —la otra era Caroline— de John Fitzgerald Kennedy y Jacquelinne Onassis. El planeta entero estaba enamorado de John desde que siendo un crío se cuadró ante el féretro de su padre, en una foto para la historia. Puede que John no fuese un mujeriego compulsivo adicto al sexo como había sido JFK, que trataba a las mujeres como mercancía y tenía un tinglado montado para satisfacerle con carne fresca a su gusto. Sin embargo, la fidelidad tampoco parecía ser lo suyo. No es solo que fuese el príncipe heredero de una dinastía poderosa e influyente, dotado con un halo de tragedia y leyenda, es que además era guapo y sexy por sí mismo. Su vida sentimental había sido recogida con profusión por la prensa desde los tiempos en los que se limitaba a lo que sus paisanos llamarían “primera base”.
Una de las primeras chicas con las que se le fotografió, en un torneo de tenis, en 1977, fue Meg Azzoni, compañera del instituto Philips Academy. Meg se convertiría en artista y décadas después publicaría un libro con las cartas que él le escribió, Eleven letters and a poem, contribuyendo a la inmensa producción literaria y documentalística que existe sobre los Kennedy. Durante esta etapa adolescente John también salió con su compañera de clase Jenny Christian.
Sin embargo, la primera novia “oficial” de John fue Sally Munro, con la que estuvo desde 1979 a 1985. Compañera en la universidad de Brown, Sally era una chica lista y “normal” de Massachusetts, que sus amigos definían como “mona, no un pivón”. De hecho, mucha gente comentó que se parecía a la discreta Caroline Kennedy. Fue ella la primera que le hizo reparar en cómo la gente se comportaba de forma extraña cuando estaba en su presencia. Todos los que les conocieron en esa época hablan de ella como una buena influencia para él, además de contar con el visto bueno de Jackie O., a la que su hijo adoraba. Robert T. Littell, compañero de la universidad y amigo, escribiría en The men we became: My Friendship with John F. Kennedy, Jr. sobre su ruptura: “Me pareció que simplemente llegaron a un punto muerto. No había nada más que aprender el uno del otro. En 1983 John se fue a la India. Estudió en la Universidad de Nueva Delhi e incluso conoció a la Madre Teresa. Sally lo acompañó, y su relación prácticamente había terminado cuando regresaron. Habían salido durante mucho tiempo, casi seis años. No fue una ruptura dolorosa ni turbulenta, por lo que pude ver. De hecho, diría que fue amistosa”. En cuanto a la versión de Sally, la desconocemos, porque ha guardado un respetuoso silencio sobre aquellos años.
Sí escribió y mucho sobre su noviazgo la siguiente pareja, Christina Haag. Come to the Edge se convirtió en un best seller con su retrato de los cinco años de relación que vivió con John Kennedy, al que describe en términos como “tenía el extraordinario equilibrio de humildad y confianza que caracteriza a la gracia”. Compañeros de Brown, él estaba prendado de ella (de hecho, parece ser que engañó a Sally Munro con Christina), y cuando descubrió que había roto con el novio que tenía, estalló de entusiasmo y gritó a través de una ventana: “¡La chica con la que voy a casarme está libre!”. Coincidieron en una obra de teatro en la que ambos participaban y empezaron a salir. El relato de Christina es el de una apasionada e intensa relación amorosa que se prolongó durante la segunda mitad de la década de los 80. Contaba con el visto bueno de Jackie, los Kennedy y, a raíz de su conmovedor libro, de los fans de John, que especulan con qué habría pasado si se hubiese casado con ella. En Nueva York, él estudiaba derecho y ella se formaba como actriz. “Nuestros apartamentos estaban a pocas manzanas uno del otro en el Upper West Side”, recuerda ella. “Pasábamos los fines de semana en casa de su madre en Nueva Jersey, en Martha's Vineyard y en Hyannis Port. Durante los veranos de 1987 y 1988, vivimos juntos en Washington y en Venice, California. También nos encantaba viajar”. En 1989 visitaron juntos Jamaica, donde por la afición al riesgo de John estuvieron a punto de sufrir un aparatoso accidente en kayak que a posteriori es imposible no contemplar como un presagio.
Aunque en su libro Christina Haag describe a un John encantador, bondadoso y tocado por un ángel, los últimos tiempos de su noviazgo habrían justificado que su recuerdo de él fuese más amargo. Esos últimos tiempos tenían nombres propios: los más famosos eran nada menos que los de Madonna y Daryl Hannah. A mediados de los 80 era difícil encontrar dos personas que significasen tantas cosas a la vez como Madonna y John John Kennedy. La “Material girl” y “the Hunk” se encontraron tras un concierto de ella en julio de 1987. Iniciaron un affaire del que la prensa se hizo eco fotografiándoles haciendo jogging por Central Park o en Hyannis Port. Madonna acababa de romper con su marido Sean Penn después de que él la maltratara, pero cuando acudió a una fiesta invitada por John, firmó en el libro de invitados como “Señora de Sean Penn”. A Jackie no le gustaron un pelo esas noticias. Según el libro The Good Son: JFK Jr. and the Mother he Loved de Christopher Anderson, se dirigió indignada a su hijo preguntándole: “¿Cómo puedes salir con alguien que canta que es una chica materialista?”, a lo que John respondió: “Pero si nadie es más materialista que tú, madre”. No se trataba solo de la polémica letra de la canción (desde luego, no la más polémica de la cantante), sino de la obvia referencia a Marilyn Monroe que hacía en el videoclip. Se daba la circunstancia de que una de las muchas, muchísimas mujeres con las que John Fitzgerald Kennedy había engañado a su esposa Jacqueline era Marilyn. Demasiadas conexiones freudianas. Después de unos meses, y al parecer porque su conexión física tampoco era gran cosa, según ella (él por contraste la definiría a ella como “una dinamo”), Madonna volvía con Sean Penn y John mantenía las formas junto a su pareja oficial, Christina.
Con Daryl Hannah, el asunto fue mucho más serio y prolongado en el tiempo. La estrella de Blade Runner y 1, 2, 3... Splash y John se conocían desde siempre por la buena relación entre sus adineradas familias, pero volvieron a coincidir en 1988, en la boda entre la tía de John, Lee Radziwill, y Herbert Ross, director de Daryl en Magnolias de acero. Rubia, altísima, bien relacionada y con un marcado desdén por la ortodoxia de Hollywood, Hannah y John iniciaron no está claro si una amistad que derivó en romance o un affaire desde el primer momento. Hay que tener en cuenta que él seguía con Christina y ella llevaba saliendo desde 1983 con el músico Jackson Browne, una relación con idas y venidas durante la cual a ella se la vinculó con Mick Jagger y Warren Beatty.
