En junio de 2026 hubo una conjunción de al menos tres cuerpos celestes en la capital española. Dos de ellos (el papa León XIV y Bad Bunny) paralizaron casi por completo la ciudad, suspendiendo su tránsito habitual y subvirtiendo el espacio público y sus usos. El otro vértice no necesitó hacerlo. Pero colapsó, eso sí, al menos una librería: La Mistral, acaso la más argentina de Madrid.
La escritora y actriz argentina Camila Sosa Villada (Córdoba, Argentina, 1982) no se esconde detrás de sus voluminosas gafas de sol de montura selvática pese a no quitárselas en ningún momento. En el aséptico lobby de hotel en el que nos encontramos, su presencia lo refracta todo a su alrededor. Controla la escena y el atrezzo, fulmina a los figurantes que se salen del tiesto (en un momento dado, los asistentes a un ciclo de conferencias médicas montan tal algarabía que los sisea y grita con autoridad) y envuelve con su prosa oral, un hechizo protector de bordes cortantes. “¿Estás grabando? Porque si no le has dado, ya tenías que estar grabando”, comanda con cierta dulzura, nada más empezar a hablar sin que aún acertase a formularle una pregunta.
Seis años después de publicar en España Las malas, la novela que la catapultó al panteón de las grandes escritoras de habla hispana, Sosa Villada vuelve a un país que siempre se rinde a sus pies (¿acaso alguno no lo hace?) con una flamante edición de Libros del Zorro Rojo ilustrada por Sonia Pulido bajo el brazo. “He de reconocer que cuando me mandaron la maqueta de las ilustraciones no me gustó ni un poco”, rememora sobre la previsualización de las páginas que recibió en el móvil. “Luego me mandaron el libro a casa y al tenerlo así entre las manos [lo sostiene con ambas] lo primero que vi fue que ella [la figura en primer plano] se parecía a mí, su nariz, sus cejas, lo metálico de los zapatos. Luego lo abrí y pensé ‘efectivamente, el libro sigue siendo un artefacto perfecto. Esto es perfecto’. Pero imagínate verlo en un celular. ¿Qué vas a ver así? ¿Qué vas a ver? Mirá esas fases de la luna, mirá esos ojos que te miran, esa boca abierta, esa garganta”, recita, entusiasmada, deteniéndose en cada ilustración. No resulta poco habitual que sus frases acaben en el punto contrario del espectro en el que parecen empezar sus pasos. Parece disfrutar con esa danza que mantiene alerta al interlocutor.
Ya han pasado siete años desde la publicación de Las malas, un año menos desde que llegó a España. ¿Qué piensa ahora del libro?
¿Sabes que soy un poco injusta con él? Siempre estoy tratando de demostrar que soy mejor escritora que eso, que no estaba escribiendo mis memorias ni mi autobiografía, que no me estaba aprovechando de mí misma, pero porque primero hay una cuestión de que nunca voy a dar el brazo a torcer a otro. Es decir, amo tener razón. Hay algo del orden de… verás, la gente necesita que las travestis sufran como en Las malas y eso es una tortura para mí porque nunca voy a poder salir de ahí. Ya me había pasado con Carnes tolendas, que fue la primera obra de teatro que yo hice y era tremendamente dolorosa. Yo lloraba mucho. Era una tragedia. Nuestro profesor de teatro, que era además asesor de la obra, decía que “lo trágico es lo inevitable, no la muerte, sino lo inevitable de un destino”. Entonces, hasta que la gente se olvidó de ese gran debut —no fue un gran debut en realidad, pero a la vez sí lo fue porque yo ya tenía dos libros antes publicados, El viaje inútil y La novia de Sandro— me di cuenta de que ellos necesitan que yo hable sobre ese dolor y que no pueda hacer otras cosas. Por eso siempre digo: "No, tengo libros mejores".
Pero además no solo hay dolor aquí.
