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DECLARACIÓN POLÍTICA DEL PRESIDENTE DEL CONSEJO
DE ESTADO DE LA REPÚBLICA DE CUBA
Mi
renuencia a presentar las pruebas de lo ocurrido en Monterrey,
que me obligó a retirarme el mismo día de mi discurso
en la Cumbre, se debía a que el señor Castañeda
había arrastrado en su descocada aventura al presidente
Vicente Fox. No podía revelarlas sin implicar al propio
Jefe de Estado mexicano.
La
actual conspiración contra Cuba en Ginebra había
sido urdida por el señor Castañeda en Washington.
El gobierno checo estaba ya hastiado de su costoso y desacreditante
papel mercenario. El gobierno de Estados Unidos el pasado año,
después de la resolución impuesta por la fuerza
contra Cuba en Ginebra, había sido privado de su condición
de miembro de la Comisión de Derechos Humanos en humillante
y merecido castigo, mediante voto secreto del Consejo Económico
y Social, (ECOSOC). Fue la más vergonzosa derrota que jamás
había sufrido desde que fuera creado ese órgano
en 1945.
El
canciller mexicano Jorge Castañeda se ofrece para latinoamericanizar
la nueva y artera maniobra. Una proposición cínica,
amañada y engañosa debía ser promovida por
delegaciones latinoamericanas en la Comisión de Derechos
Humanos. A eso se consagró el resto del año 2001,
dando lugar a reiterados incidentes con Cuba, que fueron objeto
de numerosas críticas por parte de personalidades políticas
y miembros de la Cámara de Diputados y el Senado de México.
Ya
desde el 20 de abril del 2001, un día después de
la votación de la resolución contra Cuba en la que
México se abstuvo, el compañero Felipe Pérez
Roque, ministro de Relaciones Exteriores de nuestro país,
declaró que el canciller de México, Jorge Castañeda,
había hecho todo lo posible para tratar de que México
cambiara su posición y Cuba fuese condenada. A lo largo
de todo ese año, el señor Castañeda se dedicó
a intrigar y conspirar en esa dirección.
A
principios del presente año, por iniciativa de México
se fragua el viaje a Cuba de una delegación de alto nivel,
presidida por Fox, con el pretexto de mejorar las relaciones entre
nuestros dos países. La Conferencia de Monterrey se acercaba.
Bush, como ya había hecho Reagan en 1981, a raíz
de una Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno Norte-Sur que tendría
lugar en México en el mes de octubre de ese mismo año,
amenaza con no asistir si Cuba participaba. El honor y los deberes
del gobierno de México entraban de nuevo en contradicción
con sus intereses. Entiéndase bien, del gobierno de México;
no hablo, ni mucho menos, del hermano pueblo de México.
El viaje de Fox y Castañeda a Cuba, adonde llegaron el
3 de febrero a las 10:30 a.m. estuvo minuciosamente diseñado.
En todo había doblez y cálculo. Conocíamos
perfectamente que uno de los objetivos era solicitarnos que renunciáramos
a nuestra participación. No se atrevieron. Bastó
la primera hora de reunión, iniciada a las 11:14 a.m. Los
primeros minutos fueron casi suficientes. Me adelanté a
recordarles la invitación transmitida a nuestro país
por las Naciones Unidas para participar en esa Cumbre. Después
analicé a fondo toda la hipocresía y perfidia de
las maniobras contra Cuba en Ginebra.
El
intercambio con Fox y otros miembros de la delegación esa
mañana se tornó serio y productivo sobre variados
temas. Castañeda se revolvía nervioso e inquieto
no vayan a creer que tengo nada contra él. Almuerzo
ligero con Fox y su delegación, al concluir la primera
reunión. Ofrenda floral a Martí. Un amplio recorrido
programado, en el que lo acompañé todo el tiempo.
Conversamos durante los trayectos con bastante seriedad y familiaridad
sobre varios temas. Visitamos La Habana Vieja; una planta generadora
de electricidad al este de la capital, que funciona con gas acompañante
del petróleo mediante la tecnología del ciclo combinado;
a sugerencia mía, un encuentro en la casa del Historiador
de la Ciudad, Eusebio Leal, al que Fox acababa de condecorar,
para visitar a su señora madre, que se encontraba convaleciente.
Finalmente,
el recorrido concluyó en el Centro Internacional de Restauración
Neurológica donde numerosos mexicanos reciben exitosos
tratamientos.
Por
otro lado, a las cuatro de esa tarde tenía lugar una reunión
de nuestro Ministro de Relaciones Exteriores y el señor
Castañeda. Éste no se atrevió siquiera a
discutir con Felipe la historia del proyecto contra Cuba en Ginebra.
No menciona la Cumbre de Monterrey, y le promete que México
no auspiciará, promoverá o apoyará moción
alguna contra Cuba en Ginebra.
A
las ocho de la noche recepción oficial en el Palacio de
la Revolución; 8 y 53, reunión privada con el Presidente
Fox en mi despacho. Cuando abordamos el tema de Ginebra, después
de varias disquisiciones, me aseguró textualmente que México
nunca haría algo que afectara a Cuba, pues eran muchos
los años de relaciones que no querían afectar de
ninguna manera. Más tarde, la cena prevista, que tiene
lugar en un ambiente amistoso. La visita nos deja una impresión
positiva. Fueron muchas las horas de intercambio respetuoso y
aparentemente sincero.
Poco
tiempo duró, sin embargo, la agradable impresión.
A Castañeda le dio por hacer declaraciones enigmáticas
y extrañas: "Dejaron de existir las relaciones de
México con la Revolución cubana y han comenzado
con la República de Cuba..." , "la postura mexicana
de hoy no es la postura del pasado", etcétera. Viaja
a Miami poco después para inaugurar el 26 de febrero un
instituto cultural de México. Allí son invitados
una curiosa fauna de terroristas y contrarrevolucionarios de origen
cubano que nada han tenido que ver jamás con la cultura.
Aborda de nuevo las elucubraciones teóricas sobre las relaciones
de México con la Revolución o con la República,
y les dirige palabras edulcoradas a sus "selectos" oyentes.
Declara: "Las puertas de la Embajada de México en
La Habana están abiertas a todos los ciudadanos cubanos,
del mismo modo que lo está México". Redactores
de la subversiva y mal llamada Radio Martí manipulan sus
palabras, y durante todo el día siguiente repiten que las
relaciones entre México y Cuba se han roto y las puertas
de la Embajada de ese país en La Habana están abiertas
para todos.
Un
grave incidente tiene lugar ese mismo día en horas de la
noche, resuelto sólo por la cooperación seria y
eficaz de Cuba la madrugada del 1º de marzo, solicitada por
el gobierno mexicano, sin el menor rasguño para los asaltantes
de la sede. Ruedan infundios y groseras calumnias. Hasta se afirma
que todo se debió a una provocación de Cuba. Comenzaba
marzo. La Cumbre de Monterrey estaba muy cerca.
Como
suele ocurrir, nunca anuncio la decisión de asistir o no
a tales eventos. Son obvias las razones. Y cuando lo decido, sólo
a última hora lo comunico a quien corresponda. Hay quienes
llegan a estos eventos incluso sin haberlo informado previamente,
y jamás han tenido dificultad alguna con los anfitriones.