En octubre de 1990 Christina se encaró con John acerca de los rumores sobre Daryl, y él respondió con un poco convincente: “Solo somos amigos, ni siquiera vive aquí. Y de todas formas, tiene novio”. En otra ocasión, John reconoció de forma esquiva que lo de Daryl había sido “una fantasía, una forma de lidiar con mi miedo al compromiso. Estaba enamorado, pero ya no” (como apunta Christina, desde que había empezado a ir a terapia meses atrás, John “había cambiado su forma de hablar”). De todas formas, Daryl tampoco era la única “otra” con la que se le vinculaba, y a Christina le sobraban los motivos para estar celosa. Escribiría ella: “Ahora no recuerdo qué fue lo que me hizo estallar una noche. Pudo haber sido cualquier cosa: un número de teléfono, una postal olvidada, rumores de él con una belleza de cabello negro azabache, a lo que él respondió: solo es una estúpida modelo”. Por ese apelativo podía referirse a la modelo de Sports Illustrated Ashley Richardson, con la que se había visto un par de veces, o a Julie Baker. La modelo había conocido a John una noche de fiesta en Palm Springs en 1989, presentados por su amigo común Billy Way. “Creo que a John le encantaba salir con Billy porque no le interesaban los grandes nombres ni los famosos. Le gustaba estar con gente a la que no le importaba quién era... se sentía seguro”, reflexionaría después Julie. “Menos de una semana después me llamó. La verdad es que me sorprendió saber de él; supongo que Billy le dio mi número. Me preguntó si quería ir a un recital de poesía y yo le dije que no. Me pareció muy aburrido. No importaba que fuera John. Le dije que no, gracias. Volvió a llamar como un par de días después y me dijo: “Tengo entradas para un show de Andrew Dice Clay. ¿Te gustaría ir conmigo?”. Y yo le dije: “Sí, suena bien”. Fuimos y nos lo pasamos genial”. Aquello fue el inicio de una relación que sería clandestina, oficial y de nuevo clandestina, y que según algunas fuentes, se prolongaría hasta el final de su vida. Entre semejante aluvión de rumores y realidades confirmadas, John y Christina Haag rompieron en la nochebuena de 1990. Ella le rogó que al menos durante un mes no se le viese con ninguna otra mujer, en un intento de mantener las formas. Christina no llegaría a despuntar nunca como actriz, y la publicación del libro Come to the hedge supondría su momento álgido de fama. Tras la ruptura, John, por primera vez en muchos años, estaba oficialmente soltero.
Comenzó un desfile de mujeres efímeras como Toni Kotite o Lisa Shields. Algunas eran famosas, como en el caso de Sarah Jessica Parker, que bautizaría después lo que tuvieron como “el fiasco Kennedy” y reconocería que la presión de los paparazzi era demasiado intensa. “Es un hombre agradable, pero por el amor de Dios, siento que tengo que pedir perdón por salir con él”, diría tiempo después. Brooke Shields le describiría como “el mejor beso que me han dado nunca” cuando tuvieron una cita en la estación de esquí de Aspen. Sin embargo, cuando ella rechazó tener relaciones sexuales con él, asegura que el joven Kennedy, que no dejaba de comentarle cómo se parecía a su madre Jackie, dejó de dirigirle la palabra. En esta enumeración también hay estrellas de otras latitudes, como Xuxa, con la que salió en febrero del 92. “Él iba en bicicleta, pensé que era la cosa más linda del mundo. Salimos a cenar y no tenía ganas de comer nada con ese Dios frente a mí”. Pese a que hablaron de volver a verse cuando él fuese a Brasil, el encuentro no llegó a producirse jamás. Resultó que la productora y directora de El show de Xuxa, Marlene Mattos, dio el soplo a la prensa de dónde se encontraba la explosiva pareja en ciernes. Escamado, John pensó que era mejor apartarse de quién le estaba utilizando para conseguir aún más notoriedad.
Nunca fue tan famosa pero sí más relevante la artista Sybil Hill. Se conocieron en un restaurante el 6 de enero de 1991, pocos días después de la ruptura con Christina. Se miraron, se gustaron y él le deslizó su número de teléfono en un trozo de papel. Una semana después, quedaron para cenar, y un mes después, se acostaron. En una entrevista muchos años después para el National Enquirer, Sybil ofrecería detalles jugosos del estilo de: “El sexo fue increíblemente maravilloso, pero me sorprendió que John no pareciera estar acostumbrado al tipo de sexo salvaje que yo disfrutaba. A él le encantaba eso de mí. Solía decir: “Eres tan desinhibida, tan aventurera”. “Recuerdo la primera vez que me desperté en su cama, mirando fotografías de sus padres, el presidente Kennedy y su esposa Jackie. Fue surrealista. A John le gustaba pintar, y nuestras sesiones de pintura a menudo se convertían en sesiones de sexo. Una vez, me dediqué a complacerle mientras él pintaba un cuadro con los dedos. Todavía tengo el cuadro”. Sybil también afirmaba que John odiaba los preservativos y siempre tuvieron sexo sin protección. “Eso me parecía bien”, afirma ella. “Me hubiera encantado tener su bebé. Pero no sucedió”. El Enquirer reportaba que tuvieron relaciones al menos una docena de veces más durante esa época.
Así, el panorama sentimental de John John estaba al pil pil entre idas y venidas con Daryl Hannah, el anuncio de un compromiso que nunca llegó a producirse con Julie Baker y la presencia de varias mujeres sin identificar más. Ahí se produjo la aparición de Carolyn Bessette en Calvin Klein, pronto desechada por “fiestera” y salir “con muchos hombres”. Es complicado trazar la cronología de lo que ocurrió entre 1992 y 1994, porque se trató de una relación no a tres sino a múltiples bandas. Para empezar, el noviazgo entre Daryl Hannah y Jackson Browne se rompió de forma definitiva cuando él le propinó una paliza que la dejó con un ojo morado y distintas contusiones. Daryl nunca puso una denuncia y rechazó hablar del asunto de forma pública. Como escribe Manu Piñón, “queda como testimonio de aquella tempestuosa relación la crónica sentimental que Browne plasmó en la canción Sky Blue and Black , en la que dejaba entrever que el consumo de cocaína unido a los problemas mentales habrían empujado a Hannah a actuar de forma agresiva, llegando a autolesionarse y quedar al borde del suicidio, algo que él evitó. Hannah, que había sido teclista y cantante en discos de Browne, protagonista de algunos de sus videoclips durante la relación prefirió no responder. Joni Mitchell, pareja de Browne décadas antes, lo hizo con Not to Blame en su lugar: no sólo afirmaba creer a la actriz, sino que responsabilizaba a su ex del suicidio de su primera esposa, Phyllis Majo”.