¡No! Sí, o sea, por ejemplo, hice una entrevista para Carne Cruda y mostraban un capítulo que decía aquello de que las travestis trepaban desde el infierno del que nadie escribe para devolver la primavera al mundo. Y yo pensé “Ay, hija, pero qué bien que lo has escrito”. Y hay otra que dice, "El lenguaje es mío. Es mi derecho, me corresponde una parte de él. Vino a mí, yo no lo busqué, por lo tanto, es mío. Me lo heredó mi madre, lo despilfarró mi padre”... está bien escrito. Está bien escrito. Pero como la anécdota importa más que la música…
¿Tan alargada es la sombra? ¿Cree que todavía seguimos en Las malas?
Me siguen hablando de lo mismo. Yo creo que sí. También podrían aceptar que yo no soy tan buena o que no voy a volver a escribir una novela así y punto [ríe a mandíbula batiente]. Y dejarme tranquila. Y yo me retiro en silencio, no hago ruido.
O podrían darle de una vez su valor al cuento, su colección de relatos Soy una tonta por quererte también es fantástica.
Verás, mi editora de Portugal, la de Tesis sobre una domesticación y El viaje inútil, dice [en inglés e imitando una voz rasgada y estridente] “¡Me encanta este libro! Es maravilloso. Es mejor que As malditas”. Y yo pensé “ay, claro, al fin alguien que entiende por dónde va". Me parece que el trabajo de un editor es ser como una especie de profeta que ve hacia dónde irá ese escritor. Y tienen además tanto con que lidiar, con esas sustancias tan inestables que somos los escritores, que son las palabras, los textos, que posiblemente en el camino se pierden y no saben hacia dónde una va. Y por eso hay tantos escritores desatendidos, desamorados, sin cariño, etcétera, porque claro, se supone que un editor se sienta con su autor y dice “así, mirá, me parece que vos tenés que ir hacia acá”.
Y esta editora en Portugal entendió que Las malas es casi un perdón, es como decir… es lo que no cuenta, Las malas. ¿Me entendés? ¿Qué, me voy a poner ahora a escribir Las malas B-Side, Las malas 2 para decirles “no, en realidad esto es así”? Porque además estuvo editado, y eso es fuertísimo… a mí mis libros me los edita una mujer. Pero este libro me lo editó Juan Forn, que era un galán, un hetero y un clase media. Me acuerdo que con las contratapas, él quería que dijeran otra cosa y él me protestaba con "pero vos estás militando” y yo le respondía “¿Y qué quieres que le haga? Es el único lugar donde lo puedo hacer, ¿dónde quieres que lo haga si no es en una contratapa de Tusquets?”
Y era todo un rollo, tanto las cosas que dejaba como las que ponía en el libro, de lo que me pedía más y de lo que me pedía menos. Y yo sentía esa domesticación. Por eso Tesis sobre una domesticación es una contestación a Las malas. Una en la que yo estoy diciendo, acá hubo algo, acá pasó algo. Y como es química, yo tengo ganas de hacer así [gesticula] en un laboratorio que explote todo adentro. Y eso ya no es anecdótico, sino lo que vos hacés con el lenguaje.
En Las malas me dominaba la historia. En Tesis era otra cosa la que me dominaba, que era hacer que esa frase sea lo más limpia, lo más precisa, lo más perfecta posible y la siguiente también. Era atender a los elementos de una fórmula. No en el sentido de decir “así va a ser una crema depilatoria, así un champú o un suflé”. No. Solo eran los ingredientes. Y la anécdota apareció porque siempre aparece la anécdota. En cambio, en Las malas es tan fuerte la historia, lo que cuenta, que desatiende a esas otras cosas.
He de decirle que en esta relectura de Las malas me ha parecido mucho más coral que la primera vez.
No es tan yoica como dicen.
No me ha parecido nada “yoica”, la verdad.
No es autoficción. Ay, qué estúpidos, qué bronca tengo con eso. Aparte, qué neologismo espantoso “autoficción”, es un asco. Es una manera de decir, “mirá, esta escribe menos. Esta escribe poco”. Ay, yo he leído cada libro escrito por hombre que yo digo "sácate una foto, mejor sácate una selfie, qué horror ha de ser vivir contigo". Ay, no, no, no. Y así fue y mira, desde que salió todavía me siguen haciendo las mismas preguntas. Que si la familia elegida, que si el horror y la belleza. ”Cómo es posible que el horror y la belleza blablabla”… ¿pero esta gente en qué coño de mundo vive? ¿Qué les rodea? Y con el dolor, y que si ahora me llevo bien con mis padres…
Qué obsesión hay con los padres de las personas trans, ¿verdad?
