EL SIGNO
Las fuentes te�ricas de la semiolog�a: Saussure, Peirce, Morris
Juan Magari�os de Morentin
(Buenos Aires: Edicial, 1983)
[su inclusi�n en la web est� en elaboraci�n /1-09-02]
TERCERA PARTE
CHARLES MORRIS:
AN�LISIS CR�TICO
DE SU TEOR�A DE LOS SIGNOS
1. Las Condiciones del Signo
Charles Morris elude formular una espec�fica definici�n de signo, considerando que las [definiciones] enunciadas en el marco te�rico del conductismo (a cuyo �mbito �l se asimila [a partir de su trabajo de 1946]) pecan de un exceso de simplicidad, convirti�ndolo en mero sin�nimo de "est�mulo sustitutivo" y opta por formular conjuntos de condiciones bajo las cuales algo puede considerarse signo.
En tres momentos enuncia tales condiciones:
1�) "Si algo, A, controla el comportamiento hacia un objetivo de un modo semejante (pero no necesariamente id�ntico) al modo en que otra cosa B, controlar�a el comportamiento respecto a tal objetivo en una situaci�n en que �ste hubiera sido observado, entonces A es un signo" 1 (p. 7).
2�) "Si algo, A, es un est�mulo-preparatorio el cual, en ausencia de objetos-est�mulo que inicien secuencias de respuesta de una cierta familia de conducta, causa una disposici�n en determinado organismo a responder, bajo ciertas condiciones, mediante secuencias de respuesta de tal familia de conducta, entonces A es un signo" (p. 10).
3�) Al referirse a una clase especial de signos, los formantes ("formators": no en el sentido en que la ling��stica estructural lo utiliza como secuencias de rasgos distintivos), Morris emplea la misma t�cnica de enun ciar las condiciones mediante las que puede identificarse un signo, pero acotando este concepto en un nivel diferente, en cierto sentido "metasemi�tico": "Los formantes son signos que predisponen a sus int�rpretes a modificar en determinado sentido las disposiciones a la respuesta provoca da por otros signos, en aquellas combinaciones de signos en las que aparece el formante" (p. 158).
�Cu�les son las condiciones que establece Morris, en definitiva, como necesarias para afirmar la presencia del signo? Fundamentalmente pueden identificarse como pertenecientes a tres grandes grupos, seg�n se refieran a los caracteres presentes. a los ausentes o a la respectiva eficacia de unos y otros. El siguiente cuadro los muestra agrupados en forma comparativa:
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1er Enunciado |
2� Enunciado |
3er Enunciado |
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Presencia |
A Modo de control de la conducta hacia un objetivo (Observaci�n actual) |
A' Est�mulo-preparatorio |
A'' Signos (formantes) en combinaci�n con otros signos (no-formante) |
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Ausencia |
B Otro modo de control de la conducta hacia el mismo objetivo (Observaci�n virtual) |
B' Objeto-est�mulo |
B'' Combinaciones de signos ninguno de los cuales es un formante |
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Eficacia |
C Semejanza (no necesaria identidad) de A y B |
C' de B': iniciar secuencias de respuestas de determinada familia de conductas.
de A': provocar una disposici�n del organismo, bajo determinadas condiciones, a responder de modo semejante a como responder�a ante B' |
C'' de B'': provocar una disposici�n en su int�rprete a determinada secuencia de respuestas (por ejemplo: la que acontece en A o en A') de A'': provocar una disposici�n en su int�rprete a modificar, de modo determinado, la disposici�n a la respuesta que ocasionar�a B''. |
En un primer nivel de acceso cr�tico a estos enunciados, puede advertirse en todos ellos un concepto de comportamiento b�sico o t�pico, en cuanto no modificado, y una secuencia de conducta, s�lo identificable en referencia a la precedente, en la que se observa la presencia de uno o m�s elementos at�picos o modificados respecto a los correspondientes del otro virtual comportamiento t�pico.
El signo aparecer�a, as�, como lo excepcional en determinada conducta. Pese a lo cual, dicha conducta mantendr�a una eficacia semejante a la de la conducta originaria.
En el primer enunciado, tal "excepcionalidad " queda establecida a partir del supuesto de que ha sido percibida una conducta tendiente a la consecuci�n de un determinado objetivo y que, bajo la acci�n del control de determinado elemento (B), lo consigue; la "excepcionalidad" est� supuesta por la observaci�n de otra conducta tendiente a la consecuci�n del mismo objetivo, pero en la cual el elemento de control (que ahora es A) cambia y, no obstante, dicha conducta alcanza tambi�n exitosamente el mencionado objetivo. La acci�n controladora de B fue garant�a del �xito de la conducta; posteriormente se admite A como sustituto de B y si A logra garantizar el �xito de la correspondiente conducta, entonces A merece la calificaci�n de signo.
En el segundo enunciado, los elementos B' y A' parecen haber cambiado su estrategia de intervenci�n en la conducta, al tiempo que se identifican con mayor claridad. En efecto, en el enunciado anterior, el concepto de "control" parec�a situarlos, ya bien como una acci�n generalizada sobre la totalidad de la conducta, ya bien como un vago impulso hacia su cumplimiento; pero en todo caso aparec�an como susceptibles de intervenir en tal conducta, en un momento no especificado de su desarrollo, con la virtud de mantenerla o impulsarla a la consecuci�n del objetivo propuesto. En este segundo enunciado, aparecen n�tidamente situados al comienzo de la secuencia de respuesta en que tal conducta se concreta. El signo (inicial) sustituir�a a otra posible forma de iniciar una determinada conducta, excluy�ndose su intervenci�n (pero no su eficacia) en el transcurso del consiguiente desarrollo. Si bien B' no figura expresamente en este 2� enunciado, puede aceptarse que queda claramente identificado como el "objeto-est�mulo"; A'' por su parte, en ausencia de B', se identifica como un "est�mulo-preparatorio". Si A ' predispone al organismo a producir secuencias de respuesta pertenecientes a la misma familia de conducta que las que produce B', entonces A' es un signo.
La "excepcionalidad" de A' sigue presente. B' es el objeto est�mulo necesario para que se inicie una determinada conducta. Si falta (anormalidad de la situaci�n) puede hacerse presente A' (el signo) como est�mulo preparatorio y predisponer al organismo a la misma conducta que desencadenar�a la presencia de B'.
La identificaci�n de B' con el objeto-est�mulo y de A' (el signo) con el est�mulo-preparatorio, en la utilizaci�n que hace Morris de la teor�a behaviorista, adem�s de reafirmar el car�cter excepcional (con la consiguiente anormalidad de la situaci�n en estudio) del signo, es fuente de confusi�n por el papel que respectivamente les asigna en este 2� enunciado. No se trata ya, como en el precedente, de dos "modos semejantes (pero no necesariamente id�nticos )" de actuaci�n sobre la conducta. El objeto-est�mulo inicia secuencias de respuesta de determinada familia de conductas: el est�mulo-prepara torio causa una disposici�n a responder. "Un est�mulo-preparatorio es todo est�mulo que favorece una respuesta a alg�n otro est�mulo" (p. 8). De este modo, una secuencia de respuesta es la consecuencia de la acci�n de una energ�a f�sica sobre un organismo vivo receptor, siendo la fuente de tal energ�a la que se denomina objeto-est�mulo.
En cambio, cuando el est�mulo act�a incrementando la eficacia de otro est�mulo o produciendo en un organismo una predisposici�n a responder a alg�n otro est�mulo, entonces a tal est�mulo-preparatorio (de otro est�mulo ) se lo denomina signo. Aqu�, la atipicidad del signo radica en el hecho de distanciar lo de la conducta en cuyo origen se encontrar� siempre un objeto- est�mulo (y no un signo), releg�ndose el signo al papel de adaptador del organismo a una especial receptividad del objeto-est�mulo que ser� el que, en definitiva, desencadenar� la conducta. Esta mediatizaci�n de la funci�n que cumple el signo respecto a la causaci�n de una determinada conducta, se incrementa, con un nuevo intermediario, en el caso del tercer enunciado relativo a los signos formantes.