Cuando John supo que Daryl estaba ingresada en el hospital, voló a su lado y desde octubre del 92 comenzó a vérseles cada vez con más frecuencia juntos. El público enloqueció con la pareja y se daba por hecho que se prometerían en matrimonio pronto, aunque Jackie Onassis no parecía muy conforme con la idea. Cuando Ted Kennedy Jr. se casó en 1993, Jacqueline y Carole amenazaron a su hijo y hermano con no acudir si él lo hacía acompañado de Daryl. Él no les hizo caso y la pareja se plantó allí, cogidos de la mano, entre el furor del público. Los amigos de John reconocen que discutían demasiado cuando estaban juntos y ambos estaban acostumbrados a ser la prima donna del lugar. En el verano del 93, la prensa informó de una monumental pelea entre Daryl y John en el restaurante Indochine. No sabemos los motivos, pero hay que tener en cuenta que John seguía viéndose con Julie Baker y, muy pronto, o puede que ya, lo estuviese haciendo con Carolyn. Después de la escena en el restaurante Teddy’s en el 92, John había llamado a Carolyn con insistencia para disculparse. Ella le contestó asegurando que no estaba interesada en un hombre que tenía novia, y él procedió a enviarle flores. Funcionó. En algún momento durante ese agitado 1993, la relación entre John y Carolyn se reactivó. Hay que tener en cuenta que, según RoseMarie Terenzio declararía en JFK Jr.: An Intimate Oral Biography, “Carolyn no se quedaba sentada junto al teléfono esperando su llamada; era todo lo contrario. Por primera vez, estaba probando su propia medicina. Y eso lo intrigaba”.
En efecto, en el otoño del 92, Carolyn había iniciado un romance con el modelo Michael Bergin. Alto, moreno, guapísimo, guardaba cierta semejanza con John y desde luego parecía el tipo de Carolyn, pero a partir de ahí las similitudes entre los dos hombres se acababan. Michael y Carolyn se habían conocido cuando él trabajaba como portero del hotel Paramount y, según le contaron diversas fuentes a Elizabeth Beller, parecía que Carolyn se avergonzaba de él por su origen humilde que le descalificaba como buen partido. Michael Bergin aseguraría en su libro El otro hombre que lo suyo fue mucho más que un affaire casual y él más que un amigo con derecho a roce. Aunque reconocería que Carolyn nunca le presentó oficialmente a sus amigos como “novio”, lo suyo duraría, con interrupciones e idas y venidas, hasta la muerte de ella. Llegaron a ir juntos incluso a visitar a la familia de Michael en una ocasión, y ellos adoraron a la joven. Afirma que Carolyn le enseñó todo sobre moda, se empeñó en “pulirle”, corrigió su acento y le ayudó a prosperar en su carrera como modelo. Lo hizo bien: el reemplazo de los archifamosos anuncios de Mark Wahlberg para Calvin Klein resultó ser Michael Bergin, y su fichaje por la marca incluyó varias campañas junto a la ya super estrella Kate Moss. Sin embargo, nunca llegó a considerar en serio un futuro con él. “Me llamaba cuando quería llamarme y me veía cuando quería verme”. Según Michael, Carolyn y él tuvieron relaciones sexuales mientras ella ya había vuelto a salir con John, puede que por despecho o por enganche pasional. Asegura también que ella se quedó embarazada de él y abortó “porque no se sentía preparada”. Un embarazo posterior por el que Carolyn se sometió a otro aborto hizo que Michael echase cuentas para deducir que la concepción se había producido mientras él estaba trabajando en Milán. “Ella insistía en que solo podía ser mío. Y claro que la creí. Cuando estás enamorado, te crees cualquier cosa”. La describe como controladora y manipuladora, con tendencia al llanto y a “olvidarse de comer”, celosa y con problemas con el abandono debido a la relación con su padre, que se había ido de casa cuando ella tenía ocho años. A esto, esgrimía Michael: “¿Qué pasa, que los que venimos de hogares felices no tenemos problemas?”. Sin embargo, también se dirige al lector de sus memorias en estos términos: “Como observador externo e imparcial, probablemente pienses que Carolyn me trató bastante mal. Pero yo no lo veía así. Para mí, seguía siendo la mujer generosa y cariñosa que me acogió cuando llegué a Nueva York, la mujer que me ayudó a encontrar mi camino. Y, sinceramente, seguía enamorado de ella”.
El 14 de noviembre de 1993 se publicaron por primera vez fotos de John y de Carolyn juntos en la maratón de Nueva York. Poco después, apareció en prensa una foto de él junto a Daryl Hannah cogidos de la mano en el estreno de una película. Por si acaso no la había visto, la madre de Carolyn se encargó de recortarla y enviársela a su hija con la nota “Querida Carolyn, por favor, sigue con tu vida. Con cariño, mamá”. Y añadía una carita triste. Según el libro de Elizabeth Beller, Carolyn rompió con John en dos ocasiones porque él no le presentaba a su madre, y en una de esas ocasiones, Carolyn se dedicó a flirtear con el novio de una de sus amigas. Entonces, retomaba el contacto con Michael Bergin. Y, como escribe Sasha Chermayeff, “John simultaneaba a Carolyn mientras estaba con Daryl; estoy convencida de que las simultaneaba bastante”. No solo a ellas, porque por ahí seguía la modelo Julie Baker, entre otras beldades.
La relación con Daryl Hannah pareció afianzarse cuando él se mudó al piso de ella en enero del 94. Sin embargo, esa tempestuosa historia tenía los días contados. En mayo de ese año, John sacó al perro de Daryl a pasear por Central Park; el perro se le escapó y fue atropellado por un coche. Fue John el encargado de llevar las cenizas del perro a Los Ángeles, para un funeral que Daryl había organizado. Pero al parecer, Daryl montó en cólera cuando vio la caja en la que John había metido las cenizas, y eso fue el inicio de una terrible pelea. Justo durante aquellos días, Jackie Kennedy empeoró del linfoma que padecía, y fue ingresada en Nueva York. El 19 de mayo de 1994 fallecía Jackie Kennedy Onassis, rodeada del respeto del público estadounidense, que ya le había “perdonado” su boda con el armador griego. John estaba devastado. Carole DiFalco, que meses después se casaría con el primo Anthony Radziwill, diría que “fue una época terrible y un mal presagio”. Según recogió Steven M. Gillon en su biografía America’s Reluctant Prince: The Life of John F. Kennedy Jr, John le confesó a un amigo: “¿Puedes creerlo? Acabo de perder a mi madre y ella solo quiere hablar de su maldito perro”. En julio del 94, Daryl Hannah y John Kennedy rompieron, esta vez definitivamente. Aun siendo siempre discreta, en los siguientes años a ella se la relacionaría con parejas tan variadas como Dodi Al-fayed (justo antes de que él iniciase su romance con la princesa Diana), el mago David Blaine o los actores Val Kilmer y Brad Renfro. En 2018 se reveló que se había casado con el rockero Neil Young, y hasta la fecha, siguen juntos y, en apariencia, felices.