En esta ocasión, tomada la decisión aproximadamente
tres días antes, anuncié mi llegada con 24 horas
de anticipación, el 19 de marzo. Tenía dos razones:
ni Bush quería mi presencia ni el propio Fox. Tampoco deseaba
enfrascarme en una larga discusión con Fox y Castañeda,
tratando de persuadirme e implorándome que no fuera. Cuando
el presidente Reagan amenazó con boicotear la reunión
en 1981, me vi obligado a complacer al presidente José
López Portillo. Pero éste, en medio de su vergüenza
y su pena, se comportó como un caballero. Fue elegante,
me invitó a Cozumel, y con toda franqueza me explicó
su tragedia. Accedí.
Esta
vez habían cambiado los hombres y los tiempos. La situación
internacional es hoy extraordinariamente grave y compleja. Se
abordaba en esa conferencia un tema de vital importancia para
todos los países del mundo pobre y explotado. Era mi derecho
asistir y decidí asistir. Sabía bien que tan pronto
comunicara la noticia de mi participación, el Presidente
de Estados Unidos no tardaría un minuto en conocerlo, con
las inevitables presiones sobre México. No deseaba darles
demasiado tiempo para ello. Redacté una carta breve y cursé
instrucciones a nuestro Embajador de entregarla a la Presidencia
de México a las 7:00 p.m. hora de Cuba, 6:00 de la tarde
hora de México.
Aunque
Monterrey estaba saturada de delegados, nuestra delegación
había alquilado con tiempo 20 de las 40 habitaciones de
un pequeño hotel recién inaugurado. Debido a la
incertidumbre sobre el viaje, no habían sido alquiladas
todas. Deseábamos, además, desinformar a los sempiternos
y omnipresentes terroristas, entrenados, consentidos y amparados
por Estados Unidos. A última hora me bastaba con la mitad
de aquel hotelito.
El
contenido de mi carta, ya publicada por el señor Castañeda
para manipular una frase que le serviría para elaborar
un argumento con el que intentaría explicar mi rápido
regreso, decía textualmente:
"La
Habana, 19 de marzo del 2002
"Estimado
Presidente:
"He
vuelto a leer con atención su amable carta de 28 de enero
del presente año, en la que me invita a participar en la
Conferencia Internacional sobre Financiamiento para el Desarrollo,
de las Naciones Unidas, que se celebrará en Monterrey.
Ya antes, el 21 de diciembre del 2001, había recibido la
invitación de los embajadores Shamshad Ahmad y Ruth Jacoby,
co-Presidentes del Comité Preparatorio de las Naciones
Unidas.
"La
enorme cantidad de trabajo que he tenido en las últimas
semanas no me permitía tener la seguridad de participar
en dicha Conferencia, lo cual realmente me apenaba mucho con México,
sede de ese importante evento, y con las Naciones Unidas, que
tanto interés ha puesto en el mismo.
"Es
por ello que he tomado la decisión de realizar un esfuerzo
extra y participar en esa reunión, aunque sea por el mínimo
de tiempo posible, lo que tengo la satisfacción de comunicarle,
en primer lugar, a Usted.
"Espero
poder contribuir con espíritu constructivo al éxito
de esta Conferencia, a la que México ha dedicado grandes
esfuerzos.
"Al
desearle éxitos, estimado Presidente Fox, le reitero el
testimonio de mi amistad y consideración personal.
"Fidel
Castro Ruz."
Anunciar
que mi estancia sería breve, significaba claramente que
me limitaría sólo a los dos días de conferencia
esa era, realmente, mi intención, y no incluiría
ningún otro programa adicional en México.
A
nuestro Embajador, cuando entregó la carta al Secretario
personal del Presidente, le informaron que Fox saldría
casi de inmediato para Monterrey. Cumplida esa tarea, nuestro
representante se dirigió a las oficinas del Secretario
de Gobernación, a quien comunicó la noticia para
realizar las coordinaciones pertinentes. Nuestro arribo a Monterrey
iba a producirse 24 horas después.
Alrededor
de las once de la noche, hora de Cuba, se recibe en mi oficina
una llamada de México, comunicando que el presidente Fox
quería hablar conmigo lo más urgentemente posible.
Como no me encontraba en mi despacho, se les ruega repetir la
llamada un poco más tarde. A las 11:28 entra de nuevo llamada
de México. En ese instante estaba reunido con varios compañeros
en una pequeña sala no lejana a mi despacho. La llamada
a esa hora me dio mala espina. ¡Qué raro, si el Presidente
se acuesta temprano! El tono era de urgencia. Ya no tuve dudas.
Me levanté de la mesa, fui para mi despacho, y pedí
que me comunicaran con el Presidente Fox. Se produce entonces
un insólito diálogo, que transcribo tal como quedó
registrado.
DIÁLOGO
ENTRE FIDEL Y FOX
Fidel.-
Dígame, señor Presidente, ¿cómo está
usted?
Fox.-
Fidel, ¿cómo estás?
Fidel.-
Muy bien, muy bien, muchas gracias. ¿Y usted qué
tal?
Fox.-
¡Qué gusto! Oye, Fidel, pues llamándote por
esta sorpresa que me llevé hace apenas un par de horas,
cuando me entero de tu pretendida visita acá a México.
Primero,
antes que nada, quisiera decirte que esta conversación
sea privada, entre tú y yo, ¿estás de acuerdo?
Fidel.-
Sí, de acuerdo. Usted recibió mi carta, ¿verdad?
Se la envié...
Fox.-
Sí, recibí tu carta hace apenas un par de horas
y por eso te llamo ahora.
Fidel.-
Ah, muy bien, a mí me habían dicho que usted se
acostaba temprano y le enviamos la carta temprano.
Fox.-
Sí, me acuesto temprano, pero esto me mantuvo despierto.
Fidel.-
¡No me diga!
Fox.-
No, es que me llegó... Aquí son las 10:00 de la
noche ahorita, me llegó a las 8:00, y estábamos
aquí precisamente cenando con Kofi Annan.
Fidel.-
¡Ah!
Fox.-
Pero, mira, Fidel, yo te hablo primero como amigo.
Fidel.-
Sí, me habla primero como amigo, espero que no me diga
que no vaya.
Fox.-
(Se ríe) Bueno, vamos a ver, déjame platicarte,
a ver tú que opinas.
Fidel.-
Yo lo escucho, pero se lo advierto de antemano. Muy bien.
Fox.-
¿Mande?
Fidel.-
Que yo lo escucho, pero lo digo de antemano.
Fox.-
A ver, escúchame primero. Escúchame primero.
Fidel.-
Sí.
Fox.-
Sí, como amigo, la verdad es que así de última
hora y esta sorpresa sí me pones en una buena cantidad
de problemas.
Fidel.-
¿Por qué?
Fox.-
Problemas de seguridad, problemas de atención.
Fidel.-
Bueno, no me importa, yo no tengo ninguna preocupación,
señor Presidente; parece que usted no me conoce.