En efecto, el 3er enunciado supone: a) una conducta iniciada en un objeto-est�mulo determinado; b) una disposici�n a tal conducta facilitada por la previa intervenci�n de determinados est�mulos-preparatorios, o sea, de alg�n o de algunos signos; y c) una modificaci�n en la disposici�n a dicha conducta, por la participaci�n de los signos formantes en las combinaciones de signos que hab�an provocado la particular disposici�n precedente . En breve: a) una respuesta a un est�mulo; b) una disposici�n a tal respuesta; y c) una modificaci�n a dicha disposici�n.
En la perspectiva causal de la conducta, el signo aparece como un sustituto de su causa natural; o bien modifica la eficacia de tal causa; o modifica la modificaci�n de la causa. No se discute ahora la concepci�n behaviorista de Morris; se destaca la t�cnica utilizada para se�alar la presencia del signo: describir conductas que se apartan de un proyecto inicial por la presencia de los signos o que mantienen tal proyecto pese a la presencia de los signos.
El concepto de signo parte, pues, del concepto de conducta modificada. Ello implicar�a que la conducta de referencia, la que se supondr�a no modificada (y, en cierto modo, por consiguiente, natural) carecer�a de signos. Tendremos oportunidad de comprobar c�mo esta proposici�n que da rebatida en el an�lisis de los ejemplos ofrecidos por el mismo Morris (y falsada apenas se la pone en relaci�n con el espacio te�rico del lenguaje ). Marca adem�s, y como era de esperar, una actitud de contraposici�n extrema con el Wittgenstein que, en 1922 escrib�a: "Los l�mites de mi lenguaje significan los l�mites de mi mundo"2 y que, dos a�os antes de la publicaci�n de la obra de Morris afirmaba: "...imaginar un lenguaje significa imaginar una forma de 'vida' "3. Estos enunciados wittgensteinianos coinciden con la perspectiva semi�tica del ser humano, seg�n la cual se superponen mundo y semiosis. Resulta, no s�lo innecesaria, sino adem�s perjudicial ( de modo particular, por la distorsi�n que provoca en la b�sica estructura epistemol�gica de las ciencias sociales) la diferenciaci�n, impl�cita en la propuesta de Morris, entre una intervenci�n a-semi�tica en el mundo (en cuanto conducta pretendidamente natural o no modificada) y otra intervenci�n semi�tica (o ling��stica) que producir�a alg�n tipo de modificaci�n en la supuesta conducta de base. Su concepto de conducta modificada encuentra nuevas dificultades al estudiar los signos "formantes", en particular al referirse a los discursos l�gico-matem�ticos; pese a aceptar textualmente la afirmaci�n de Wittgenstein de que "haya enuncia dos que 'muestran' algo acerca del lenguaje sin referirse ...al lenguaje" (p. 271 , n. H) no logra establecer, como veremos, la calidad espec�fica del referente particular de tales lenguajes.
En cierto modo, el pensamiento semiol�gico deber� decidir entre considerar signo a todo aquello que puede formar parte del lenguaje (y deber� tenerse en especial consideraci�n que tambi�n forma parte del lenguaje el mundo dicho mediante tal lenguaje ) o seleccionar como signo s�lo a aquello que cumpla ciertas condiciones ex�genas (que no son por cierto las del lenguaje, ya que nadie calificar�a al timbre que estimula al perro de los ejemplos de Morris, como perteneciente al lenguaje ).
Pasemos a un segundo nivel de lectura cr�tica de los tres enunciados de Morris. Ello requiere tomar contacto con la estructura epistemol�gica y el desarrollo metodol�gico que utiliza.
Parte constantemente de un supuesto contraste entre dos conductas. Desde el punto de vista emp�rico, esto restringir�a la posibilidad de observaciones v�lidas, ya que siempre tendr�a que disponer de la otra conducta de contraste, para poder afirmar la presencia de signos, s�lo reconocibles por la modificaci�n en la disposici�n del interpretan te al que se supone de cierta y determinada forma dispuesto a tal modificaci�n.
Muchas pueden ser las conductas hom�logas (familias de conducta) y por diversas v�as lograr que tales conductas alcancen objetivos similares; pero no es esta amplitud la que le interesa a Morris, sino que, justamente, en su acotamiento (seg�n determinadas condiciones y de modo que queden seleccionadas algunas de tales conductas semejantes capaces de alcanzar un mismo objetivo) radica la construcci�n de su Teor�a de los Signos. Es as� como, desde el punto de vista epistemol�gico, est�n presupuestas toda una serie de condiciones l�gicas previas y mediante las cuales es posible identificar las condiciones emp�ricas que han de ser admitidas como pertinentes. El oscuro y, a veces, ambiguo camino que recorre en sus explicaciones, se origina en la ausencia de claridad en el establecimiento de tales condiciones l�gicas.
El intento de ir construyendo una teor�a cient�fica se ve constantemente debilitado por el temor, muy saludable, de no poder abarcar la totalidad de los fen�menos al tiempo que pretende llegar a enunciados v�lidos para toda observaci�n. Mediante la acumulaci�n de enunciados extensionales no logra formular los enunciados intensionales que dar�an forma te�rica a la doctrina de los signos. Morris enfrenta la niebla del futuro que nunca le garantiza la forma del pr�ximo fen�meno conductual que le tocar� observar, para cuya categorizaci�n te�rica necesitar�a del enunciado del m�ximo nivel alcanzable de precisi�n4.
La identificaci�n de tales condiciones l�gicas constituye, por tanto, la tarea liminar del estudio de los signos, o sea, de la semiolog�a; as� como su mayor responsabilidad te�rica la constituye la permanente b�squeda de enunciados de fen�menos que puedan contradecirlas, a los efectos del constante reordenamiento enriquecedor en que consiste la historia de cualquier disciplina cient�fica.
Hay dos caminos para enunciar tales condiciones l�gicas. Uno de ellos consiste en proponerlas en forma axiom�tica y, junto al enunciado de las reglas de formaci�n y transformaci�n de los esquemas y f�rmulas derivables de tales axiomas, constituir las hip�tesis de trabajo de la disciplina correspondiente. El otro consiste en la lectura cr�tica de los autores que han trabajado el problema, en este caso Morris, e ir poniendo de manifiesto las constantes, impl�citas y expl�citas, inherentes a sus exposiciones para, as�, de tales textos, extraer los enunciados de dichas condiciones l�gicas. Este procedimiento es m�s honesto cient�ficamente, ya que la axiomatizaci�n anteriormente mencionada no puede surgir de una inspiraci�n creadora ex nihilo, sino de la b�squeda de informaci�n y de la experiencia anal�tica del investigador que este segundo camino pone de manifiesto y somete a discusi�n. A su t�rmino, estar� igualmente la axiomatizaci�n y la formalizaci�n del trabajo cient�fico. Con lo cual tambi�n se toma conciencia y se respeta la historia del pensamiento cient�fico en cuyo campo se trabaja, haciendo manifiesto que sus alcances de investigador provienen de cuanto se ha elaborado precedentemente y ocupar�n el lugar que esa misma historia, dentro de su amplia gama de posibilidades, admita; sin audacias metaf�sicas pertinentes a la literatura pero no a la ciencia.