Pero el mutis de Daryl no quería decir que Carolyn se convirtiese en pareja oficial del joven Kennedy de forma inmediata ni mucho menos. John tuvo una breve relación sexual con Barbara Vaughn, y se rumorearon encuentros nunca confirmados con Cindy Crawford y Alicia Machado (esto basado solo en declaraciones de la propia implicada). Sin embargo, igual que había hecho con la actriz, John no se ocultaba. La prensa enseguida empezó a seguir a Carolyn hasta su casa en el 112 de Waverly Place, un edificio en el que vivían también Narciso Rodríguez y Kate Moss (todo quedaba en casa). Se cubrían sus cenas en restaurantes, sus paseos por el parque y, pronto, de forma muy significativa, sus salidas de fin de semana a los territorios del imperio Kennedy. Las fuentes se dividen entre las que señalan lo bien que fue aceptada en aquel ambiente hiper competitivo y endogámico y las que matizan que ella nunca se sintió del todo a gusto en las multitudinarias reuniones familiares. Tener aquella relación conllevaba una presión constante a la que no todo el mundo podía acostumbrarse, y Carolyn la experimentó con toda su crudeza. Cuando se hizo público que su romance iba en serio y dejó de ser “una rubia desconocida”, la prensa se disparó. Todo el mundo hablaba con alguien que la conocía o que había trabajado con ella. Salieron a la palestra sus novios, se comentó que había sido asidua de locales de Manhattan como el MK, Rex o Buddha Bar, se contó su historia familiar, criada con su padrastro y su madre, se habló de sus dos hermanas gemelas, Lisa y Laura, año y medio mayores que ella. Se barajaban varias versiones sobre cómo se habían conocido JFK Jr. y ella: de jogging por Central Park, de fiesta en un club o presentados por amigos comunes. Tampoco estaba clara la fecha del encuentro, por motivos de solapamiento de novias que habrían hecho del asunto algo incómodo. Por supuesto, no tardó en definírsela como la próxima Jackie Onassis: católica, hija de padres divorciados y representante de la moda de su tiempo. En eso, las comparaciones no resultaban forzadas ni injustas: el estilo de Carolyn, desgranado al detalle y definido como “minimalismo chic”, “sin esfuerzo”, se convirtió en destilación de su época y a la vez, aspiración para sus contemporáneas e incluso para generaciones posteriores.
Hay que tener en cuenta que tanto el relato que se fue elaborando sobre Carolyn cuando se hizo famosa, como las biografías posteriores, están profundamente sumergidas en el contexto de los 90. Estados Unidos vivía una ola regresiva en contra de los avances del feminismo, y faltaba muy poco para que estallase el escándalo de Clinton y Monica Lewinsky. El perfil de Carolyn, mujer soltera en Manhattan que se gana la admiración y el odio de medio mundo por “conseguir el premio gordo”, por haber sido ella la elegida poniendo en evidencia que cualquier mujer de Nueva York podía haberlo “logrado” en su lugar, es un imán para la misoginia. Como en aquella carta que el amigo de John escribió ejerciendo de espía, se la acusó de trepa cazafortunas, pero también de histérica y a la vez de fría reina del hielo. En la forma en la que manejó su relación con John y la presencia constante de otras mujeres se vio una estrategia digna de El arte de la guerra. No podía tratarse de un recorrido complejo como son las relaciones sentimentales y sexuales, tenía que ser todo parte de un plan orquestado con un fin único: el matrimonio con el soltero más deseado del país. Décadas después, el director David Fincher le recomendaría a la actriz Rosamund Pike que se inspirase en Carolyn para crear el personaje de Amy Dunne en Gone Girl, que, como cualquiera que haya visto la película o leído el libro en el que se basa, está muy lejos de ser angelical. Newsweek afirmaba que Carolyn representaba “una combinación de moda, sexo y publicidad muy de los 90” y Vanity Fair la definía como “defensora del cortejo posfeminista”. Cuando salió a la venta el éxito The Rules, un manual de citas para mujeres que básicamente revivía los consejos de las abuelas en la línea de “hazte valer”, la autora apuntó que claramente Carolyn era un ejemplo de cuánto bien hacía seguir esas reglas. Varios artículos la definieron como “la típica mujer que habría leído Las reglas pero jamás lo habría admitido en público”. Matizamos que el libro salió cuando Carolyn ya estaba casada, con lo que no es tanto que Carolyn hubiese seguido el manual como que ambos, mujer y libro, encapsulaban el espíritu de su época. Y ese espíritu les decía a las mujeres que tenían que jugar sus cartas para intrigar y atraer a un hombre dejando de lado la naturalidad o sus deseos, que no podían acostarse con quién quisiesen cuando les viniese en gana sino, como pronto, en la cuarta cita, o que había que hacerse las dignas pero sin pasarse de estrechas. Y todo sazonado en una sutil capa de anorexia muy 90’s, muy Calvin Klein. Otro producto que ejemplifica a la perfección ese clima es Sexo en Nueva York, no tanto la serie sino las columnas y el libro de Candance Bushnell, impregnadas de pragmatismo y cinismo. Resultaba que uno de los hombres con los que había salido Candance era Michael Bergin, el amante modelo de Carolyn, con lo que se demostraba de nuevo que Nueva York era mucho más pequeña de lo que parecía.
Y así llegamos al verano del 95. Un año después de la muerte de Jackie, y justo cuando Anthony Radziwill, el adorado primo de John, sufrió una recaída del cáncer de testículos que había padecido años atrás. Había un aire de trascendencia en el ambiente. John siempre había deseado o sabido que tenía que formar una familia tradicional, casarse y tener hijos. Y frente a las voces que opinan que, sencillamente, había llegado el momento de dar el paso y Carolyn estaba ahí, están los testimonios cercanos a John que afirman que John estaba muy enamorado. Según Robbie Littell, ella “le intrigaba más que nadie que hubiera conocido. Una fuerza de la naturaleza. Dijo que quería casarse con ella. Se mantuvo firme”. Por supuesto, en esta historia era él quien tenía que pedirle matrimonio a ella, no podía tratarse de una decisión consensuada entre ambos sino algo que él, al modo clásico, rogaba y ella otorgaba, pero solo cuando él decidía. Fue en el verano del 95, poco antes del 4 de julio, durante una excursión de pesca a Martha’s Vineyard, para que la estampa fuese todavía más de clásico americano. John empezó con un “todo es mucho mejor con una compañera, no solo la pesca sino la vida”, y sacando un anillo de zafiros y diamantes, continuó: “Quiero que seas mi compañera”.