Fox.-
¿Tú no tienes preocupaciones por eso?
Fidel.-
No, se lo aseguro que ninguna; no llevo 800 hombres como lleva
el señor Bush.
Fox.-
Pero no es muy de amigos avisar a última hora que te apareces
aquí.
Fidel.-
Sí, pero también yo corro muchos riesgos que nadie
corre, usted lo sabe perfectamente bien.
Fox.-
Bueno, pero tú puedes confiar en un amigo y me podías
haber hecho saber un poco antes que pretendías venir, eso
yo creo que hubiera resultado mucho mejor para ambos.
Pero,
mira, de plano yo sé que no solo tienes el derecho, sino,
si no te es posible ayudarme como amigo en ese sentido y te es
indispensable...
Fidel.-
Sí. Dígame en qué puedo ayudarlo, menos en
eso.
Fox.-
Bueno. ¿En qué puedes ayudarme menos en eso?
Fidel.-
Dígame, ¿cómo? ¿Qué debo hacer?
Yo los riesgos los corro tranquilamente (Ya la cosa se iba poniendo
más seria: ni el vecino del Norte ni el país sede
tenían muchos deseos de que yo fuera).
Fox.-
A ver, déjame...
Fidel.-
Pero usted comprenderá que esto daría lugar a un
escándalo mundial, si realmente ahora me dicen a mí
que no vaya.
Fox.-
¿Pero qué necesidad tienes de armar escándalo
mundial, si te estoy hablando como amigo?
Fidel.-
Óigame, es que usted es el Presidente del país,
y si usted es el anfitrión y me lo prohíbe, no me
quedaría más remedio hasta que publicar el discurso
mañana.
Fox.-
Así es, así es. No, tú tienes todo el derecho.
A
ver, déjame hacerte una propuesta.
Fidel.-
Sí.
Fox.-
¿Sí?
Fidel.-
Dígame.
Fox.-
No sé cuándo pretendes venir, porque eso no me l
dices, pero mi propuesta sería que vengas el jueves.
Fidel.-
A ver, dígame, dígame exactamente, estoy dispuesto
a escuchar una transacción en esto. Bien, ¿qué
día es hoy?, martes. ¿A qué hora usted quiere
que yo llegue el jueves?
Fox.-
Porque tú tienes... o sea, Cuba tiene apartada su presentación
ante el pleno para el jueves.
Fidel.-
Sí, sí, la hora exacta ahí, ahí estaban...
El jueves debe ser...
Fox.-
Hacia la 1:00 de la tarde.
Fidel.-
No, el jueves tengo que participar en una mesa redonda y tengo
que hacer el discurso por la mañana.
Fox.-
Porque tú tienes discurso por la mañana hacia la
1:00 de la tarde.
Fidel.-
Más o menos. Yo le ayudo en todo, no le molesto en nada,
ni voy a las comidas, ni siquiera a la reunión... Bueno,
esa reunión ya la tendríamos que discutir...
Fox.-
Ahí te va, ahí te va, déjame terminar.
Fidel.-
Sí.
Fox.-
Que puedas venir el jueves y que participes en la sesión
y hagas tu presentación, como está reservado el
espacio para Cuba a la 1:00. Después tenemos un almuerzo,
un almuerzo que ofrece el gobernador del estado a los Jefes de
Estado; inclusive te ofrezco y te invito a que estuvieras en ese
almuerzo, inclusive que te sientes a mi lado, y que terminado
el evento y la participación, digamos, ya te regresaras,
y así...
Fidel.-
¿A la isla de Cuba?
Fox.-
No, bueno, pues a lo mejor te buscaras...
Fidel.-
¿A dónde? ¿O al Hotel? Dígame.
Fox.-
A la isla de Cuba, o a donde tú gustaras ir.
Fidel.-
Correcto.
Fox.-
Y que me dejaras libre y es la petición que te hago
el viernes, para que no me compliques el viernes.
Fidel.-
Usted no quiere que yo le complique el viernes. Muy bien, es que
usted parece que no leyó una línea en que yo le
digo que voy con espíritu constructivo, a cooperar en el
éxito de la conferencia.
Fox.-
Sí, sí leí esas líneas.
Fidel.-
Si mi palabra no le dio el efecto... Yo comprendo las demás
cosas, de las cuales no vamos a hablar, y lo que puede pasar.
Casi adiviné que usted me iba a llamar para decirme algo
parecido a eso. Pero, muy bien, yo con toda franqueza se lo digo:
Estoy dispuesto a cooperar con usted. Estoy dispuesto a cooperar
con usted y a hacer lo que usted está solicitando.
Fox.-
Podemos hacerlo de esta manera.
Fidel.-
Sí, repítamelo, por favor.
Fox.-
A ver, llegar el jueves por la mañana, a la hora que tú
gustes.
Fidel.-
Sí, jueves por la mañana, pronunciar el discurso.
Fox.-
Sí, pronunciar el discurso en el pleno; participar en la
comida de Jefes de Estado y donde yo te invito, inclusive, a estar
sentado al lado.
Fidel.-
Muy bien, muchas gracias.
Fox.-
Y por la tarde, pues salir a la hora que a ti te convenga.
Fidel.-
Sí, muy bien. Déjeme ver el horario, allí
hay una hora de diferencia, la hora en que yo tengo que moverme.
Fox.-
Tenemos una hora de diferencia.
Fidel.-
Si acaso tuviera que llegar un poquito más temprano, digamos,
porque ya yo sé dónde ocasiono el mayor daño
(Se ríe), pero tal vez pudiera estar allí al amanecer.
Fox.-
¿Del día jueves?
Fidel.-
Porque la hora es la 1:00 y allí estaban negociando la
hora del turno, tal vez yo hable antes; tal vez, pero estoy preparado
para esa hora más o menos, ya que hay 30 oradores. Yo salí
perjudicado, porque fue a última hora, y se lo confieso,
que he tomado la decisión a última hora. Usted me
reprochaba que un amigo debe decirlo o no.
En
primer lugar tengo dos cosas: tengo los riesgos y, además,
no había tomado la decisión. Esa es la verdad.
Fox.-
Sí, sí, lo entiendo, lo entiendo.
Fidel.-
Pero decidí, en un momento dado, que era conveniente, como
se lo expliqué en mi carta. Yo le ruego que usted, cuando
pueda, la vuelva a leer.
Fox.-
Aquí la tengo enfrente mío.
Fidel.-
¿Y usted tiene por ahí al Secretario General cerca,
está cenando con él?
Fox.-
Se acaba de ir hace 15 minutos. Se fue al hotel y mañana
él va a allá a Monterrey.
Fidel.-
¡Qué lástima que yo no pueda escucharlo a
él cuando hable!, porque creo que habla al principio.
Fox.-
A ver, Fidel, tú... tú... Sí, yo sé
que...
Fidel.-
Bueno, si usted me consiguiera que, por ejemplo, yo usara el turno
10, si me consigue un turno...
Fox.-
A ver, espérame.
Fidel.-
Sí.
Fox.-
Yo tengo una participación el jueves, arranca la ceremonia
de inauguración a las 9:00 de la mañana.