Del an�lisis de los tres enunciados de Morris pueden desprenderse, por tanto, un conjunto de problemas que, una vez identificados, deber� establecerse si poseen el valor explicativo que les atribuye Morris, si responden a preguntas que est�n correctamente formuladas o si implican a su vez otros problemas impl�citos, cuya formulaci�n ser�a previa a su tratamiento. Resumiendo las cuestiones a proponer, podr�an enunciarse los siguientes temas, que no se pretende resolver en este trabajo, sino, meramente, llamar la atenci�n respecto a su prioridad.
a) �Cu�l es el valor de los conceptos de "presencia" y "ausencia" en la construcci�n de una teor�a de los signos?
b) La "eficacia " en el logro de un objetivo, al menos semejante, mediante el desarrollo de dos conductas pertenecientes a una misma familia, �constituye un criterio v�lido para admitir la presencia de signos?
c) La "eficacia" �es un concepto emp�rico que permita eliminar las implicancias metaf�sicas (la aprensi�n de Morris hacia el mentalismo) del concepto de "significado"?
d) El signo, �puede ser identificado, inmediatamente, en la observaci�n de la conducta?
e) En definitiva, �qu� tipo de "condiciones" de la conducta pueden, mediante su observaci�n, permitir una inferencia respecto a las "condiciones" del signo?
Para formular los enunciados acerca de las condiciones del signo, Morris desarrolla dos ejemplos fundamentales cuyo an�lisis nos permitir� contrastar el valor respectivo del repertorio de preguntas que acaba de formularse.
Pese a lo extenso de la cita, proceder� a transcribir los p�rrafos en que Morris desarrolla tales ejemplos; ellos ser�n fundamentales para nuestro an�lisis:
"El primer ejemplo proviene de experimentos con perros. Si a un perro hambriento que va a cierto lugar para obtener alimento cuando ve o huele el alimento, se lo entrena de determinada manera, aprender� a ir a tal lugar por alimento cuando suene un timbre, a�n cuando no perciba el alimento. En tal caso el perro presta atenci�n al timbre pero, normalmente, no va hacia el timbre mismo; y si el alimento no es accesible hasta cierto tiempo despu�s de haber sonado el timbre, el perro no ir� hacia el lugar en cuesti�n hasta que haya pasado tal intervalo de tiempo. Muchos dir�n, en tal situaci�n, que el sonido del timbre es, para el perro, un signo de alimento en un lugar dado; en particular, un signo no-ling��stico. Si hacemos abstracci�n del experimento y sus propuestas en este ejemplo, atendiendo s�lo al perro, el ejemplo proporciona lo que generalmente se llaman "signos naturales", de modo semejante a c�mo una nube negra es un signo de lluvia. Tal es el sentido que deseamos atribuir a este experimento.
"El segundo ejemplo proviene de la conducta humana. Una persona maneja a lo largo de una carretera, en marcha hacia una determinada ciudad; otra lo detiene dici�ndole que la carretera est� bloqueada, algo m�s adelante, por un derrumbe. La persona que escucha los sonidos que la otra utiliza no contin�a hacia el lugar en cuesti�n sino que se vuelve hacia un camino lateral y toma otra ruta hacia su destino. Se dir� com�nmente al respecto, que los sonidos producidos por una persona y escuchados por otra (e incluso por el mismo que los emite) son, para ambos, signos del obst�culo en la carretera y, en particular, son signos ling��sticos a�n cuando las respectivas respuestas de ambas personas son muy distintas.
"Lo com�n en estas dos situaciones es que, tanto el perro como la persona, dirigen su conducta a la manifestaci�n de una necesidad, el hambre en un caso y la llegada a determinada ciudad en el otro. En cada caso el organismo tiene varios caminos para alcanzar sus objetivos: cuando huele la comida, el perro reacciona de modo diferente a cuando suena el timbre; cuando encuentra el obst�culo, el hombre reacciona de modo diferente a cuando se lo dicen, estando a distancia de tal obst�culo. Adem�s, no responde al timbre como a la comida, ni a las palabras dichas como a un obst�culo; el perro puede esperar un tiempo antes de ir hacia la comida y el hombre puede continuar manejando un tiempo por la carretera bloqueada antes de volverse hacia otro camino. Y tambi�n, en cierto sentido, tanto el timbre como las palabras controlan o dirigen el curso de la conducta hacia un objetivo de modo semejante (aunque no id�ntico) al control que ejercer�a el alimento o el obst�culo si hubieran estado presentes como est�mulo; el timbre constri�e la conducta del perro a la b�squeda del alimento en determinado lugar y en determinado momento; las palabras constri�en la conducta del hombre a llegar a determinada ciudad superando cierto obst� culo en un lugar dado de una carretera dada. El timbre y las palabras son, en cierto sentido, 'sustitutos' en el control de la conducta respecto al control que ejerc�a sobre la conducta aquello que significan, si hubiera sido observa do ello mismo"(p. 5 y 6).
El aspecto m�s externo del an�lisis de los precedentes ejemplos nos conduce al primer interrogante planteado al final del apartado anterior: �cu�l es el valor de los conceptos de "presencia " y "ausencia " en la construcci�n de una teor�a de los signos?
El primer ejemplo, que Morris aproxima al concepto de los que denomina "signos naturales", plantea un conjunto de acontecimientos secuencialmente ordenados. El encadenamiento que los vincula, es evidentemente, causal. Pueden identificarse dos supuestos:
Supuesto A:
1) Perro hambriento... 2) Visi�n u olfaci�n del alimento... 3) Encamina miento hacia el alimento... 4) Comida del alimento
Supuesto B:
1) Perro hambriento... 2) Audici�n del sonido de un timbre... 3) Encaminamiento hacia el alimento... 4) Comida del alimento.
Todav�a, al final del primero de los p�rrafos transcriptos, Morris da un ejemplo, concentrado, de "signo natural", cuya correspondencia con el desarrollo secuencial de los precedentes supuestos es el siguiente:
Supuesto C:
2) Presencia de una nube negra... 4) Ca�da de lluvia.
Al margen de toda discusi�n referida al causalismo como posibilidad, o no, de producir la explicaci�n cient�fica de un fen�meno semi�tico, interesa aqu� establecer la diferencia entre los conceptos de anticipaci�n y sustituci�n.
Con respecto a la anticipaci�n [tambi�n llamada "se�al"] (dejando de lado la llamada, en ocasiones, anticipaci�n cient�fica, o sea, la predicci�n), se trata de un comportamiento que, por reiteraci�n semejante, se conecta con otro comportamiento futuro, ya bien como cumplimiento relativamente vinculado y automatizado (aprendizaje animal), ya bien como conocimiento (el cual, en el hombre, no se produce solamente por este proceso de reiteraci�n, vinculaci�n y automatizaci�n, sino mediante el aprendizaje de instrumentos de transformaci�n aut�nomos respecto a la materia a transformar). Tal, en los ejemplos que se comentan, la vinculaci�n existente entre la "visi�n u olfaci�n del alimento" y el "encaminamiento" y el "consumo del alimento". O bien, cuando, supuesto un espectador con informaci�n previa, se vincula la "presencia de una nube negra" con la posterior "ca�da de lluvia".
En ocasiones, tal anticipaci�n opera en sentido inverso, en cuyos casos se tiene un "indicio" de algo que ya ha acontecido previamente5. Tal es el caso de la huella en la arena, que es el indicio de que un pie ha pisado all�; o del humo que se alza tras un obst�culo a la vista, que es indicio de que all� detr�s hay un fuego [en este supuesto, en realidad, no hay recuperaci�n de un acontecimiento pasado, sino de un acontecimiento contempor�neo del que se est� percibiendo, por lo que prefiero diferenciarlo como "s�ntoma"]. Aqu� los desarrollos secuenciales poseen un distinto orden seg�n se consideren como acontecimientos o como percepciones:
Supuesto D:
(Orden secuencial del acontecimiento )
4) Presi�n de un pie sobre la arena... 2) Huella de tal pie.
( Orden de percepci�n del acontecimiento )
2) Huella de un pie... 4) Presi�n de un pie sobre la arena.
Supuesto E:
(Orden secuencial del acontecimiento )
4) Combusti�n de determinados elementos -fuego-... 2) Formaci�n de la humareda.
(Orden de percepci�n del acontecimiento)
2) La humareda formada... 4) Combusti�n de determinados elementos -fuego-.