Carolyn tardó tres semanas en decirle que sí. RoseMarie Terenzio, que no da puntada sin hilo, declaraba que “eso hizo que John tuviera aún más ganas de casarse con ella”. El anuncio del compromiso fue el comienzo oficial de la nueva pareja favorita de Estados Unidos. Incluso unos cuantos nostálgicos esperanzados vieron la posibilidad de revivir la Camelot añorada de la presidencia de su difunto padre, cuando Jacqueline y él encaraban el optimismo de la América de los primeros 60. Los prometidos parecían tener mimbres para ello, desde luego. Por fin John tenía un oficio con la proyección pública esperada: en septiembre de ese mismo año lanzó George, una revista de política (para los que no saben de política, comentaban ácidos sus críticos). El nombre era una herencia de la etapa Daryl; había sido idea de Lou Adler, el productor entre otros de The Mamas and the Papas y cuñado de la actriz, pero a efectos prácticos, se consideró que George era tanto un triunfo de John como de Carolyn. Aparecieron refulgentes en la fiesta por el primer número de la revista, y pronto se dijo que ella llamaba constantemente a la redacción, por controlar los contenidos y también a su prometido. La opinión pública se embriagaba con sus imágenes juntos y los paparazzi les seguían obsesivamente, tanto por separado como saliendo juntos del loft de Tribeca de él, al que pronto ella se mudaría, en el 20 de North Moore St. América ya estaba enamorada de John desde su nacimiento, y su estilo parecía el país en su mejor versión: con traje y corbata bien cortados, con pantalones cortos de deporte, con sudadera, patinando con el torso desnudo, montando en bicicleta por las calles de Nueva York, con gorras Kangol o gorras a secas hacia atrás, John Kennedy resultaba siempre arrebatador. Y Carolyn pronto demostró jugar en su propia liga: con vestidos lenceros de Calvin Klein, sutilmente despeinada, una diadema o con su pelo de un rubio increíble recogido, tocada con una boina, portando abrigos de paño, en vaqueros, de negro, con escote palabra de honor, con la camisa blanca perfecta, su aura de elfa de los bosques, cara de ciervo y ojos oceánicos, el estilo de Carolyn dejó una huella que todavía hoy permanece más viva que nunca.
Pero, como ocurría con el Camelot original, la perfecta postal ocultaba muchas cosas. El relato de su romance intentó ser lo más aséptico posible: se dijo que llevaban saliendo un año (y no desde hacía tres), estableciendo una distancia prudencial con la ruptura con Daryl. Así, el hecho de que tanto John como Carolyn hubiesen simultaneado varias relaciones o amantes a la vez quedaba elegantemente borrado del pasado. Lo que trascendía era una impecable historia de amor que se ajustaba a los cánones de la respetabilidad, pero era solo una pequeña parte de la verdad. Según Sybil Hill, una de las anteriores amantes de John, él fue a verla cuando se anunció su compromiso. “Hicimos el amor, pero pude ver que estaba conflictuado”, relata ella. “Puse mi mano sobre el corazón de John y dije: ‘Tienes que seguir a tu corazón’. Bajó la cabeza y dijo simplemente: ‘Lo siento’. Sabía que me estaba dejando por Carolyn”. Aunque naturalmente no existen evidencias de este encuentro, Sybil comenzaría años después a escribir un libro —que nunca terminó— sobre sus recuerdos de John, y en él incluía cartas y notas que él le escribió durante años, cortés y formal, enviándole saludos e interesándose sobre su mudanza a Aspen. Según las amigas de Carolyn, durante este período, ella cada día estaba más delgada, más rubia, más pálida y con las cejas más finas. Michael Bergin también hace su aparición asegurando que unos meses antes de la boda, Carolyn acudió a él, devastada, y le contó que había perdido un bebé (de John, supone él). El episodio terminó con ambos haciendo el amor apasionadamente.
A veces, en la estampa de formalidad irrumpía la vida real, como sucedió el 25 de febrero de 1996. Aquel día, las cámaras captaron una espectacular pelea de la pareja en medio de Nueva York. La secuencia completa era puro cine: los prometidos discutían a gritos, se agarraban, ella se abalanzaba sobre él, forcejeaban en lo que se interpretó como un intento de él de quitarle el anillo de compromiso del dedo, lloraban, se consolaban, miraban al infinito en una pausa de agotamiento y finalmente se abrazaban —pitillo de ella en mano— y volvían a casa, todo en presencia de Friday, el perro. La escena pasó de forma instantánea a formar parte de su leyenda, desatando una ola de especulaciones y conjeturas sobre qué sucedía en realidad en la intimidad de aquella pareja. Según el libro de Steven M. Gillon, “la causa de esta infame pelea, y las muchas que siguieron, derivó de la queja continua de Carolyn de que John dejaba que la gente lo pisoteara”. Al parecer, ocurría con mucha frecuencia que gente que apenas conocía a John le invitaba a su boda e incluso le pedían que ejerciese de padrino, lo que disgustaba mucho a Carolyn, que veía cómo usaban a su novio (y a ella, de rebote), para aumentar el caché —a veces monetario también— de sus ceremonias. Según la fotógrafa Angie Coqueran, que inmortalizó la bronca, escuchó a John gritar “¡ni siquiera la conozco!”, y su teoría es que aunque la pelea empezó por un artículo del New York Times sobre Jackie, terminaron echándose todo tipo de reproches a la cara, lo que por supuesto incluía celos.