Fidel.-
A las 9:00, muy bien.
Fox.-
A esa hora me supongo que va a hablar el Secretario General y
voy a hablar yo.
Fidel.-
Sí, yo quisiera escucharlo a él, porque él
fue el que me invitó.
Fox.-
No hay problema en que vengas a eso.
Fidel.-
Usted es el presidente del país anfitrión; no era
Estados Unidos, era México.
Fox.-
No hay problema en que vengas a eso, que llegues temprano y que
participes desde la inauguración; desde las 9:00 de la
mañana que empezamos, ahí va a hablar él,
hablo yo y, efectivamente, tu lugar es como el lugar número
10.
Fidel.-
No, el lugar mío es el número 30; pero si usted
me consigue el 10, es decir, después que hablen los principales
allí creo que encabeza Chávez como presidente
de los 77, algunos más, si usted me consigue el turno
10 ó 12...
Fox.-
¿Pero tú quieres que te cambie ahí, digamos,
de la 1:00 de la tarde hacia un poco antes?
Fidel.-
Hable con Kofi, hable con Kofi y plantéele su problema,
él va a entender que el mundo tiene dueños y que
eso es muy serio.
Fox.-
Puedo hablar con Kofi Annan (Se ríe).
Fidel.-
Hable con Kofi (Risas), ¿comprende?
Fox.-
Sí, sí, puedo hablar con él, cómo
no.
Fidel.-
Entonces yo lo complazco mucho más a usted, me aparezco
allí y hablo. Casi sería mejor que llegara un poco
a media noche o a una hora de esas, y durmiera un poco y fuera
para allá.
Fox.-
Tú no más me avisas a qué hora vas... Tú
me avisas a qué hora, si yo te tengo una residencia, un
lugar donde llegar, si llegas muy temprano.
Fidel.-
Bueno, yo tenía un hotelito ahí, unos cuartos, porque
es que no estaba decidido si iba.
Fox.-
Sí, es que no hay cuartos, ese es el problema, que no hay
habitaciones.
Fidel.-
No, pero la delegación nuestra tiene 20 cuartos allí
y algunos de ellos los podemos mandar para otros puntos, una casa
de huéspedes.
Fox.-
Sí, incluso nos acomodamos, tú tienes amigos ahí
en Monterrey que a la mera hora te pueden instalar. Eso no es
problema. Tú tienes que llegar de madrugada...
Fidel.-
Mire, yo lo puedo complacer más completo. ¿Tengo
que llegar de madrugada?
Fox.-
Sí. ¿A qué le llamas madrugada, 5:00 o 6:00
de la mañana?
Fidel.-
No, yo prefería sobre las 10:00 de la noche o algo así,
una hora determinada.
Fox.-
¡Ah!, llegar por la noche del miércoles.
Fidel.-
Sí, sí, sin que nadie me vea. Nos vemos por la mañana
allí, que me vean por allí por la mañana.
Fox.-
Ponlo más cargado hacia la noche y vemos cómo nos
acomodamos, o sea, más hacia la media noche o la madrugada.
Fidel.-
Bien.
Fox.-
Y llegas, te instalas y participas desde las 9:00 de la mañana.
Fidel.-
Me instalo y estoy allí a las 8:30. Fíjese.
Fox.-
Sí. Correcto, correcto.
Fidel.-
Entonces usted me garantiza con Kofi Annan y le explica los problemas;
si no, tendría que hablar y explicarle, porque es que a
mí me invitan las Naciones Unidas.
Fox.-
No, no hay problema en eso. Yo...
Fidel.-
Usted como anfitrión fue muy amable al enviarme la invitación,
pero son las Naciones Unidas las que me invitan. Y se lo dije
a usted aquí, fue lo primero que le dije tan pronto empezamos
las conversaciones, que tenía la invitación.
Fox.-
Bien, por eso.
Entonces,
vamos a seguir pensando así, de esa manera. Después
terminamos...
Fidel.-
Correcto. Entonces yo lo complazco a usted, yo me voy más
temprano. Si yo tengo unas ganas de estar aquí tremendas,
tengo mucho trabajo y muchas cosas con las que estoy entusiasmado.
Fox.-
Fidel, ¿te puedo pedir otro favor?
Fidel.-
Dígame.
Fox.-
Que estando en casa a mí me serviría muchísimo
que no hubiera declaraciones sobre el tema de la Embajada o de
las relaciones México-Cuba o de ese evento que vivimos
en estos días pasados.
Fidel.-
No tengo ninguna necesidad de hacer declaraciones allí.
Fox.-
¡Qué bueno!
Fidel.-
Dígame, ¿en qué más puedo servirlo?
Fox.-
Pues básicamente no agredir a Estados Unidos o al presidente
Bush, sino circunscribirnos...
Fidel.-
Óigame, señor Presidente, yo soy un individuo que
llevo como 43 años en política y sé las cosas
que hago y las que debo hacer. No le quepa la menor duda de eso,
que yo sé decir la verdad con decencia y con la elegancia
necesaria. No albergue el menor temor, que no voy a soltar ninguna
bomba allí. Aunque la verdad es que estoy en desacuerdo
con el consenso ese que han propuesto ahí. No, yo me voy
a limitar a exponer mis ideas básicas y fundamentales,
y lo haré con todo el respeto del mundo. Yo no voy a tomar
aquello como una tribuna para agitar ni mucho menos: voy a decir
mi verdad. Y puedo no ir, y la digo desde aquí, la digo
mañana por la mañana, así que para mí
no es...
Fox.-
Es que tú me ofreces en tu carta, precisamente eso: participación
constructiva, para que sea una verdadera aportación a la
discusión, al debate y a la solución de los problemas
que todos tenemos en el mundo.
Fidel.-
Sí, señor Presidente, usted debe tomar en cuenta,
incluso, que cuando yo hago un viaje de estos lo hago con bastante
riesgo.
Fox.-
Sí, eso lo entiendo.
Fidel.-
Debe saberlo. Y no lo hago ausentarme de ahí
porque sentiría vergüenza, cuando he tomado la decisión
de ir. Y a muchos lugares no he ido, no fui a la Cumbre allá
en Perú, pero yo tengo un concepto mucho más elevado
de la importancia de esta conferencia y un concepto mucho más
elevado de México; me parecía, incluso, que lo estaría
lastimando, en realidad, a usted o a los mexicanos.
Yo
no voy allí ni a agitar ni a organizar manifestaciones,
nada. Tengo en cuenta que usted es el Presidente de ese país
y que un deseo suyo, por muchos que sean los derechos, debo tomarlo
en cuenta.
Y
me alegro que usted haya pensado en una fórmula decorosa,
en que yo esté allí a la hora, escuche al Secretario
General de las Naciones Unidas. Y si usted pudiera, con la ayuda
del Secretario General de las Naciones Unidas, garantizarme que
yo tome un turno no esperemos tanto tiempo allí,
mientras más tiempo entonces más... y hablo
en el turno entre el 10 y el 15, después que empiece la
lista de oradores, aparte de su discurso, entonces nosotros hablamos
con un compañero que estaba allí, le daremos instrucciones
que ya le habían dado hoy instrucciones de que gestionara
un más temprano turno, entonces yo quedo libre para
ocasionarle a usted las menores molestias.