En todas las situaciones enunciadas bajo C, D y E, existe una vinculaci�n temporal y, en una u otra forma, causal entre los fen�menos que se han caracterizado como 2 y 4, en todas sus variantes. Pero la "anticipaci�n" de algo que est� por sobrevenir y que, en condiciones normales, habr� de sobrevenir, as� como el "indicio" de que algo ha acontecido, se distancian de ese acontecimiento futuro o pasado por elementos, en alguna forma, materia les; de tal modo resultar�n perfectamente constatables, transformando a la distancia que parece separarlos en una continuidad entre el primer elemento percibido y aquel en que termina el proceso; no se dar�a, por tanto, un par de elementos, simult�neamente vinculados, uno presente y el otro ausente, sino que ambos ser�an sucesivamente reubicables en un presente contingentemente desplazado hacia el futuro o hacia el pasado [como observ�, en el caso del s�ntoma, actualmente, le doy predominio a la contemporaneidad de los elementos integrantes, si bien uno perceptualmente presente y el otro ausente].
Del mismo modo, si percibimos continuadamente el comportamiento del perro, lo veremos, primero, prestar atenci�n al olor o a la visi�n de la comida y, despu�s, comenzar a desplazarse hasta llegar, en el momento siguiente, ante el plato de comida y proceder a devorarlo. Lo mismo ocurrir� si en vez de olerla o verla, la escucha (tal el sentido de su aprendizaje de respuesta al timbre, sobre el que volveremos enseguida ). La distancia entre el olor o la visi�n o el sonido del timbre y la comida abarca una distancia temporal que queda cubierta por una sucesi�n ininterrumpida (o con eventuales desv�os que no desdicen la continuidad de la secuencia) de comportamientos (manejando el adecuado instrumental semiol�gico, puede anticiparse que, en tales casos, no se est� en presencia de signos m�s que en la medida en que �stos est�n ya integrados en discurso).
Si percibimos continuadamente la nube negra es posible que no tardemos en comenzar a percibir la ca�da de la lluvia. Si se elimina el obst�culo tras el cual se alzaba la humareda se habr� podido percibir la continuidad e integraci�n que vincula a los fen�menos del fuego y el humo. Tambi�n la distancia entre la huella y el pie depende de que hayamos sido espectadores de la pisada o que s�lo dispongamos del molde mientras el pie que fue su complemento se va distanciando, quiz� en el espacio, pero seguramente en el tiempo, como los tres millones y medio de a�os que nos separan de quienes, seg�n Mary Leakey, pisaron las cenizas volc�nicas, sobre la explanada de Laetoli6.
La situaci�n en todos estos casos y, especialmente, en la del perro propuesto por Morris como ejemplificaci�n del signo natural, es la de un espectador que percibe tan s�lo una parte del discurso o que lo secciona en componentes de su transcurso, de modo tal que se convierte al "antes" en un sustituto del "despu�s", o viceversa. As�, estando, en la anticipaci�n, el "antes" presente, se lo mal interpreta como un sustituto de un ausente que, simplemente, estar�a "despu�s"; o bien, siendo, en el indicio, el "despu�s" el que se percibe en un momento presente, tambi�n se lo mal interpreta cuando se lo supone sustituyendo a un ausente que es, simplemente, el "antes" de tal indicio. [Mi criterio, respecto de este tema, se ha modificado, para dar lugar a la propuesta de la Semi�tica Indicial. Sugiero ver los textos correspondientes en http://go.to/centro-investigaciones-semioticas/Semiotica-Indicial.html ]
Como puede verse, en todas estas situaciones, la presunta capacidad de sustituci�n (y, por tanto, de representaci�n) de un determinado ausente mediante determinada presencia no responde a la relaci�n formal de los elementos considerados, sino a una mera situaci�n coyuntural del observador. Existe una supuesta situaci�n �ptima, a�n incluso si se la considera puramente hipot�tica como la que se dar�a ante las huellas de la llanura de Laetoli, en que un observador percibiera la totalidad del fen�meno, en cuyo caso no se le ocurrir�a plantear a la primera parte del acontecer percibido como signo de la segunda o posterior parte, sino como su mero antecedente, causal o no. Si desde una ventana se ve una esquina de la ciudad y se ven avanzar dos autom�viles, uno por cada una de las calles que confluyen, sincronizados en tiempo y velocidad, no puede decirse que la marcha de los autom�viles sea un signo del posterior encontronazo de ambos; no obstante, en cada una de las chatarras resultantes est� la huella del otro auto. El invierno no es un signo de la primavera, aunque en aqu�l ocurran fen�menos que anticipan lo que habr� de ocurrir en �sta. Existe, por tanto, un uso vulgar del t�rmino "signo" que se ha infiltrado peligrosamente en la teor�a y que no se corresponde en absoluto con el valor cient�fico con que se pretende atribuir univocidad en tal teor�a al concepto del signo. El lenguaje vulgar toma lo que ciertamente constituye una de las caracter�sticas definitorias del signo: su capacidad de sustituci�n; pero transforma el sustituyente y lo sustituido en un antes y un despu�s, a trav�s de una interpretaci�n material (y no en su valor l�gico) de los t�rminos presente y ausente inherentes a toda sustituci�n.
En el caso de aquellos fen�menos perceptuales (sensorial o intelectual mente) a los que puede denominarse signo en sentido riguroso, su capacidad de sustituci�n implica la existencia de una distancia infranqueable entre el elemento presente y el ausente. Entre la palabra "taza " y el correspondiente objeto no existe continuidad posible: pertenecen a dos niveles de los que simplemente puede afirmarse que no interact�an; cada uno de ellos guarda una relaci�n de contig�idad y eventualmente de continuidad tan s�lo con elementos pertenecientes a su propio nivel; entre elementos vinculados por tal relaci�n de contig�idad no puede plantearse la afirmaci�n de que unos sean signos de los otros; meramente los anticipan o conservan la influencia de los que los precedieron. Entre elementos del mismo nivel se pueden formar, ya bien "sistemas" (y as� la sustituci�n viene a producirse por determinaci�n arbitraria y convencional entre los lugares hom�logos de sistemas correspondientes a contig�idades diferentes), ya bien "discursos" (en que, de todas las relaciones posibles en un sistema determinado, se actuali zan aquellas que interesan a los efectos de que otras relaciones posibles de otro determinado -pero distinto al anterior- sistema queden, por efecto de las primeras, semejantemente actualizadas). Tambi�n, mediante mecanismos metaling��sticos espec�ficos pueden organizarse discurso entre elementos heter�logos, pero, para configurar adecuadamente tal tipo de discursos se requiere haber formulado algunas precisiones t�cnicas ajenas a lo que estamos tratando y que en ning�n modo convalidar�an los ejemplos que se critican.
Morris, en el segundo de los p�rrafos citados, da un ejemplo perteneciente al nivel de los signos ling��sticos. Siempre limit�ndonos al an�lisis del valor de los conceptos de "presencia " y "ausencia " en la teor�a de los signos, vemos que Morris vincula en su ejemplo las palabras de advertencia respecto a la existencia de un obst�culo en una ruta con el obst�culo mismo; lo cual, en principio, es correcto respecto a dichos conceptos. No quiere incurrir en el mentalismo propio del t�rmino "palabras" y lo sustituye por "los sonidos producidos por una persona y escuchados por otra ". Seg�n su planteo, entre los "sonidos" y el "obst�culo" existir�a una relaci�n de cierta afinidad con la que existir�a entre el "timbre" y la "comida", en el ejemplo del perro.