¿A vos también te preguntan lo mismo? ¿Y qué dices tú?
A veces directamente miento, me invento algo, ya estoy harto de repetir la misma historia.
Yo digo “mira, yo sospecho directamente de las personas que se llevan bien con sus padres” [carcajadas]. Mirá, yo elegí precisamente mi departamento para que estén cómodos cuando vengan de visita. Tienen un balcón gigante que mira al oeste, se ven las sierras, es decir, pueden vigilar su casa si quieren [ríe]. Y mi papá no quiere estar en mi casa, se siente asfixiado. Así que encontramos un hotel a la vuelta de mi casa, un cuatro estrellas con unos cuartos increíbles, con un desayuno increíble. Entonces por la mañana me levanto, me voy a desayunar con ellos, después yo vuelvo al departamento, trabajo un rato, al mediodía los paso a buscar, vamos a comer o comemos en mi casa, nos volvemos a separar, a la noche nos volvemos a ver y así distribuimos nuestras dosis de convivencia para estar bien. Ahora que puedo, los agasajo.
A mitad de conversación, nos interrumpe una algarabía de asistentes a una conferencia. “¿Pero esta gente quién son? Qué pesados [imita la cadencia estadounidense]. Mirá, el vestido de ella es bueno, ¿eh? A mí me gusta el vestido, pero hay que ponerse antiyanqui”, espeta, rotunda. Una de cal y otra de arena. “¡A mí me hablas en español!”, bromea en perfecto acento castellano.
Es usted de las pocas a las que les sale bien ese acento al forzarlo.
Pero es porque más que imitarlo se me pega. Hay quien no lo pierde, pero a mí el acento cordobés me vuelve al estar allá. Pero además me encanta el acento español, el castellano, o el andalú, que tiene algo… por ejemplo, la poesía de Lorca nosotros la voseamos y nos suena mal, y hay toda una forma de acentuar y conjugar que hace que para nosotros que no sé, si me decís “¿Queréis acostaros conmigo? Ahora soy yo la que quiere acostarse con vosotros” [voz castellana radiofónica]. Mirá, yo hace unos años hice una obra muy bonita sobre Frida Kahlo, la obra con la que más plata hice, y lo primero que dije fue, "Bueno, tengo que hablar como mexicana, no puedo hablar como argentina porque esto va a quedar espantoso". Entonces, desde que yo decidí hacerla en 2009 hasta que finalmente la hice en 2015, yo consumí muchísimo cine mexicano. Todas las novelas que caían a mis manos, así que también tiene algo de artificial el acento cuando me escuchan… que es lo mismo que me pasa con España, con Almodóvar; todo es como de tercera mano, no de segunda. Este acento no se adquiere hablando con los otros, sino que es lo que te hace el cine.
Ahora que menciona el cine, Las malas también me ha parecido ahora mucho más cinematográfico que entonces. Más El crepúsculo de los dioses.
Porque la influencia siempre es del cine. Yo soy después del cine. No sé cómo fueron los escritores antes, pero el cine alimentó mi podredumbre. Me dio de comer imágenes.
Y la manera de poner la cámara que tuvieron esos cineastas que yo vi, las imágenes que me quedaron grabadas de algunas películas, los diálogos que recuerdo de algunas películas son ahora mi escritura. Como yo, que soy mestiza, mi escritura no es puramente literaria. También tengo incorporado el lenguaje del teatro, también es teatral y está escrita para decirse. Por supuesto que te va a parecer cinematográfica. Yo digo “acá vemos esto, acá vemos esto otro, esto es lo que pasa, estoy en tal lugar”, y en el texto toda la descripción de la escena, de los ruidos que se escuchan, como si fuera un guion cinematográfico. Y eso es porque mi escritura es también hija del cine y del teatro, por supuesto, como de escribir guiones.
