RAFAEL A. TORRECH SAN INOCENCIO
Con los más de $1,500 millones anuales que recibimos en asistencia federal para alimentos podríamos desarrollar una industria alimentaria autosuficiente en Puerto Rico. Particularmente cuando la crisis mundial ha disparado tanto los precios, que los alimentos locales emergen como una alternativa cada vez más competitiva tanto en precios, acceso, calidad y frescura contra las exportaciones que invaden nuestros comercios.
Sin embargo, estas ayudas federales se diluyen en alimentos exportados, que representan el 85% de lo que consumimos. Gran parte de los $8,500 millones que gastamos anualmente en alimentos –el 14% del ingreso de la familia puertorriqueña- se van en productos del exterior cada vez más caros, de dudosa calidad y que, a menudo, se nos ofrecen como frescos pese a llevar semanas de tránsito entre sus lugares de origen y la mesa del puertorriqueño. Ello, abonado a los prejuicios coloniales que subordinan negativamente los productos locales, está llevando a Puerto Rico a una bancarrota alimentaria.
Pero la crisis alimentaria mundial es una excelente ocasión para lograr un mayor grado de autosuficiencia alimentaria en Puerto Rico. Un inmenso mercado cautivo, donde una quinta parte del consumo es subsidiado por el Gobierno federal, puede activar la capacidad productiva alimentaria local, fortalecida por nuevas tecnologías que simplifican la producción, la hacen viable en entornos urbanos, reducen sus costos de acopio y transportación y producen cosechas eco-agrícolas y orgánicas que promueven una mejor salud.
La crisis alimentaria mundial es un problema real y urgente para Puerto Rico. Los distribuidores de alimentos, cómplices de la inundación de alimentos extranjeros, ahora reclaman al Gobierno acción para procurar alimentos más accesibles al bolsillo puertorriqueño. Pero la solución no es subvencionar los alimentos del extranjero. El Gobierno local no puede resolver el alto costo energético de la transportación foránea de alimentos, el cambio climático global que reduce las áreas productivas a través del planeta y la continua espiral en los precios mundiales de los alimentos, que aumentaron un 29 por ciento el año pasado solamente, con augurios peores para los años por venir.
Los municipios pueden ser actores principales en la revitalización de la producción local alimentaria, que apenas alcanza hoy un 1 por ciento del producto nacional. Por ejemplo, el municipio de Caguas ha comenzado la implantación de programas de incentivación microempresarial y eco-agrícola en sus comunidades, la creación de centros regionales de acopio y procesamiento de productos agrícolas y la incubación de empresas de empaque, distribución y mercadeo de alimentos para mercados locales de consumo de alimentos. Es una iniciativa prometedora, que aparte de atender la autosuficiencia alimentaria, también incide en la promoción de la salud y el desarrollo económico y de empleos.
La crisis también plantea una gran oportunidad para las organizaciones comunitarias. Sus loables iniciativas de empresariado social de bienes de consumo no son viables en un país en contracción adquisitiva, pero sí lo son las empresas comunitarias de producción alimentaria esencial, dirigidas a mercados de consumo asegurado.
El empresariado comunitario debe aplicar nuevas tecnologías para maximizar las tierras agrícolas que nos quedan, maximizar los incentivos disponibles, promover núcleos productivos y huertos urbanos de producción orgánica y proveer opciones de empleos e ingreso colateral al 60 por ciento de los puertorriqueños actualmente fuera de la fuerza laboral convencional.
La crisis mundial de alimentos es una oportunidad liberadora para romper con la dependencia y para lograr una mayor autosuficiencia alimentaria local. La aplicación solidaria de la inventiva, de la tecnología, de la movilización comunitaria -con el apoyo comprometido del Gobierno y el sector privado mediante canales locales de acopio, procesamiento, distribución y mercadeo- pueden derivar en alimentos localmente producidos de alta calidad, de precio competitivo y de impacto económico multiplicador. Porque la verdadera y más urgente autosuficiencia es la gestión de los alimentos esenciales que necesitamos para sobrevivir.