Aqu�, el desarrollo de la exposici�n de Morris es equ�voco, como se percibe cuando escribe a continuaci�n: "Lo com�n a estas dos situaciones que tanto el perro como la persona dirigen su conducta a la satisfacci�n de una necesidad, el hambre en un caso y la llegada a determinada ciudad en el otro". Pero debe observarse que, mientras, en el caso del perro, el timbre est� propuesto (err�neamente ) como signo de la comida ( que es el objetivo que satisface su necesidad), en el caso de la persona los sonidos que uno emite y otro escucha est�n propuestos (m�s certeramente) como signo del obst�culo ( que no es el objetivo que satisface su necesidad, el cual est� constituido por la llegada a la ciudad a la que se dirige). La simetr�a le exigir�a haber puesto a la ciudad como aquello de lo cual los sonidos ser�an signo; pero la evidencia del absurdo se lo impide, con lo cual su propia interpretaci�n de los ejemplos propuestos se hace contradictoria.
El an�lisis de este segundo ejemplo requiere tambi�n tener en cuenta las situaciones que est�n en juego, su encadenamiento secuencial y los lugares entre los que se producen las respectivas sustituciones. El planteo es m�s complejo que en el caso del perro que, en un primer supuesto, respond�a a la visi�n y olfaci�n y, en el segundo, al sonido del timbre.
Habr�a aqu� una situaci�n b�sica en la cual nada perturba el avance del automovilista hacia su destino; posteriormente estar�an las situaciones ejemplificadas por Morris.
Supuesto F:
1) Un conductor maneja su autom�vil por una carretera... 5) Existencia de una carretera que une el punto en que se encuentra el autom�vil en un momento dado con una determinada ciudad... 4) La ciudad hacia la que se dirige el autom�vil.
Supuesto G:
1) Un conductor maneja su autom�vil por una carretera... 5) Existencia de una carretera que une el punto en que se encuentra el autom�vil en un momento dado con una determinada ciudad... 6) Existencia de un obst�culo en dicha carretera... 4) La ciudad hacia la que se dirige el autom�vil.
Supuesto H:
1) Un conductor maneja su autom�vil por una carretera... 5) Existencia de una carretera que une el punto en que se encuentra el autom�vil en un momento dado con una determinada ciudad... 6) Existencia de un obst�culo en dicha carretera... 2) Sonidos (informaci�n) que alguien proporciona al conductor del autom�vil acerca del obst�culo en la carretera... 7) Existencia de otra u otras rutas alternativas para llegar a la ciudad hacia la que se dirige el conductor del autom�vil... 3) Abandono de la primera carretera y opci�n por la carretera alternativa... 4) Ciudad hacia la que se dirige el autom�vil.
En resumen, los componentes que intervienen en cada una de las distintas variantes de la totalidad de los ejemplos propuestos son las siguientes:
Componentes
Supuesto A: 1-2-3-4
Supuesto B: 1-2-3-4
Supuesto C: -2- -4
Supuesto D: -2- -4
Supuesto E: -2- -4
Supuesto F: 1-
- -4-5
Supuesto G:
1- - -4-5-6
Supuesto H: 1-2-3-4-5-6-
7
Cada tipo de estos componentes puede caracterizarse semiol�gica mente de la siguiente manera:
Componente 1:
Es el int�rprete del signo. Es
protagonista en el proceso de comunicaci�n en cuanto receptor. Para Morris
evidenciar� la existencia del signo mediante el comportamiento subsiguiente a
su percepci�n e interpretaci�n.
Componente 2:
Elemento incompleto por s� mismo que se
integra con otro para formar una totalidad diferente (el signo). Atendiendo al
orden de producci�n de su complementario, en todos los casos, tal como los
expone Morris. su presencia antecede a la de tal complementario.
Componente
3:
Conducta adoptada como consecuencia de la
presencia del componente 2.
Componente 4:
En A, B, F, G y H, es el objetivo final que busca alcanzar la conducta. Para
Morris, como ya advertimos, es ambiguo: por una parte lo establece como la
"necesidad" que queda cumplida con la conducta de los respectivos
protagonistas de sus ejemplos, pero, por otra parte, establece que "los
sonidos producidos por una persona y escuchados por otra... son, para ambos,
signos del obst�culo en la carretera ", con lo cual, al tiempo que afirma
que el signo "controla el comportamiento hacia un objetivo" (o sea,
hacia la satisfacci�n de una necesidad) hace aparecer al obst�culo como un
elemento intermediario, sin definir si es el obst�culo o es la llegada a
determinada ciudad, el complemento que integrar�a el signo junto con el
componente 2. En C, D y E, es el fen�meno en que se transforma el componente 2;
la derivaci�n causal de 2 hacia 4 hace que se los considere complementarios
estructural mente y, seg�n Morris (pero seg�n nuestra hip�tesis de forma
totalmente equivocada) constituyen casos caracter�sticos de "signos
naturales".
Componente 5:
Es un elemento contextual que, en este
caso, determina el �mbito f�sico en el que se cumple la conducta que contiene
al signo.
Componente 6:
Es el elemento que, ambiguamente, aparece
tambi�n, en el desarrollo de Morris, como complementario del componente 2 en el
supuesto H.
Componente 7:
Idem al componente 5.
En definitiva, para Morris, el signo se estructura por la relaci�n existente entre 2 y 4 o, en su caso, no debidamente aclarado, por la relaci�n entre 2 y 6. Traduciendo esto nuevamente a las situaciones de los ejemplos propuestos y omitiendo por el momento la actividad del int�rprete, quiere decir:
Signo en A: 2)
Visi�n
u olfaci�n del alimento... 4) Comida del alimento.
Signo en B: 2)
Audici�n del sonido de un timbre... 4) Comida del alimento.
Signo en C:
2) Presencia de una nube negra... 4) Ca�da de la lluvia.
Signo en D: 2)
Huella de un pie en la arena... 4) Presi�n del pie sobre la arena.
Signo en E: 2)
Humareda... 4) Combusti�n de determinados elementos.
Signo en F: No se
produce por no haber elementos correlacionados.
Signo enG: No se produce
por no haber elementos correlacionados.
Signo en H: 1� posibilidad: 2)
Sonidos (informaci�n)... 4) Ciudad hacia la que se dirige el autom�vil.
2� posibilidad: 2)
Sonidos (informaci�n)... 6) Obst�culo en la carretera.
Es caracter�stica com�n en todos estos pares de componentes correlacionados el hecho de no ser percibidos simult�neamente; mientras el indicado en 1er t�rmino (2) es actualmente percibido, el segundo t�rmino del par (4) es un supuesto o inferencia mientras no se verifique el desarrollo de la conducta (o del fen�meno) que vincula al primero con el segundo.
Esta no simultaneidad o distancia, como ya hab�amos advertido, en A, B, C y H ( la posibilidad) se desplaza temporalmente implicando la posterioridad del segundo t�rmino (ausente) respecto al primero. En D hay tambi�n desplazamiento temporal, pero implicando anterioridad del segundo t�rmino (4) (ausente) respecto al primero (2). En E, el desplazamiento es m�s perceptual que temporal, ya que el humo y el fuego pueden considerarse (al margen de precisiones f�sico-qu�micas que aqu� no nos interesan) como simult�neos; se integran, por tanto, en una totalidad de la que s�lo se percibe una parte, lo que obliga a establecer la no percibida como inferencia. En H (2� posibilidad), el desplazamiento es fundamentalmente espacial; la in formaci�n y el obst�culo, tal como est�n planteados en el ejemplo, no se perciben simult�neamente; no obstante, es evidente que dicha distancia podr�a desaparecer en el caso de que alguien, ante un obst�culo en una carretera, lo enuncie como tal, al margen del valor redundante que poseer�a tal informaci�n.
Podr�a pues concluirse al respecto que, para afirmar la presencia del signo, se requieren dos elementos relacionados; dichos elementos deben ser diferenciables y contener la posibilidad de distanciarse temporal y/o espacialmente, sin que sea necesario que se encuentren efectivamente distancia dos en uno u otro sentido (la diferenciaci�n deber� garantizar, en todo caso, la real distancia l�gica existente entre ellos).