Fox.-
Sí.
Oye,
Fidel, de cualquier manera está la invitación a
que me acompañes a la comida, que eso sería como
a la 1:00 de la tarde ó 1:30 y acabando de comer, entonces
puedes salir.
Fidel.-
Siempre y cuando usted no me ponga mole con guajolote y mucha
comida ahí, porque en el avión viajar hacia acá
muy lleno...
Fox.-
No, hay cabrito que es muy rico.
Fidel.-
¿Hay un cabrito?
Fox.-
Sí, señor, excelente.
Fidel.-
Bueno, muy bien.
Fox.-
Entonces, ¿podemos quedar con ese acuerdo, Fidel?
Fidel.-
Podemos quedar con ese acuerdo y quedamos amigos, como amigos
y caballeros.
Fox.-
Sí, te lo agradezco muchísimo y nada más
me vas a dar la hora de tu llegada, para poder recibirte y llevarte
a acomodar.
Fidel.-
Le daré la hora de mi llegada.
Bueno,
si quiere llego hasta más temprano y con eso salvamos mucho.
¿A qué hora te vas a acostar mañana?
Fox.-
¿Mañana?
Fidel.-
Sí.
Fox.-
¿Mañana qué es, miércoles? Mañana
me voy acostar temprano, como buen ranchero.
Fidel.-
Como buen ranchero. Yo soy al revés, yo suelo como buen
trasnochador.
Dígame,
¿cuál es la hora que más le conviene?
Fox.-
Mira, como tú estás señalando, 10:00, 11:00,
12:00 de la noche, para que te instales y puedas descansar y estar
al otro día en la mañana.
Fidel.-
Muy bien, de acuerdo.
Fox.-
Entonces, ya no más que la Embajada me da la hora exacta
para recibirte allí como se debe.
Fidel.-
Sí, mañana le dará la hora exacta.
Fox.-
Con la Embajada hablamos sobre eso.
Fidel.-
Sí, como siempre, te agradezco mucho esa deferencia, ese
honor, si vas allí, creo que ayudaría mucho a...
Fox.-
Me acompañas a la comida y de ahí te regresas.
Fidel.-
Y de ahí cumplo sus órdenes: me regreso.
Fox.-
Fidel, te agradezco muchísimo.
Fidel.-
Muy bien, Presidente.
Fox.-
Nos van a salir bien las cosas así.
Fidel.-
Yo pienso que sí, y le doy las gracias...
Fox.-
Bueno, igualmente y que pases buena noche.
Fidel.-
Por su deferencia y por buscar una fórmula que sea honorable
y aceptable.
Fox.-
Sí, yo creo que lo es y te lo agradezco.
Fidel.-
Muy bien, muy bien, le deseo mucho éxito.
Fox.-
Buenas noches.
Fidel.-
Buenas noches.
NO
PODÍA RETIRARME DE LA CUMBRE SIN LA MENOR EXPLICACIÓN
El
señor Presidente de México había dicho la
última palabra. Era mi derecho incuestionable participar
en esa conferencia convocada por Naciones Unidas y no por el señor
Bush. Pero yo no podía viajar a Monterrey contra la voluntad
expresa del Presidente del país sede; tenía que
resignarme a usar los seis minutos que me correspondían,
y marcharme después de almuerzo, o antes, si lograba adelantar
el turno número 30 que me correspondía según
sorteo, entre otras razones porque no había podido asegurar
mi presencia con anterioridad, a fin de evitar la inmediata movilización
de la jauría de terroristas y matones ya mencionados, que
desde territorio norteamericano son organizados y pagados para
eliminarme físicamente cada vez que viajo a un evento internacional.
Debo
añadir que a mi llegada a Monterrey el señor Fox
no se apareció por el aeropuerto, como había prometido,
sin que yo se lo solicitara en lo absoluto. Ni siquiera realizó
una llamada telefónica para un saludo de cortesía.
En nada me preocupó el asunto. No siento apego alguno por
protocolos y cortesías.
Disfrutaba,
en cambio, de un singular consuelo. A la vez que se me ordenaba
partir de inmediato después de almuerzo, en dos ocasiones
me anunció que recibiría el inmenso honor de sentarme
a su lado, para el mundanal disfrute de un delicioso cabrito.
No
podía, sin embargo, retirarme de la Cumbre sin la menor
explicación. Nunca hice tal cosa en ninguna de ellas. El
señor Presidente de Estados Unidos podría suponer
que Cuba temía sentarse, con la frente en alto, ante su
poderosa y augusta presencia. En la Cumbre de Río de Janeiro
en 1992, su propio padre tuvo el gesto encomiable, por lo inusual,
de entrar deliberadamente en la sala minutos antes de mi turno,
escuchar ecuánime mis palabras, e incluso aplaudir tanto
él como su delegación al concluir ls mismas. Un
viejo refrán popular afirma que lo cortés no quita
lo valiente. Nadie, en nuestro país, en México o
en cualquier otra parte, habría comprendido tan extraña
retirada. Para explicarla, dije solo tres líneas:
"Les
ruego a todos me excusen que no pueda continuar acompañándolos
debido a una situación especial creada por mi participación
en esta Cumbre, y me vea obligado a regresar de inmediato a mi
país."
No
podía decir menos, ni decirlo con más cuidado. Olvidé
totalmente el cabrito. Salí de la sala y me reuní
con el Presidente de Colombia breves minutos para intercambiar
sobre las gestiones de paz en ese país. Me dirigí
luego a despedirme del Secretario General de la Organización
de las Naciones Unidas que, como es lógico, había
sido informado de lo ocurrido desde el día anterior por
nuestro Embajador en esa institución. Con él me
esperaban, en evidente actitud solidaria, Olusegun Obasanjo, Presidente
de Nigeria, y Thabo Mbeki, Presidente de Sudáfrica. Salgo.
Bajo por una escalera automática. Frente a la misma, en
los balcones interiores y áreas laterales, numerosos empleados
mexicanos, de Naciones Unidas y participantes de otros países
en el evento aplaudían en gesto de solidaridad. Un tumulto
de periodistas se movían agitadamente tomando fotos, filmando,
esperando alguna declaración. No dije una palabra. Así
abandoné el edificio.
No
había dejado atrás ninguna complicación insoluble.
Mis últimas palabras al concluir la intervención,
fueron:
"Al
frente de la Delegación de Cuba queda el compañero
Ricardo Alarcón de Quesada, Presidente de la Asamblea Nacional
del Poder Popular, incansable batallador en la defensa de los
derechos del Tercer Mundo. Delego en él las prerrogativas
que me correspondían en esta reunión como Jefe de
Estado.
"Espero
que no se le prohíba participar en ninguna actividad oficial
a las que tiene derecho como Jefe de la Delegación cubana
y como Presidente del órgano supremo del poder del Estado
en Cuba."