Además de protagonizarla, usted coescribió el guion de la adaptación cinematográfica de Tesis sobre una domesticación.
Sí, con Javier van de Couter, el director, y con Laura Huberman, la productora. Yo igual renuncié, o sea, que se quedaron sin final, tuvieron que inventar uno con lo que habían filmado.
Fue “la mala”.
[Ríe a carcajadas] Estaba diabólica, no los aguantaba más. El final era otro.
Ni con ese coprotagonista tan guapo.
Ni un hombre valió, y mirá que los hombres por lo general me hacen tomar las decisiones equivocadas. Pero ni él. Ni Poncho [Alfonso Herrera]. Yo no sé si la escena que ellos habían puesto la habían robado de un cuento porque no era el final de la novela [SPOILER DE TESIS Y DE LAS MALAS], es decir, no admitían que ella se suicidara. Y los argumentos eran tan estúpidos además… fíjate que son los mismos finales, en Las malas también la protagonista se quita la vida. Pero ellos no querían que se quitara la vida la actriz y habían decidido hacer un final muy artístico en el que la actriz provocaba al toro para que la matara. Y ese es un cuento de Clarice Lispector. Yo nunca supe si ellos lo habían robado de ahí o no, pero la propuesta me parecía aterradora.
Yo dije, “Yo ya con todo lo que sufrí, no voy a no me voy a poner desnuda en mayo y a finales de otoño, porque me hacen unos fríos bajo cero. Yo tenía que estar desnuda, ensangrentada, provocando a un toro de verdad. Y dije “a mí me disculpan, pero no voy a sacrificarme, ya es único que me faltaba. No, me quieren matar. Me quieren matar. Me voy”. Tenía una especie de diagnóstico que decía “se aconseja a la paciente desvincularse inmediatamente del proyecto" porque ya había empezado a tener ataques de pánico, era tremendo lo que me pasaba.
¿Y con la adaptación de Las malas [producida por Javier Ambrossi y Javier Calvo]?
No sé si puedo hablar de esto porque tengo un bozal legal [ríe].
Esto puede ser off the record, si quiere.
¡No, no, no, de ninguna manera, on the record! Con Las malas dije: "no, no voy a volver a hacer esto". Y después apareció la posibilidad de que hiciera un personaje, no sé qué pasó con él… pero sí leí el guión, leí la primera versión del guión y di algunas ideas, tiré bastantes ideas sobre ese personaje en particular. También intenté de que no fueran transfóbicos por ser correctos, es decir, que no les perdonaran nada. [SPOILER] Que no le perdonen que ella se suicide con su hijo. No perdonen que sean malas, que sean agresivas, que sean dañinas…si no hablamos de la crueldad de las travestis también vamos a quedar como una mentira. Yo no tengo ganas de ser solo una persona sufriente. Tengo ganas de ser mala también. Bueno, el libro se llama Las malas, no se llama Las buenas. Ya la están filmando y veremos qué sale.
¿Tuvo algo que ver en el casting? Aparece Karla Sofía Gascón.
No, no, para nada. Bueno, en realidad sí, con una sola cosa que no puedo decir pero que a mí me da mucha alegría, pero sobre el resto nada. Nada de nada.
A mí me da alegría que esté la actriz Romina Escobar, a la cual conocí a través de otra amiga suya, Valeria Vegas.
Sí, la Romy es una hermana. Ay, justo anoche estuve con Valeria. Cenamos con la Topi [Topacio, de La Fresh Gallery]. Por supuesto, fue un evento de críticas, un aquelarre. Y la Topacio dijo en un momento algo de la importancia de la vida del oruga, con respecto a cómo vemos las más viejas (en edad travesti, las tres lo somos) a las más jóvenes, ella decía, que hay las que son inmediatamente mariposas. Eran como hadas, ¿viste? Son como unas cosas bellísimas. Lanzadas al mundo siendo otras… como toda mariposa, duran un día. Y las orugas tienen una vida larguísima. Y puedes vivir toda tu vida siendo una oruga y no desear ese volar hacia la llama. Las orugas podemos estar colgadas de un árbol toda la vida, si queremos.
Así que se considera una oruga.