Tanto para dilucidar la ambig�edad inherente a H, respecto a cu�les son los componentes que se correlacionan para constituir el signo, si 2- 4 � 2 -6, como para completar las implicaciones inherentes al par de situaciones descritas en A y B, es necesario tomar en cuenta el comportamiento del "int�rprete".
En el ejemplo cuyas dos situaciones son A y B tal int�rprete lo es el perro. En tales situaciones se totalizan tres componentes: i) el olor de la comida (dejamos de lado la visi�n que no enriquece el ejemplo y simplemente alude a la simultaneidad entre est�mulo y objeto de la conducta, siendo preferible trabajar en funci�n de la no simultaneidad, lo cual, sin distorsionar el an�lisis, ayuda a identificar claramente la autonom�a de los elementos cuya dependencia se estudia); ii) la comida; y iii) el sonido del timbre. Lo que a Morris le interesa estudiar es el valor del timbre, o sea, de su sonido, a tra v�s del control que ejerce sobre la conducta del perro. El timbre sustitu ye al olor, en cuanto control sobre la conducta, interviniendo en tal con ducta de modo semejante a como puede intervenir el olor. O sea, que el componente 3 (el encaminamiento del perro hacia el alimento) se produce en forma semejante, cuando se dan una u otra de las variantes del componente 2 (en A: olor; en B: sonido del timbre ). Incluso advierte expresamente que: "El perro presta atenci�n al timbre pero normalmente no va hacia el timbre mismo", sino que ir� hacia el lugar en que se encuentra la comida. Es f�cil advertir que aqu� hay un cambio de nivel l�gico subyacente que no permite admitir pac�ficamente el planteo. Si lo natural es que el perro huela la comida y, por esta causa, se dirija hacia ella, ser� necesario que "se lo entrene de determinada manera " para que se dirija hacia la comida cuando escuche el sonido de un timbre. Si no se lo adiestra en ese sentido, cuando el perro escuche el sonido de un timbre, si se logra que le preste atenci�n, dirigir� la mirada o, quiz�s, incluso se encamine hacia el lugar de donde procede tal sonido. Pero, en el ejemplo y con el condicionamiento mencio nado, se dirigir� hacia la comida. Efectivamente, el perro ha sido capaz de reaccionar de modo semejante ante el timbre o ante el olor: en ambos casos va hacia la comida. Este �ltimo comportamiento es demostrativo de que, en su capacidad de recepci�n (en el perro como int�rprete) olor y timbre son intercambiables, o sea, se sustituyen rec�procamente. El ir hacia la comida no sustituye al olor, ni el olor sustituye a la comida; tampoco la comida sustituye al timbre, ni el timbre a la comida. El olor es "signo" de la comida s�lo en el sentido vulgar y no t�cnico a que ya antes nos hemos referido: una anticipaci�n cronol�gica o espacial que, por efecto de su reiteraci�n, permi te anticipar la producci�n de un determinado resultado o efecto. No es v�lido tal sentido para una consideraci�n cient�fica del signo porque ello elevar�a a la condici�n de signo cualquier antecedente respecto a su conse cuente. El signo no vincula a los elementos que correlaciona seg�n una implicaci�n material. Por otra parte, en forma m�s grave para el an�lisis, ello supondr�a confundir la relaci�n de sustituci�n que caracteriza al signo con la relaci�n de integraci�n que caracteriza al discurso. O sea; el perro, el olor de la comida y la comida se integran en un discurso y no en una estructura de signo. Podemos ayudarnos a comprenderlo mediante el an�lisis de un di�logo estereotipado (que por el hecho de su estereotipia es semejante a una conducta habitual o ya reiterada). Si alguien dice: "Buenos d�as", es muy posible que obtenga como respuesta: "�C�mo est� usted?" Ahora bien, a nadie se le ocurrir�a decir que "Buenos d�as" sea un signo de "�C�mo est� usted?"; simplemente suelen sucederse en la conducta del saludo convencional. (Tampoco el "buenos" es signo de "d�as", si bien cuando, en determina da situaci�n, alguien dice "buenos" es muy posible que termine diciendo "d�as"; ni la ineducada abreviaci�n de "�Buenas!" es signo de "tardes" ni de nada; es simplemente una abreviaci�n vulgar, ya que es tan familiar lo que sigue que se omite completar la frase.) En definitiva, no es correcto tomar a la causa como signo del efecto, ni lo previo como signo de lo subsiguiente. O sea, la relaci�n planteada por Morris de 2-4 no es conducente para la producci�n del signo. En el supuesto A deber� concluirse que no existe signo. Si al supuesto B lo tomamos como propuesta aislada, tampoco en �l podr� identificarse signo alguno (aparte de los del propio enunciado des criptivo de la conducta animal). El olor no es signo de comida; el timbre, tampoco. Pero en cambio, trabajando sobre la relaci�n de transformaci�n existente entre A y E, en cuanto conductas descriptas y no como enunciados, corresponde afirmar que el timbre es signo del olor. Aqu� se produce una aut�ntica estructura de sustituci�n: 1�) El lugar que ocupa el "olor", en la descripci�n de la conducta del perro en el supuesto A, es hom�logo al lugar que ocupa el "sonido del timbre", en el supuesto B. 2�) La posibilidad de que ello sea as� ha requerido un previo aprendizaje mediante el cual el perro ha llegado a ser int�rprete ( conservando la terminolog�a de Morris provisional mente) del "sonido del timbre", de modo semejante a como era int�rprete del "olor". En definitiva, para un perro adiestrado de este modo, la comida no s�lo huele sino que adem�s suena. Por consiguiente, los elementos componentes del signo, en el ejemplo propuesto, son (2 en B) y (2 en A), lo cual se constata por la similitud del comportamiento del perro en A y en B. Tal como Morris plantea el ejemplo, los elementos componentes del signo (significante-significado, representamen-fundamento o, simplemente, presente-ausente) no se encuentran, como �l pretende, en dos lugares distintos de un mismo discurso, sino en dos lugares hom�logos de discursos distintos.
Los equ�vocos precedentes provienen, en gran parte, del mal uso del concep to de "signo natural" que hace Morris. Por cuanto hemos dicho, un antece dente no es signo de un consecuente, ni "natural" ni "artificial". Hablar de signos "naturales" s�lo es (relativamente) leg�timo para referirse a los signos del habla, ya que lo verbal es el instrumento "natural" (en cuanto m�s generalizado y, eventualmente, el de mayor capacidad de sustituci�n) con el cual el ser humano construye los signos pertinentes al lenguaje ; lo cual nada tiene que ver con el sentido en que lo menciona Morris.
Con respecto al segundo ejemplo, el supuesto H, en que interviene el lenguaje verbal propiamente dicho, son tambi�n identificables tres elemen tos fundamentales: i) el derrumbe; ii) la ciudad a la que se dirige el automovilista; y iii) los sonidos (informaci�n) acerca del derrumbe. Aqu�, en principio, Morris advierte acerca de la existencia de dos int�rpretes: el receptor y el emisor (que es tambi�n receptor de sus propios sonidos); para un m�s simple an�lisis prescindiremos de este segundo int�rprete (el emisor), ya que es el comportamiento del receptor el qu� interesa a Morris de modo especial para evidenciar la presencia y eficacia del signo.