Fuese cual fuese el motivo de la pelea, siete meses después, el 21 de septiembre de 1996, se celebró la boda del año. El lugar elegido fue la primera Iglesia Bautista Africana de la isla de Cumberland, en la costa de Georgia. Lejos de ser un entorno grandilocuente y lujoso, se trataba de una edificación pequeña y discreta, pero histórica y relevante, erigida en 1893 por antiguos esclavos. Solo unos 40 invitados acudieron, los más íntimos, los elegidos: entre los rostros conocidos, Ted Kennedy y Caroline Kennedy (Lee Radziwill no fue invitada). Lo habían conseguido: una boda secreta en una localización misteriosa, a salvo de los ojos del mundo, aunque pronto los detalles de todo lo ocurrido serían desgranados cuidadosamente. Se supo que los novios habían organizado el evento con la ayuda del diseñador Gordon Henderson, íntimo amigo de Carolyn, también encargado de los atuendos del novio y padrino, Anthony Radziwill. Se comentó que la víspera se había montado una cena de ensayo iluminada por velas en la que el novio brindó porque su prometida, que lucía un vestido lencero de color nude y brillantes, le había hecho “el hombre más feliz del mundo”. Muy celebrado fue el brindis de Ted Kennedy: “Politics plus fashion equals passion” ("Política más moda igual a pasión"). Se mencionó que los himnos que sonaron durante la ceremonia habían sido Amazing Grace y Will the Circle Be Unbroken, y que las hijas e hijo de Caroline habían esparcido pétalos de rosa y portado los anillos. Al parecer, la iluminación en la capilla era tan tenue que el cura católico tuvo que leer su sermón alumbrándose con una linterna. Tras la misa, se celebró una recepción con la obligatoria tarta nupcial de tres pisos, y los recién casados abrieron el baile con la canción Forever in My Life, de Prince. Para cuando se supo que se habían casado y los periodistas comenzaban a llegar a la isla de Cumberland, John y Carolyn habían volado ya en avioneta, rumbo a una luna de miel que incluyó Turquía.
Y luego, claro, estaba el vestido. Pocas imágenes han trascendido de aquel día, pero las que existen provocaron un cortocircuito estilístico en varias generaciones. Se habla mucho de vestidos de novia influyentes, capaces de romper con la tradición existente e iniciar una nueva, pero la lista esos atavíos tiene un lugar especial reservado para el de Carolyn Bessette Kennedy. El diseño de 40.000 dólares de Narciso Rodríguez, ex Calvin Klein, era limpio, de corte al bies, ceñido al cuerpo, lencero. De pronto, los vestidos de novia podían ser sencillos, menos armados, y estaba permitido acudir al altar con un vestido que tu abuela hubiera considerado un camisón o una combinación interior y, a la vez, estar elegante y regia. Las malas lenguas aseguran que Carolyn llegó dos horas tarde a la ceremonia porque era incapaz de enfundarse en un vestido que carecía de botones y de cremalleras. Algo de retraso hubo, porque Gordon Henderson confirmaría muchos años después que nadie sabía cómo introducir a Carolyn en el vestido sin arruinar su peinado y maquillaje, y tuvo que ser él quién lo hizo, poniéndole a la novia en ciernes una bolsa en la cabeza. En eso no cambió los códigos de vestimenta nupcial.
Los recién casados continuaron viviendo en el loft de Tribeca de John. Carolyn había dejado su trabajo en Calvin Klein poco después de la gran pelea para dedicarse a tiempo completo a ser una Kennedy, una ocupación que conllevaba mucha responsabilidad. Según contaría Richard Bradley, editor de la revista George, en The Kennedy Heirs, “cuando estabas con ellos sentías que John había creado una nueva pareja poderosa en la familia, y había muchas, como Jack y Jackie, Bobby y Ethel, Sarge y Eunice. A John siempre le habían fascinado las parejas poderosas de los Kennedy del pasado, y así era como quería verse a sí mismo y a Carolyn”. Claro que el concepto de pareja “poderosa” en los Kennedy tenía un lado bastante más oscuro, vinculado a una tradición patriarcal que veía en las mujeres poco más que madres de familia numerosa depositarias de cuernos. John Perry Barlow, amigo de John y letrista de Grateful Dead, asegura que él le había dicho que no quería ser “ese Kennedy espeluznante a quien no le importa lo que su novia piense sobre nada. Odio a esos tipos”. Y Carolyn sabía qué implicaba. Le confesó a su amigo Stewart Price: “Veo lo que pasa en esta familia y me asusta. Me conozco y definitivamente no soy esa patética esposa de Kennedy que se queda en casa con los niños mientras su esposo anda por ahí haciendo el tonto”. Desde luego, no terminó encarnando ese cliché, pero imaginamos que tampoco estaría muy contenta con cómo acabaron saliendo las cosas.
El interés en torno a los ya señor y señora Kennedy ardía. La presión mediática hizo que John se dirigiera a los paparazzi rogándoles “dejadla sola”, pero no sirvió de nada. Si acaso, para que los periodistas la culpasen a ella del cambio de actitud de él, que había crecido acostumbrado a su presencia constante y nunca, hasta ahora, se había quejado. Según un amigo, Carolyn le confesó que le hubiera encantado seguir en Calvin Klein, pero ya no podía porque su vida se había convertido “en un circo” (según otra amiga, había sido por presión de John). Debido al acoso de la prensa Carolyn tenía cada vez más miedo de salir de casa, y a menudo se recluía presa de la ansiedad. Cuando Lady Di falleció en el 97, muchas celebridades sintieron una siniestra identificación con su caso.
Uno de los objetivos de las cámaras era no solo Carolyn sino su barriga; cuando se casaron John tenía 35 años y ella 30, y todo el mundo esperaba que los hijos llegasen pronto. No sucedió, y la especulación sobre el por qué se hizo insidiosa y constante. Al mismo tiempo que se publicaban y desmentían noticias sobre un supuesto embarazo, se disparaban los rumores sobre infidelidades por ambas partes, especialmente las de ella con un anticuario del barrio y con un ex. Amigos cercanos lo niegan todavía hoy; sin embargo, ahí está el libro de Michael Bergin, que asegura que estando ella ya casada, coincidieron en un hotel, él la besó y ella se apartó y se fue. En 1997 Bergin fichó por Los vigilantes de la playa, convirtiéndose en el personaje de J.D. Darius. Estaba ya instalado en Los Ángeles cuando, según su relato, en junio de ese año Carolyn le llamó para decirle que iba a la ciudad con Gordon Henderson y que quería visitarle. Lo que siguió fue un reencuentro sexual que él define como inevitable. “Carolyn y yo nos dimos cuenta de que no íbamos a poder resistirnos el uno al otro, y terminó en mi cama. Apagué las luces y nos metimos bajo las sábanas”. Fue entonces cuando ella le confesó que era muy infeliz y que sospechaba que John, que en teoría estaba en Islandia haciendo kayak con amigos, le era infiel. Los amantes clandestinos se pasaron once días encerrados en el pequeño apartamento de Michael en Los Ángeles, haciendo vida de pareja y evitando hablar de la vida real, que “solo habría servido para demostrar lo locos que estábamos”. Michael se describe como enamorado, pero incapaz de pedirle nada. Cuenta que se vieron en dos ocasiones más: una de nuevo en Los Ángeles y otra en Seattle, en la primavera del 98, cuando acudieron al funeral por la madre de Gordon Henderson. El relato de ese último encuentro es desgarrador: en él, Carolyn le pide fuerzas para que le ayude a dejar a John, y le asegura que le ama. Michael, asustando por el posible escándalo y la responsabilidad, se niega. “Ésa fue la última palabra que le dije a Carolyn: no. Ella vino detrás de mí y se quedó en mitad de la calle mientras yo le decía a un taxista que arrancara. Ella se quedó gritando a lo lejos: ¡Michael!”.