Sí, yo me considero una oruga [sonríe]. Me encanta serlo, estoy así en mi crisálida todavía [se acurruca en el asiento]. Porque aparte, la transición es una cosa como muy para los otros, ¿no? Es como si no existiese el medio. Dicen, “ay, claro, dejó de ser hombre y ahora es mujer”. Aaay, cariño, no.
Es una oruga que, a diferencia de estas amigas, presume de soltería.
Qué lindo es cuando no te gusta nadie y no andas desesperada esperando un mensaje [ríe]. Hay algo que es que no existe además, porque como es algo que nunca se precisa, que no se coge, no se besa, no se no se duerme juntos, no se vive juntos, no se cocina juntos, no pasa algo juntos, solo es ese coqueteo, que… ay, eso es lo más lindo que hay.
Siendo pública yo ya hice mi epitafio. Es decir, yo quiero que hablen así de mí cuando me muera. No quiero que hablen de otra forma. Quiero que me recuerden así, como que a mí el amor me repelía. Yo prefiero estar sola. Por supuesto, que lo prefiera no significa que lo tolere ni que lo quiera siquiera, hay momentos en los que… por ejemplo, cuando uno enferma, como yo al ver a mis padres enfermos, en los que yo decía “claro, para esto se inventan los amores, para que cuando vos estás en una situación así vuelvas a casa y a alguien te esté haciendo un huevo revuelto, por lo menos". Y que te digan: "Tranquila, querida, hoy te ayudo yo, vení a dormir”. Listo. Y punto.
Pero a la vez, estando sola, siempre que he estado en una situación muy dolorosa en la que era o la posición fetal en la vereda y llorar en el medio del centro comercial o aullar, yo siempre he tenido la opción de llamar a algún amante y decirle “esta noche necesito que me hagan el amor”. Entonces viene y lo único que hace es hacer el amor y en algún momento de la noche me dice, "¿Ya estás bien?" y yo digo “sí”. Y se va. Este es mi epitafio [da una palmada].
Perfecto.
¿Sabés de quién lo aprendí? De Carmen Maura. De ella abusó un militar que decía ser fan suyo. Ella llamó a un amigo para que le hiciera el amor después para olvidarse de lo que le había hecho el tío. Y eso lo usé además en Soy una tonta por quererte, donde Billy Holiday termina cogiéndose a su amiga para olvidarse de lo que le había hecho el tipo este. Y bueno, qué salida maestra la suya. Para mí Carmen Maura es… una aprendió a ser mujer con Carmen Maura, con Victoria Abril, con Marisa Paredes y con Verónica Forqué. Con esas cuatro minas una hizo una mujer.
Vi una entrevista a Victoria Abril en El perro verde con Jesús Quintero en la que dice, “Yo me pongo ya… y me desnudo así y entonces ya está listo todo el mundo”. Y me acuerdo que cuando filmábamos Tesis había una figura espantosa de los yanquis, porque claro, como los actores no saben acercarse a una mujer más que violándola, no querían tener ningún tipo de problema de que yo diga, ”no, a tal se le fue la mano" o por ellos, capaz que era más por ellos que por mí [ríe a carcajadas]. Y habían puesto una coordinadora de intimidad, que es una mina que en las escenas más calientes todo el tiempo está diciendo, "No, no, sacale la mano de ahí porque eso no se lo puedes tocar, esa es una zona roja, o una zona amarilla”. Pero eso lo tenías que consensuar con ella, no con el actor. Entonces, cada vez que había una escena de desnudo hablaban de “la genitalidad de Camila” y hacían esto [se señala la entrepierna]. Y yo decía, “hiiijo de la gran puta”.
Y llegó un momento en que dije “No, bueno, basta. Están haciendo una película sobre una travesti, una película erótica. Se bancan que me pasee en pelotas por todo eso”. Y yo me desnudé y se tuvieron que aguantar. Y yo pensaba en la entrevista de la Victoria.
Cuénteme más de ese santoral suyo. Ya hemos nombrado a unas cuantas actrices, pero ¿quién más está?