Seg�n plante�ramos poco antes, deber� establecerse cu�les son los componentes mediante cuya correlaci�n se produce el signo: si se trata del par 2-4 o del par 2-6. Cuanto se ha dicho en el caso de la conducta del perro contin�a siendo v�lido y permite r�pidamente eliminar el par 2-4 como representativo de la estructura del signo. La llegada a la ciudad, en cuanto objetivo de la conducta del automovilista, todo lo m�s podr�a garantizar la sustituibilidad entre (2) los sonidos y (6) el obst�culo; pero no necesariamente, ya que bien pudiera el automovilista, por temer o por comprender que llegar�a demasiado tarde a la ciudad a la que se dirige, dado el rodeo a que le obligar�a el cambio de ruta, decidir regresar al punto de partida. Pero estas decisiones, as� como las variantes intermedias que admite Morris, ser�n fruto de actitudes psicol�gi cas o de racionalidad que no hacen a nuestro problema semiol�gico. Ni los sonidos (informaci�n), ni el obst�culo en s� mismo son signos de la ciudad a la que se dirige. Aqu� es m�s evidente que son meras instancias que ocupan su lugar en una secuencia de acontecimientos sin representatividad alguna respecto al objetivo pretendido; pueden, como toda sucesi�n de etapas, el cumplimiento de cada una de las cuales permite iniciar la siguiente, facilitar o dificultar la consecuci�n de tal objetivo (contextualmente), pero, repito, no representarlo.
Por econom�a de exposici�n, el supuesto H se propuso integrando todos sus elementos en forma lineal, del 1 al 7. Ahora, ello puede perjudicar la comprensi�n del fen�meno del signo: la enunciaci�n de la sustituibilidad entre (2) los sonidos y (6) el obst�culo, lo que parecer�a contradecir lo estableci do respecto a la necesidad de excluir de la estructura del signo la composici�n entre elementos que pertenecen meramente a un antes y un despu�s. Por la di ficultad que puede representar, para quien no est� avezado a los an�lisis semiol�gicos, continuar la explicaci�n de la estructura del signo relacionando e lementos que aparentemente forman parte de una misma secuencia, resulta o portuno diferenciar las dos situaciones que subyacen en el enunciado supues tamente unitario y dar as� lugar al conocimiento que de la existencia del obst� culo pueda tenerse, ya que es tal conocimiento lo que habr� de quedar susti tuido por los sonidos (informaci�n) y no la pura existencia fenom�nica del derrumbe.
Supuesto H1
1) Un conductor maneja su autom�vil por una carretera... 5) Existencia de una carretera que une el punto en que se encuentra el autom�vil, en un momento dado, con una determinada ciudad... 6) Existencia de un obst�culo, en dicha carretera... 2) percepci�n de dicho obst�culo por el conductor del autom�vil... 7) Existencia de otra u otras rutas alternativas para llegar a la ciudad hacia la que se dirige el conductor del autom�vil... 3) Abandono de la primera carretera por el conductor del autom�vil y opci�n por la carretera alternativa... 4) Ciudad hacia la que se dirige el autom�vil.
Supuesto H2
(Se mantiene el desarrollado inicialmente bajo H, que se reproduce por comodidad de lectura.)
1) Un conductor maneja su autom�vil por una carretera... 5) Existencia de una carretera que une el punto en que se encuentra el autom�vil en un momento dado con una determinada ciudad... 6) Existencia de un obst�culo en dicha carretera... 2) Sonidos (informaci�n) que alguien proporciona al conductor del autom�vil acerca del obst�culo en la carretera... 7) Existencia de otra u otras rutas alternativa para llegar a la ciudad hacia la que se dirige el conductor del autom�vil... 3) Abandono de la primera carretera por el conductor del autom�vil y opci�n por la carretera alternativa... 4) Ciudad hacia la que se dirige el autom�vil.
La introducci�n del supuesto H1 se cumple a los solos efectos de poseer la descripci�n de una conducta en que no interviene una informaci�n de un tercero acerca de la existencia del obst�culo, sino que tal obst�culo es percibido directamente por el protagonista de la conducta total. La relaci�n estructuradora del signo se establece as�, de modo semejante a la correspon diente conducta animal, entre los componentes (2 en H1) y (2 en H2). El obst�culo no s�lo puede ser percibido por un sujeto, sino que �ste puede ser informado acerca de su existencia. Lo que los sonidos que informan sustitu yen no es pues el obst�culo, sino su percepci�n; o, lo que es lo mismo, los sonidos proporcionan una forma de acceder al conocimiento del obst�culo que es sustitutiva respecto a su percepci�n.
Al eliminar, en la consideraci�n del supuesto H, tanto al par 2-6 como al par 2-4 como designativos de los elementos que componen al signo, de nuevo se rechaza que la relaci�n constitutiva del signo pueda establecerse en la interioridad de un discurso; (2 en H1) y (2 en H2) son, una vez m�s, lugares hom�logos en discursos distintos y, estos s�, con una capacidad de relaci�n de sustituci�n que es constitutiva de la estructura del signo.
Hasta ahora hemos efectuado, por una parte, el an�lisis de los tres enunciados acerca de las condiciones del signo, y, por otra, el an�lisis de las dos situaciones ejemplares propuestas por Morris. Trataremos de ensayar la posibilidad de integraci�n entre ambos an�lisis.
�De qu� manera se puede garantizar la efectividad de la sustituci�n ( o sea, que ha habido sustituci�n y que la sustituci�n se ha establecido entre los elementos se�alados: [2 en B] y [2 en A] en un caso, as� como [2 en H2] y [2 en H1] en el otro) si no es controlando los resultados alcanzados por las respectivas conductas (o sea, su eficacia) en cada uno de tales casos? �Es cierto que cualquier intento de afirmar la sustituci�n, con independencia de tal verificaci�n conductual, implicar�a la utilizaci�n mentalista (o sea, metaf�sica) del concepto de "significado"? Estas preguntas recuperan la problem�tica de aquellas con las que se acot� el primer enfoque de este estudio.
Retomando el primer enunciado acerca de las condiciones del signo, tendremos que 2 (tanto en B y A, como H2 y H1) actuar�an como controles del comportamiento hacia un objetivo. Y, efectivamente, tanto la visi�n y olfaci�n de la comida, como el sonido del timbre acotan la conducta del perro, el cual, en ambos casos, se dirige hacia la comida. As�, el desarrollo de la conducta controlada por cualquiera de los dos est�mulos es un elemento verificador de la intercambiabilidad de ambos est�mulos. Del mismo modo, la percepci�n del obst�culo o la informaci�n ( cre�ble) acerca de su existencia acotan la conducta del automovilista, el cual en ambos casos, opta por llegar a su destino siguiendo un camino distinto. Tambi�n aqu�, el desarrollo de la posterior conducta motivada por cualquiera de los dos est�mulos es un elemento verificador de la relativa intercambiabilidad de ambos.
La desorientaci�n dispersa en diversas frases del trabajo de Morris, se concreta en el enunciado con que termina la cita transcripta: "El timbre y las palabras son, en cierto sentido, sustitutos en el control de la conducta respecto al control que ejercer�a sobre la conducta aquello que significan, si hubiera sido observado ello mismo ". Y, seg�n escribe poco antes: "Tanto el timbre como las palabras controlan..., la conducta..., de modo semejante al control que ejercer�a el alimento o el obst�culo..." Con lo cual, el "significado" del timbre es el alimento y el de las palabras es el obst�culo. No discutimos la introducci�n del t�rmino "significado", pese a que no ha sido definido (lo alude en diversos momentos y s�lo en el glosario con que termina su obra hay un intento, que en realidad lo es de eludirlo: "Significatum: Aquellas condiciones tales que aquello que las satisfaga es un denotatum de un signo dado"; p. 354); tom�moslo simplemente por la afirmaci�n de las correspondencias: timbre/ alimento y palabras/obst�culo. Tales correspondencias ya hemos comprobado que son err�neas y que deben establecerse entre timbre/visi�n u olfaci�n y palabras/percepci�n del obst�culo.