Aquí hay que citar el testimonio de Sybil Hill, según el cual en febrero del 98 John fue a Aspen y aprovechó para visitarla. “Era muy infeliz en su matrimonio”, contó ella al Enquirer. “Pero en cuanto a cualquier otra mujer en su vida, no había nadie más que yo. Le provoqué: “¿Eres como un marinero con una chica en cada puerto?”. John me miró a los ojos y dijo: “No, Sybil, eres la única”, pero obviamente se sentía culpable. Me habló sobre sus problemas con Carolyn y dijo que habían estado viendo a un consejero matrimonial. Dijo que estaba considerando el divorcio pero que todavía quería salvar el matrimonio”. Asegura que menos de un año después de casarse, ya tenían problemas porque John quería tener hijos y ella no. Según Sybil, John se quejaba de que Carolyn era “maravillosamente adorable y cálida un minuto y una princesa de hielo sin emociones al siguiente. No nos comunicamos. A menudo vivimos en dos mundos diferentes. El peor ejemplo de esto fue en 1996, cuando Carolyn tuvo un aborto espontáneo de mi bebé, al menos supongo que era mi bebé, y ni siquiera me lo dijo hasta meses después”. (Este podría ser el tercer aborto del que hablaba Michael Bergin en su libro, una pérdida gestacional involuntaria). Y John, siempre según Sybil, terminaba las quejas sobre su vida conyugal con un: “El matrimonio es una farsa. Tiene cambios de humor tipo Jekyll y Hyde. Está tomando mucha cocaína y éxtasis”.
Los rumores de que Carolyn era adicta a las drogas, sobre todo a la cocaína, eran persistentes ya en aquel momento. En 1998, meses antes de que se estrenase la serie Sexo en Nueva York, Candance Bushnell publicó un artículo en la revista Manhattan file titulado “Spoiled in the city” ("Mimada en Nueva York"). Iba a ser el primero de una serie llamada “Diario de una zorra” que probablemente por el vitriolo destilado en esta entrega no tuvo continuación. El subtítulo dejaba poco lugar a la imaginación: “Se casó con el soltero más codiciado del mundo y heredó más de lo que esperaba: un marido sin reformar, una conspiración de los paparazzi y el feo hábito de ingerir pastillas. ¿Hay algo podrido en el Soho? Presentamos los diarios de CKB”. A continuación, el texto escrito en primera persona describía a una villana obsesionada con las marcas de lujo que es cruel con todo el que se cruza, finge un embarazo para retener a su marido probablemente infiel, utiliza el llanto como arma e ingiere Xanax para controlar su peso y su ansiedad.
En este tema las fuentes difieren de forma radical. En Sons of Camelot, Laurence Leamer sentencia: “John deseaba mucho tener hijos. Carolyn se negaba; no traería un niño a este mundo cruel. Su terapeuta le recetó antidepresivos que tomaba junto con cocaína”. En el libro de Beller varios amigos de Carolyn niegan que Carolyn tomase drogas de forma habitual —más allá de en alguna ocasión festiva, igual que era sabido que John había consumido marihuana— y, desde luego, rechazan cualquier posibilidad de que fuese adicta a la cocaína. RoseMarie Terenzio escribe en Fairy Tale Interrupted: A Memoir of Life, Love, and Loss: “Carolyn bebía vodka y vino blanco. Sé que ella y John consumían cocaína con sus amigos de vez en cuando. Pero nunca la vi consumir drogas, ni la vi borracha”. Michael Bergin de hecho esgrime que uno de los motivos para escribir su libro es desmentir las versiones que la pintaban como una “cokehead”. “Era todo autocontrol. ¿Realmente tiene sentido que se arriesgara así?”.
A la vez, todos reconocen que para 1998 Carolyn “estaba desmoronándose” y vivía una grave crisis. Las peleas en el matrimonio eran constantes; no ayudaba que la revista George estuviese pasando por dificultades económicas y que John trabajase y viajase constantemente. La narrativa que se iba imponiendo presentaba a Carolyn como una mujer problemática y amargada que había dejado de acostarse con su marido. Sasha Chermayeff pinta un panorama en el que todos salen mal parados, menos John: “Me da pena la cultura de las drogas en Estados Unidos, que obliga a todo el mundo a tomar antidepresivos sin decirles que su libido se verá afectada. Que les dan pastillas sin decirles que su sentido del olfato cambiará por completo y que podrían sentirse atraídos por otras personas de forma diferente. Me da pena toda esta cultura de la terapia que nos dice que debemos ir a psicólogos que nos dicen que el mundo gira en torno a nosotros mismos. John estaba en una situación muy distinta, esperando a ver si esa hermosa joven con tanto potencial podía ir a su ritmo. Estaba en plena crisis, estresado. Quería a alguien con quien sentirse seguro. No quería a alguien que lo acosara y le contara sin parar sus problemas, que en realidad eran casi infantiles. Necesitaba a alguien maduro”.
Billy Noonan, amigo cercano de John, recogería la conversación que tuvo con él en una ocasión: “Carolyn estaba mejor, me dijo en voz baja. Estaba en psicoanálisis intensivo: cinco días a la semana, además de medicación para la depresión. Había dejado las drogas recreativas y ya no había explosiones; estaban solucionando sus problemas. Pero había algo sombrío en su tono”. Robbie Littell también recoge la versión de John: “Se sentía atrapado por no poder resolver los problemas de Carolyn, aunque tenía que convivir con ellos. Hablamos mucho de esto durante el segundo año de su matrimonio. Odiaba lo absurdo de la situación: en su opinión, lo tenían todo. Había tantas razones para ser felices. Pero también sabía que los mecanismos de defensa de Carolyn se habían visto sobrepasados”. El escritor George Plimpton, amigo de la familia, lo expresaba de esta manera: “El temor de Carolyn a los medios y a las multitudes influyó en su deseo de tener hijos. Por eso le recomendé a John que la llevara a un psiquiatra. ¿Acaso hay alguien en Nueva York que no haya ido a terapia alguna vez? John fue al mismo psiquiatra que yo había visto durante un tiempo. Carolyn empezó la terapia en el verano de 1997 y la continuó durante dos años, hasta el final de su vida. El psiquiatra le recetó antidepresivos. En realidad, no estaba deprimida. Creo que lo que la entristecía era la sensación de estar decepcionando a John”.