Allí
estaba, al alcance de los anfitriones, una solución bien
sencilla. Aceptar la presencia de Ricardo Alarcón, jefe
de la Delegación en las reuniones oficiales de la Cumbre,
y no se habría vuelto a hablar del incidente. Faltaba solo
un mínimo de visión y sentido común. No sé
si la soberbia, la arrogancia y el espíritu aventurero
del consejero áulico del presidente Fox, o la prepotencia
de Bush, impidieron esa salida decorosa.
Yo
estaba todavía en ayunas a esa hora. Marché hacia
el hotelito donde me albergaba. Allí había invitado
para almorzar a Hugo Chávez, amigo entrañable, que
se vio envuelto también en una intervención azarosa
e interrumpida por el ilustre anfitrión mexicano al hablar
en nombre del Grupo de los 77 y de su propio país. El fraternal
y relajado encuentro se prolongó durante horas con intercambios
sobre variados temas, tres semanas antes del abortado golpe fascista
contra la Revolución bolivariana. Fue un almuerzo no suculento
pero agradable, con tortillas mexicanas, frijoles refritos y otros
platillos tradicionales del país hermano, que a mí
me parecieron más deliciosos que cualquier cabrito.
Me
había olvidado por completo de la hora y de la orden perentoria
de marcharme precipitadamente después de almuerzo. Mientras
tanto, Bush esperaba impaciente desde hacía horas en El
Paso ubicado en la actual frontera de Estados Unidos con
México desde la invasión de 1846, cuando al país
le arrebataron más de la mitad de su territorio la
noticia de que tan inoportuno participante se había marchado
de México. Nadie del protocolo se acordó o quiso
molestar al disciplinado y obediente, aunque olvidadizo huésped,
que al fin y al cabo, se marchó a las 5:00 p.m. de Monterrey.
Al parecer, Bush, cansado de esperar, recibió permiso o
decidió por su cuenta despegar o corría riesgo de
llegar tarde a la cena.
Alguien
parqueó su aeronave junto al viejo IL-62 de Cubana. Al
pasar en su carro, con gesto amistoso, saludó a la tripulación
cubana que me esperaba ya en lo alto de la escalerilla. Por mi
parte, ajeno a tales peripecias, me despido de Chávez,
tomo el carro, y con mi pequeña caravana me dirijo al aeropuerto.
Pasamos bajo la avenida que conduce al mismo, y accedimos a esa
vía por donde acababa de cruzar la cola de la enorme caravana
de Bush. Después de todo, ambos estuvimos a unos metros
de distancia en Monterrey. Al despegar nuestra nave, la tarde
era radiante y bella.
En
la ciudad sede quedaba nuestra delegación, encabezada por
el Presidente de nuestra Asamblea Nacional, acompañado
por nuestro Ministro de Relaciones Exteriores. La lógica
indicaba que no habría más problemas. ¿Se
excluiría a Ricardo Alarcón de los eventos de la
Cumbre? ¿Se le admitiría o no en el convivio que
tendría lugar al día siguiente, después del
discurso en que el ilustre Presidente de Estados Unidos "muy
democráticamente" duplicaría sin interrupción
alguna el tiempo asignado a los demás mortales que asistían
a la conferencia como Jefes de delegación? Aunque nos parecía
absurda, torpe e improbable tal exclusión, les encomendé
la tarea, en ese caso, de explicar la verdad pero sin hacer uso
ni mencionar siquiera el contenido y la existencia de la conversación
sostenida entre Fox y yo, cuyo carácter personal deseaba
mantener a toda costa, y destinarla a los archivos de la Revolución.
Constituyó
un mal síntoma que el señor Castañeda se
precipitara en afirmar esa tarde que el protocolo era el protocolo
y que no sería violado, urdiendo como siempre pretextos
para cumplir los compromisos contraídos con el gobierno
de Estados Unidos y ocultar la verdad. Minutos antes de la reunión
se le comunicó al compañero Alarcón que no
tendría acceso alguno a la misma. Tal como se había
decidido, el Jefe de nuestra delegación explicó
en numerosas conferencias de prensa la verdadera causa de mi ausencia.
Entre otras cosas, expresó:
"Ayer
el canciller Castañeda, en varias oportunidades en su reunión
con la prensa, manifestó que no había habido ninguna
gestión de ningún funcionario autorizado en el sentido
de poner cortapisas a la participación de Cuba y sugirió
varias veces que fuera Cuba la que explicara lo que había
sucedido, porque él no tenía elementos. Tengo que
decir que las declaraciones que él formuló son fundamentalmente
falsas."
Y
agregó:
"No
solamente funcionarios autorizados, sino yo diría que personas
muy autorizadas del gobierno de México nos comunicaron,
antes de la conferencia, las presiones de que eran objeto de parte
del gobierno de Estados Unidos para que Cuba no participase en
la conferencia y para que específicamente no estuviese
encabezada por el Presidente del Consejo de Estado, el compañero
Fidel Castro."
"Castañeda
sabe que nosotros lo sabemos y que nos era muy fácil explicarlo;
pero que si no lo hemos hecho hasta ahora es porque tratamos de
ser constructivos y de persuadir a las autoridades mexicanas de
que era lo más conveniente para todos encontrar una solución
honorable, adecuada, que ya es imposible, puesto que tuvo lugar
una reunión de la cual ha sido excluida arbitraria e ilegalmente
una delegación, que no ha sido invitada, que es la de Cuba.
"Dicen
que las reglas de Naciones Unidas y las reglas del país
anfitrión son diferentes. No, ciertamente, yo no soy Jefe
de Estado; pero soy la única persona que está en
Monterrey en quien el Jefe de Estado delegó su representación
y es el único Jefe de Estado que en Monterrey fue arbitrariamente
excluido de participar en el retiro.
"No
es cierto que Cuba podía estar representada por su Jefe
de Estado, porque se le pidió, de modo muy claro, muy categórico,
que, por favor, se marchase lo antes posible de México."
Por
su parte, nuestro Canciller, por vía telefónica,
en su alocución a la Mesa Redonda de la televisión
cubana en la tarde del día 22, expresó lo siguiente:
"Cuba
sabía de las presiones que, previo a la conferencia, había
estado haciendo sobre el gobierno mexicano el presidente Bush.
El presidente Bush amenazó con que no vendría a
la cumbre si en ella participaba el compañero Fidel."
"Se
había producido la invitación del Comité
Preparatorio creado por la Asamblea General de Naciones Unidas
en una resolución, la carta que se acaba de dar a conocer
de los dos embajadores, y después se produjo la invitación
oficial del presidente Fox."
"Después
se le solicitó al compañero Fidel que no viniera
a la Cumbre, como era su derecho como Jefe de Estado de un país
miembro de Naciones Unidas que tenía ya la invitación
del Comité Preparatorio de Naciones Unidas para participar
en una conferencia en la que Cuba había desempeñado
un papel importante en su convocatoria."
"Esa
es la realidad histórica, se le pidió que no participara,
y se lo pidió como ya dijimos una persona muy
autorizada en el gobierno de México para hacer una solicitud
de esa magnitud. Se le pidió que no viniera, y ante la
posición firme de Fidel, que defendió el derecho
de Cuba a estar soberanamente presente en esta reunión,
entonces le pidieron que fuera solo en la mañana del jueves,
y que, inmediatamente después del almuerzo que ofrecería
el gobernador del Estado, se retirara."