Billie Holiday, Nina Simone, Jessica Lange, Carson McCullers, todas las mujeres de mi familia, mis tías, todas. Mis amigas. Tengo la suerte de tener muy buenas amigas, muy buenas. También tuve la suerte de tener muy buenos amigos que no lo son ya. Pero no puedo decir nada… dejamos de gustarnos, dejamos de querernos. A veces pienso que podría seguir viéndolos, pero tampoco sé con qué propósito dos examigos se juntarían a hacer algo. Siempre fueron impecables y mejores que yo. Siempre me trajeron algo mejor a mí. Me enseñaron algo muy importante y los que quedaron, las que quedaron, las que somos, los que somos ahora son un altar vivo. Mis perros, los perros que tuve. Algún amor también. Menudo tiene que ser un para que esté en un santoral. Pero sí, bueno, y ¿qué sé yo? Lisa Simpson.
¿Lisa Simpson?
Lisa Simpson está en el santoral pero de acá a la China. ¿Viste a esa criatura que siempre está diciéndote “el mundo es por otro lado”? [con voz estridente] Perdona, estoy muy tomada por Blanche Dubois [de Un tranvía llamado deseo], como voy a hacer la obra… y hay un momento en el que le dice a la hermana, a Stella, “se escribieron sinfonías, se escribieron poemas… ¡no te quedes con los brutos!", le dice así. Y yo digo que Lisa era como ese personaje, es como Clarice Starling [de El silencio de los corderos], ¿ves? Otra que está en un santoral. Clarice Starling es ese tipo de chica de pueblo como Lisa, como yo y como tantas otras, que la única alternativa que teníamos era hacerlo bien. Que no teníamos posibilidad de equivocarnos, porque si nos equivocábamos, nos mataban. O te devoraba la ignorancia, te devoraban los brutos.
Entonces, Lisa, para muchas de nuestra generación, que nos criamos viéndola, fue un referente frente a la brutalidad de Homero, frente a la cosa existencialista que tiene Marge, ella es una criatura preciosa, adorable… hay un capítulo en tiene una crisis con que es fea y no sé qué y las tías le dicen "ser horrible es fantástico” y hasta le hacen una canción. Ellas son dos que no le rompen los huevos a nadie y nadie les rompe los huevos a ellas. Ay, no, no, son hermosas. Y ese es mi santoral.
No puedo evitar retomar, precisamente ahora que se nos acaba el tiempo, esa idea del suicidio, esa especial familiaridad con él que tenemos las personas trans, y muy en especial las travestis. Posiblemente otra aproximación, también. Y, al otro extremo, ese miedo a mirarlo de cara, o incluso esa pretensión de censura.
Roberto Juarroz tiene un poema que termina así: “Por eso, si te preguntan por el mundo, responde simplemente: alguien está muriendo”. La población trans lo único que hace es lidiar con algo que es sagrado y con algo que no es terrible, además, que es morir.
Lo más importante de esto, más que quedarse en las estadísticas de cuánta gente muere, en cuál es nuestra expectativa de vida, etcétera, es volvernos a conectar con lo divino. Yo estoy en un momento en el que la muerte se ha vuelto algo real. Antes yo vi morir a las travestis, las veía morir de sida además, que es la peor muerte que existe, casi se mueren mis padres y de repente… [pausa]. El dolor es una forma también de desatender, la tristeza es una forma de desatender algo que hay que hacer. Es decir, las mujeres que saben ocuparse de los muertos —además, no por nada son mujeres— saben que hay cosas que los vivos tienen que hacer.
Así que lo más importante de nuestras muertes, de nuestras muertas, de los que dejamos a atrás (lamentablemente nosotros nos quedamos de este lado), es volver a estar con lo divino y volver a entender que ellos van a seguir acá con nosotros, que no se fueron, que hay que hablar con ellos, que hay que contarles cosas, que hay que ocuparse de sus flores, que los mexicanos en eso tienen un arte como nunca vi… ay, me acordé de Noemí Argüelles “mismo día, mismo entierro, unas caras hasta aquí de largas. Porque la muerte duele” [ríe]. Pero por más que te duela alojar ese dolor, entendé que hay algo todavía mejor. De nuevo: No hay que quedarse con los brutos.