Para principios de 1999, Carolyn dormía en muchas ocasiones en casa de su hermana Lauren, una brillante analista de Morgan Stanley. No era la única que abandonaba el hogar ante una fricción: John también se iba de casa cuando se peleaban, habitualmente para instalarse en el hotel Stanhope. Y allí no estaba solo, se encontraba con su antigua amante, la modelo Julie Baker. Después de haber salido a principios de los 90 y de combinarla por etapas con Daryl y con Carolyn, Julie y John habían mantenido una amistad. En algún momento de 1999 esa relación volvió a ser un affaire. “John y yo teníamos una amistad sencilla y sin complicaciones”, diría ella muchos años después. “Teníamos un vínculo muy especial que, con el paso de los años, se fue fortaleciendo. Creo que sabíamos que siempre podríamos contar el uno con el otro”. La última noche de su vida, John la pasó con Julie Baker en la habitación 1511 del hotel Stanhope.
El viernes 16 de julio de 1999, John y Carolyn discutieron porque ella no quería ir a la boda de Rory Kennedy, prima de él, con Mark Bailey. El evento iba a celebrarse al día siguiente en Hyannis Port y estaba previsto que acudiesen 300 invitados. Según RoseMarie Terenzio, Carolyn lloraba de agotamiento, harta del constante trajín, pero tras una conversación con John, decidió que iría y se fue a comprar un vestido. En Saks Fifth Avenue adquirió un vestido negro de Yves Saint Laurent por 1640 dólares. John pasó el día en la oficina, gestionando posibles socios inversores para salvar George y planeando poner a Rob Lowe en la portada de la revista. Al hablar con un amigo por teléfono, le comentó: “La hermana de Carolyn, Lauren, decidió venir. Va a Martha's Vineyard. Así que, en lugar de ir directamente, la dejaremos allí”. John pasó la tarde en el gimnasio, entrenando para recuperar su reciente lesión de tobillo. Había tenido un pequeño accidente saltando en paracaídas y acababan de quitarle la escayola. Todavía cojeaba. Volvió a la oficina y a las seis y media recogió a su cuñada Lauren, que le esperaba en el vestíbulo del edificio. Aprovechó para enseñarle las oficinas de George, y Lauren se quedó con un libro, las memorias de John McCain, mientras que John elegía las de Stephen Fry.
Llegaron al aeropuerto del condado de Essex, en Nueva Jersey, a las ocho de la tarde. El empleado de la gasolinera Carolyn llegó en otro coche pocos minutos después. Carolyn llamó a Carole Radziwill para avisarla de que llegarían tarde y la llamaría al día siguiente. Su marido, Anthony, estaba muy enfermo de cáncer. Hacía un año que John se había sacado la licencia para pilotar avionetas. El plan era volar sobre Rhode Island y el Atlántico hasta llegar a Martha’s Vineyard, dejar allí a Lauren y continuar hasta Hyannis Port. El Piper Saratoga despegó a las 20:38, pero nunca aterrizó. En algún momento alrededor de las 21:45 se precipitó en el mar. La explicación posterior estableció que John carecía del entrenamiento y la experiencia como para volar de noche, cuando era muy sencillo desorientarse y ser incapaz de seguir los instrumentos del avión. El shock de la familia y del mundo entero fue gigantesco. Por si faltaban elementos para alimentar “la maldición de los Kennedy”, ahí estaba la muerte accidental, absurda e inimaginable, del príncipe heredero, su esposa y su cuñada. Por supuesto, la boda de Rory se pospuso; la pareja terminó casándose el 4 de agosto en una ceremonia privada en Grecia. El presidente Clinton se encargó de supervisar la búsqueda de sus cuerpos; el 19 de julio se recuperaron los cadáveres, aún con los cinturones de seguridad puestos, entre los restos del avión en el fondo del océano.
El testamento de John estipulaba que todas sus propiedades debían ser para su esposa y, en caso de no sobrevivirle ella, para su hermana, Caroline. Así, la familia Bessette no recibía nada. Ann Messina Freeman, la madre de Carolyn y de Lauren (siempre olvidada), comenzó un litigio contra los Kennedy con el objetivo de probar que había sido su yerno fallecido el responsable del accidente. También acusaban al poderoso aparato propagandístico de los Kennedy de difundir esa visión de Carolyn como agresiva y cocainómana. Incluso había teorías que le echaban la culpa a ella de que el vuelo fuese de noche porque se había entretenido demasiado en el salón de manicura. No llegó a haber juicio. Se estima que los Kennedy le pagaron unos 15 millones de dólares vía acuerdo extrajudicial. Ann nunca se recuperó de la tragedia y falleció en 2007. Lisa, la gemela de Lauren, se trasladó con su marido a Europa para huir del foco mediático.
Anthony Radziwill, albacea del testamento de John, murió de cáncer menos de un mes después del accidente. Su viuda, Carole, acabaría siendo una de las estrellas del reality The Real Housewives of New York City. La revista George no sobrevivió a su fundador y dejó de editarse en 2001. Michael Bergin no acudió al servicio conmemorativo al que asegura que estaba invitado. “Nunca tuve la oportunidad de despedirme. Simplemente bloqueé esa parte de mí y la alejé”, declararía. Michael está casado desde 2003, tiene dos hijos y se ha reconvertido en agente inmobiliario en Los Ángeles. Friday, el perro de la pareja, y Ruby, la gata de Carolyn, fueron adoptados por Efigenio Pinheiro, el antiguo asistente portugués de Jackie O.
En su discurso del funeral, Ted Kennedy dijo sobre su sobrino: “Durante mil días, fue un marido que adoró a la esposa que se convirtió en su alma gemela perfecta. El padre de John nos enseñó a todos a alcanzar la luna y las estrellas. John lo hizo así en todo, y encontró su estrella brillante cuando se casó con Carolyn Bessette”. La leyenda de la pareja perfecta comenzaba a superponerse así sobre la de la pareja en desintegración, al borde del divorcio. Todavía hoy amigos y conocidos elucubran sobre qué habría sido de John y Carolyn si no hubiesen fallecido; algunos apuntan a que se habrían separado poco después; otros, a que habrían solucionado sus diferencias y seguirían juntos. Lo cierto es que ni siquiera muertos encontraron paz. Eran y son demasiado valiosos, y simbolizan demasiadas cosas: son la constatación de que Camelot es un mito, una fantasía, una mentira, que la realidad es mucho más cruda y jamás resiste cuando se observa de cerca. Y, pese a todo lo que sabemos, a la certeza de que la historia fue mucho más oscura y triste, John y Carolyn están rodeados por tal aura de carisma y belleza que mantienen incólume su poder de hacernos soñar.