"El
compañero Fidel estaba en la necesidad y el deber de explicarles
a los delegados, y lo explicó cuidadosamente y dijo realmente
la razón que le impedía estar allí, pero
con discreción y con cuidado. Y planteó una solicitud
que podía haber sido atendida y que tenía realmente
una lógica, y era que el compañero Alarcón,
presidente de nuestra Asamblea Nacional, participara en las demás
actividades de la conferencia."
"Ha
habido, realmente, una incapacidad de comprender este razonamiento,
y una incapacidad para aceptar una solicitud razonable."
TODOS
MENTÍAN A DIESTRA Y SINIESTRA
Castañeda,
por su parte, desmentía frenéticamente las palabras
de Alarcón y de Felipe.
En
conferencia de prensa el 21 de marzo, a la pregunta de un periodista
si el gobierno de México pidió o sugirió
al de Cuba que el Presidente cubano ajustara su agenda para no
encontrarse con el presidente Bush, Castañeda respondió:
"De
ninguna manera, en ningún momento ningún funcionario
autorizado del gobierno de México le hizo un planteamiento
de esa índole, o de cualquier otra índole que pudiera
semejársele, al gobierno de Cuba, a las autoridades cubanas".
Ante
la insistencia de la prensa, Castañeda respondió:
"No
hubo ninguna presión, influencia, gestión, solicitud,
sugerencia, insinuación. Si tuviera mi diccionario de sinónimos,
seguiría, pero pues de memoria quizá no se me ocurran
muchas más; pero si a usted, Blanche, se le ocurre una,
plantéemela y le doy la misma respuesta."
Ante
el programa de televisión "Zona abierta", Castañeda
reiteró:
"No
hubo en ningún momento presión por parte de ningún
funcionario mexicano a Fidel Castro, para que se fuera antes de
lo previsto."
El
señor Fox, el 22 de marzo en conferencia de prensa conjunta
con Bush, al preguntársele por las presiones para excluir
a Castro, dijo: "No hay tal. El señor Fidel Castro
hizo su visita a México, a la conferencia de la ONU, estuvo
aquí, participó y se regresó a Cuba. ¡No
hay más! Así de sencillo."
En
entrevista concedida a Joaquín López Dóriga,
y publicada en el diario La Jornada, al preguntarle si era cierto
que Fidel Castro se fue, primero, porque su gobierno dijo que
no viniera; y, segundo, porque cuando estuvo aquí usted
le dijo que se fuera, Fox respondió: "No, que yo sepa,
para nada. Sería interesante, oportuno, que nos señalaran
de dónde salió este asunto; creo que Fidel Castro
tiene la suficiente madurez, lleva tantos años gobernando,
no creo que a él cualquier cosa como ésta le impidiera
su libertad y su voluntad. Castro estuvo aquí en Monterrey,
participó en el congreso, en la reunión de la conferencia
de las Naciones Unidas, y después decidió irse.
Nadie lo obligó a irse."
En
declaraciones a la televisión azteca el 24 de marzo, al
preguntársele qué había ocurrido conmigo,
respondió: "Así como fue de repentino su aviso
de llegada y su llegada, que llegó por la noche del día
anterior, así fue su salida. Simple y sencillamente, vino,
dio su discurso y presentación, se le recibió con
todas las cortesías en el aeropuerto, lo saludé
a su llegada, igual que a todos los demás, me despedí
de él y se fue. Así de sencillo. ¿Qué
pasa, qué hay detrás? No entiendo."
Bush,
por su parte, afirmaba beatíficamente que Estados Unidos
no había ejercido presión alguna sobre México.
Todos
mentían a diestra y siniestra.
Si
Castañeda hubiese abierto el diccionario de sinónimos
donde debía, se habría encontrado con que mentir
equivale a: engañar, embustir, trapalear, embrollar, tramar,
faltar a la verdad, novelar, falsificar, fingir, simular, fantasear,
adulterar, trapalear, dar gato por liebre, ocultar, burlar, timar,
embaucar, cascabelear, etc., etc., etc.
La
credibilidad de nuestro país fue puesta en duda. De acuerdo
con una encuesta, casi la mitad de los mexicanos habían
sido inducidos a desconfiar de la veracidad de Cuba.
En
el editorial de Granma del pasado 26 de marzo se advirtió:
"Cuba posee pruebas irrebatibles de todo lo ocurrido que
barrerían cualquier duda. Ha preferido abstenerse de usarlas,
porque no desea perjudicar a México, no desea lesionar
su prestigio, no desea en lo más mínimo crear desestabilización
política en ese hermano país.
[...]
"De
alguna forma, por el honor de México, debe ponerse fin
a tales ofensas y agresiones al pueblo cubano. Que no se obligue
a Cuba a presentar las pruebas que poseemos."
Dicho
editorial concluye afirmando:
"No
pedimos otra cosa que el cese de las provocaciones, insultos,
mentiras y macabros planes del señor Castañeda contra
Cuba. De lo contrario, no quedará otra alternativa que
divulgar lo que no hemos querido divulgar y hacer polvo sus falsos
y cínicos pronunciamientos, cueste lo que cueste. ¡No
lo dude nadie!"
La
palabra desestabilización se empleó porque el aventurero
canciller mexicano arrastró en su perfidia nada menos que
al Presidente de México. No podían usarse nuestras
pruebas sin implicarlo. Tal vez esto los condujo al error de creer
que nos resignaríamos al golpe sin que se destapara la
caja de Pandora. Un país bloqueado por el gigante que hoy
inspira tanto miedo y amenaza al mundo con sus misiles y bombarderos,
cuyos gobiernos arbitrarios además incluyen de forma cínica
y calumniosa a nuestra Patria entre los países que apoyan
el terrorismo, no podía atreverse a tanto.
Mas,
ni aun así deseábamos sacar a la luz nuestras pruebas.
Guardamos silencio hasta casi más allá de lo que
permitían la ética y la verdad. Faltaba, sin embargo,
la gota que colmó la copa.
El
miércoles 10 de abril, el trasnochado y abyecto Judas que
preside el Uruguay, asumiendo el inglorioso papel de lacayo que
venía desempeñando la República Checa, presentó
ante la Comisión de Derechos Humanos el engendro contra
Cuba, concebido y fraguado con Washington por el canciller Castañeda.
Hay
algo más aquí entre paréntesis,
hasta se nos amenazó con romper relaciones, un gobierno
en el cual, un ministro de salud asesino permitió qe murieran
niños sencillamente para no adquirir las vacunas de Cuba,
único país que las producía con las características
adecuadas, según les informó el instituto francés
"Pasteur", al responder a una consulta de Uruguay. Realmente
estamos ante esas amenazas, solo nos queda responder qué
esperan para hacerlo.