Dejemos de lado los equ�vocos de Morris y partamos de estos �ltimos pares. �Se cumple en ellos la condici�n o condiciones establecidas en el primer enunciado? Rellenando los lugares correspondientes a las proposicio nes que ya conocemos con los enunciados protocolares de cada una de las situaciones descriptas, tendremos:
| 1er ENUNCIADO | 1er ejemplo (perro) | 2� ejemplo (hombre) | |
| Presencia |
A Modo de control de la conducta hacia un objetivo |
A Sonido del timbre |
A Sonidos (informaci�n) acerca de la existencia de un obst�culo |
| Ausencia |
B Otro modo de control de la conducta hacia el mismo objetivo (observaci�n visual) |
B Visi�n u olfaci�n de la comida |
B Percepci�n del obst�culo |
| Eficacia |
C Semejanza (no necesaria identidad) de A y B |
C Desplazamiento hacia el lugar en que se encuentra la comida, tanto por el est�mulo del sonido del timbre como por el de la visi�n u olfaci�n de la comida |
C Abandono de la primera carretera y opci�n por la carretera alternativa, tanto por est�mulo de la informaci�n acerca del obst�culo, como por la percepci�n del obst�culo mismo |
Al tomar la totalidad de la respuesta como situaci�n que permite identi ficar la presencia del signo, se confiere a �ste la calidad de "excepcional" a que hab�amos aludido anteriormente. Excepcional por mantener la misma eficacia de la conducta pese al cambio del "control" B (que se da en la situaci�n de referencia: visi�n u olfaci�n y percepci�n del obst�culo) por el "control" A (que se da en la situaci�n modificada y sustituyente: el sonido del timbre e informaci�n acerca del obst�culo). Lo normal ser�a que el perro fuese hacia la comida cuando la ve o la huele; lo excepcional ser� que el perro vaya hacia la comida cuando suena el timbre. Lo normal ser� que el automovilista cambie de carretera cuando percibe un derrumbe (el obst�culo) que le impide avanzar; lo excepcional ser� que cambie de carretera cuando alguien le informa acerca de la existencia de tal obst�culo. Excepcionalidad, a la manera del asombro que padecer�a un observador ajeno a ambas situaciones que viese al perro comportarse ante el timbre como en otro momento lo hab�a visto comportarse ante el olor o la vista de la comida (y cuyo comportamiento hab�a admitido como norma)}; y asombro al ver al automovilista cambiar su itinerario ante las palabras (sonidos) que alguien le dirig�a, como, por la experiencia de tal observador, �ste sab�a que se comportan los automovilistas cuando se encuentran con un obst�culo en la carretera. O sea, que este observador ajeno no podr�a asegurar que el timbre y las palabras eran signos m�s que a condici�n de tener previa experiencia de cu�l era el comportamiento del perro y del automovilista ante el olor o la visi�n de la comida y ante la percepci�n de un obst�culo en la carretera. As�, la identificaci�n de algo como signo depender�a del observador ajeno y no de la eficacia de la propia conducta para su protagonista. No habr�a signos m�s que para observadores ajenos y experimentados; lo cual (al margen de la necesidad de conocer el c�digo, que aqu� no est� en juego) es un absurdo. El signo interesa especialmente en cuanto es reconocido como tal y como uno de los elementos componentes de la propia conducta, por el protagonis ta de dicha conducta. Somos observadores de la conducta del perro ( el cual no puede dar cuenta de su propia experiencia de protagonista); pero justa mente esta posici�n que ocupamos en la observaci�n del comportamiento animal hace que no sea una perspectiva adecuada para formular las iniciales observaciones relativas al signo (los signos en alg�n eventual lenguaje animal s�lo podr�n establecerse como relaci�n, en mayor o menor medida diferencial, respecto a lo que ya conozcamos como signos en el lenguaje humano). Por lo tanto, el enunciado general, con categor�a de posible enunciado cient�fico, deber� formularse a partir de comportamientos que contengan signos y no, ya que los fen�menos no son sim�tricos, a partir de comporta mientos que no los contengan, con la pretensi�n de que sean �stos los que nos ilustren acerca de aquello de que, en principio, carecen.
Morris afirma que "la precedente formulaci�n de 'signo' no es una definici�n en el sentido de que proporcione las condiciones necesarias y suficientes para que algo sea signo. No se dice que algo sea signo si y s�lo si satisface las condiciones establecidas, sino que, si se dan tales condiciones, todo aquello que las re�ne es un signo" (p. 12). Se trata por tanto, como establece un poco m�s adelante, de que el conjunto de condiciones propues tas es suficiente para denominar a algo como signo.
En principio, por consiguiente (tal es la posibilidad que abre Morris al eliminar de estas condiciones la calidad de necesarias), habr�a signo a�n cuando no se obtenga la semejanza en el control de una determinada conducta. Tal el ejemplo aportado por Osgood (para no tomar m�s que autores ubicados en un �mbito te�rico pr�ximo al de Morris): "La palabra fuego tiene un significado para el lector sin hacer que salga corriendo; la palabra manzana tiene significado, sin que por ello provoque movimientos de masticaci�n "7.
Pero tambi�n la calidad de suficiente puede ser puesta en crisis. O sea, aun cuando se den las mencionadas condiciones de semejanza en el control de la conducta, ello no es suficiente para poder afirmar que haya signo. Ser�a el caso del siguiente contraejemplo respecto al propuesto por Morris:
Supuesto K 1:
1) Un conductor maneja su autom�vil por la carretera. . . 2)
Visi�n de un derrumbe que obstruye la carretera. . . 3) Regreso al punto de
origen, desistiendo del viaje.
Supuesto K 2
:
1) Un conductor maneja su autom�vil por una carretera. . .
2) Comprobaci�n de que ha olvidado unos documentos fundamentales para su
actividad en el lugar al que se dirige. . . 3) Regreso al punto de origen,
desistiendo del viaje.
En tales casos (2 en K1) y (2 en K2) producen un control semejante sobre la conducta del automovilista, si hemos de atender a la semejanza de efectos por la familia de conducta resultante, sin que pueda decirse en modo alguno, que el derrumbe y el olvido de documentos tengan entre s� relaci�n alguna de sustituci�n, es decir, sin que sean el uno signo del otro. Tambi�n, con respecto a la conducta del animal:
Supuesto L 1 :
1) Perro comiendo. . . 2) Alguien le retira la comida. . . 3)
Actitud agresiva del perro.
Supuesto L 2:
1) Perro comiendo. . . 2) Visi�n de un gato que pasa
corriendo a pocos metros. . . 3) Actitud agresiva del perro.
Es igualmente evidente que entre ver al gato y que le retiren la comida no existe relaci�n alguna de sustituci�n, no obstante estar dadas las condiciones que Morris enuncia para la existencia del signo, respecto al cambio de los est�mulos y la semejanza del control de tales est�mulos sobre la conducta del perro.
En definitiva, el 1er. Enunciado de las condiciones del signo no logra organizar una explicaci�n sistem�tica y no contradictoria respecto a las situaciones analizables seg�n sus propuestas.
Con respecto al 2� Enunciado, los ejemplos desarrollados por Morris le confieren los siguientes contenidos emp�ricos:
1 Charles Morris, Signs, Language and Behavior. New York: George Braziller, 1955. (Primera edici�n: N. Y.: Prentice-Hall, 1946.) Versi�n castellana: Buenos Aires: Losada, 1962. Las referencias del texto, indicadas entre par�ntesis al final de cada cita, lo son a la edici�n de 1955.
2 Ludwig Wittgenstein, Tractatus Logico-Philosophicus. Madrid: Alianza Universidad, 1973; par�grafo 5.6.
3 Ludwig Wittgenstein, Philosophical Investigations. Oxford: Basil Blackwell, 1953; par�grafo 19.
4 Karl Popper, La l�gica de la investigaci�n cient�fica. Madrid: Tecnos, 1977; p. 155.
5 Henri Wallon, De l'acte a la pens�e. Essais de Psychologie compar�e. Paris: Flammarion, 1942; p. 166
6 Mary O. Leakey, Footprints in the Ashes of Time, en National Geographic, Vol. 155, n� 4, April, 1979; ps. 446 a 457.
7 Charles E. Osgood, Curso superior de psicolog�a experimental. M�xico: Trillas, 1971; p. 923.