Eso
no impedirá que nuestras vacunas lleguen, porque estando
próxima ya la necesidad de un nuevo lote, el mismo día
en que aquel infame proyecto fue presentado contra Cuba en Ginebra
por el gobierno uruguayo, a las 3:00 de la tarde salía
de La Habana un avión cubano hacia Uruguay con 200 000
dosis donadas por Cuba. Nosotros estábamos realmente tan
indignados cuando apareció el primer brote y se supo la
historia de lo que había ocurrido, cuando pudo prevenirse.
Le dijimos al pueblo uruguayo que estábamos dispuestos
a donarle las vacunas. Necesitaban en ese momento, a finales de
diciembre pasado, 71 000 dosis. Algo más, de nuestra reserva
de vacunas, el total de ellas las sacamos y las enviamos allí.
De esto hace apenas 15 semanas, cuando surgió un brote
por un pueblo del interior. Hace poco se desató el brote
en la capital. Enviamos de inmediato 200 000 dosis el 7 de abril,
ya producidas con anterioridad. Asumimos incluso los gastos de
transporte. Después han surgido discusiones, porque quieren
negar que se trate de una donación y se empeñan
de todas formas en descontarlo de una vieja deuda.
Sí,
tenemos una vieja deuda, no es muy grande, ni algo que en la actualidad
nosotros no podamos enfrentar, en más o menos tiempo. Ese
impago se produce cuando surge el período especial, después
que se derrumba el campo socialista y la URSS y cuando el gobierno
de Estados Unidos, aliado, o más bien amo del gobierno
uruguayo, acentúa y recrudece su bloqueo. Once millones
de cubanos son testigos de lo que significó eso.
Hemos
dicho que estamos dispuestos a discutir dicha deuda cuando quieran;
pero que no deseamos, y nadie nos puede imponer que tal donación
no es una donación, sino un pago de deuda. Jamás
pagaríamos ninguna deuda con nuestra reserva de vacunas,
mientras reponíamos las mismas.
No
es un invento. Hay una tradición que el mundo conoce de
nuestro país y de nuestra política. No andamos con
mentiras ni demagogias de ninguna clase, y nos negamos con todo
derecho a que se ultraje nuestra donación. Realmente, una
miseria humana. Y digo que si rompen las relaciones, llegarán
puntualmente las vacunas restantes, tal vez 800 000 dosis, excepto
que no quieran que el avión aterrice allí, porque
a las 12:00 de la noche del 21 al 22 de abril, horas después
de la puñalada de Ginebra, llegaron a Montevideo las 200
000 dosis del tercer lote de vacunas y estarán listas todas
las demás.
Dos
mil seiscientos médicos cubanos prestan servicio gratuitamente
en países del Tercer Mundo a través del Programa
Integral de Salud, como ayuda de Cuba a países del Tercer
Mundo. No los voy a enumerar; pero no es en pago de deuda alguna,
ni toma venganza nuestro pueblo por las cosas que se le hicieron
a Cuba en los primeros años de la Revolución cuando
todos los gobiernos latinoamericanos se entregaron a Estados Unidos,
con la excepción de México, que tan terriblemente
doloroso papel desempeña ahora, a la cabeza de otra gran
traición a Cuba, como la que ya habían hecho aquellos
tristes y vergonzosos años de cobardía y entreguismo.
Estados Unidos les repartió nuestra cuota azucarera, de
4 millones de toneladas aproximadamente, que tenía un precio
diferencial. Esta vez, afortunadamente, unos cuantos no se sumaron
a la pérfida conjura. Toda esa historia hay que recordarla,
y que nosotros no pagamos deuda con nuestra sangre. ¡Con
nuestra sangre pagamos únicamente las deudas que tenemos
con la humanidad! Nuestros elementales deberes de solidaridad
con otros pueblos.
Es
ruin y miserable esa política del gobierno uruguayo. Y
a Cuba no se le puede amenazar, ¡nadie la puede amenazar!
Ha vivido 43 años amenazada por el gigante, que es hoy
tres veces más fuerte de lo que fuera entonces. Hemos resistido
y continuaremos resistiendo con nuestro honor, nuestra vergüenza
y nuestra conciencia, que es lo único capaz de explicar
la supervivencia de nuestro país y su revolución.
Excúsenme
por este paréntesis.
El
15 de abril, la Presidencia de México emite un comunicado
oficial donde informa que México votará a favor
del proyecto presentado por Uruguay.
Era
una decisión conocida por nosotros varios días antes.
Respondía a un acuerdo concertado con Estados Unidos.
Lo
más grotesco es que hasta se nos quiso sobornar y comprar
nuestro silencio sobre lo ocurrido en Monterrey. En medio de los
dramáticos acontecimientos que tenían lugar en Venezuela,
cuando la vida de Hugo Chávez corría mortal peligro
y todo parecía liquidado, el Embajador de México
en Cuba, al que no culpo, transmitía, la tarde del 13 de
abril, aproximadamente 38 horas antes del comunicado oficial del
15, un mensaje del gobierno mexicano prometiendo que Petróleos
Mexicanos podría asumir los suministros venezolanos que
dejaría de entregar PDVSA.
Nos
repugnaba la cínica maniobra de engaño con la que
pretendían neutralizar nuestra protesta contra la fechoría
que iban a cometer en Ginebra. El gobierno de México siempre
se opuso sistemáticamente a que Cuba recibiera beneficio
alguno de acuerdos como los de San José y otros. Le dimos
fríamente las gracias y no mostramos el menor interés
por la hipócrita oferta.
La
promesa de no auspiciar, promover, ni apoyar una resolución
contra Cuba, tanto de Castañeda como del presidente Fox
durante su visita a Cuba, había sido vilmente traicionada.
Puede
ocurrir todavía que algunos de los que me escuchan digan:
muy bien, todo está explicado de forma aparentemente lógica
y articulada, pero ¿quién garantiza que Castro,
considerándose un émulo de Shakespeare, no haya
inventado este drama? Para los que así piensan, les ruego
escuchen durante unos minutos la grabación donde constan
las palabras precisas, con el tono y énfasis exactos de
las voces de Fox y mía.
Los
presentes en esta conferencia, si lo desean, pueden llamar de
inmediato a Fox y Castañeda. Preguntarles si existió
o no esta conversación el 19 de marzo entre las 11:30 y
las 11:50 de la noche aproximadamente, si lo reconocen y si son
o no exactas estas palabras. Si se probara que tal conversación
no tuvo nunca lugar, y que éstas no son las palabras del
Presidente Fox, me comprometo a renunciar de inmediato a todos
mis cargos y responsabilidades como dirigente del Estado y de
la Revolución cubana. No tendría cara para seguir
dirigiendo este país con honor.
Me
gustaría, en cambio, que los autores de tantas mentiras
y del colosal embuste con el que quisieron manipular y embaucar
al pueblo mexicano y a la opinión pública mundial,
fuesen capaces de reaccionar con el mismo sentido de la dignidad
y el honor.
Los
pueblos no son masas despreciables a las que se puede engañar
y gobernar sin ética, pudor ni respeto alguno.
Por
decir estas verdades, las relaciones diplomáticas se podrán
romper, pero los vínculos fraternales e históricos
entre los pueblos de México y Cuba serán eternos.
Abril
22 del 2002
(OVACIÓN)
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