Marine Le Pen exorciza fantasmas en el feudo que alumbró su proyecto político
La líder ultraderechista invoca la “prioridad nacional” para los franceses en su primer gran mitin del curso. Promete solucionar la crisis de la vivienda, pero evita alusiones a su condena y a la UE


Al final de la A21, a pocos kilómetros de Hénin-Beaumont, se alzan varios terrils, montañas de hasta 132 metros hechas con los residuos de las minas de carbón del Pas-de-Calais. Se erigieron en los años sesenta, en plena explosión industrial del norte de Francia. Pero se terminaron a finales de los ochenta, con el declive de una región gobernada con mano de hierro por la izquierda y el nacimiento de un proyecto político imparable que, aún bajo la batuta del antisemita Jean-Marie Le Pen, atraería a viejos votantes obreros hacia la ultraderecha. Desde entonces, cada año un poco más, Hénin-Beaumont (26.000 habitantes) se ha convertido en símbolo del proyecto político de Marine Le Pen, diputada por esta circunscripción. “Los franceses tendrán prioridad en su casa”, lanzó este domingo ante un auditorio de unas 3.000 personas que la esperaba impaciente para escuchar su primer discurso político del curso.
Los sondeos apuntan de forma muy sólida que, si las elecciones presidenciales se celebrasen ahora, la líder del Reagrupamiento Nacional (RN) sería, de largo, la candidata más votada en la primera vuelta con casi la tercera parte de los sufragios, y ganaría la segunda fuese quien fuese el rival. “Esta elección presidencial lo decidirá todo: dejaremos que nuestro país se hunda en las arenas movedizas de las costumbres y las turbiedades o daremos el vuelco que deseamos, el que conducirá al renacimiento de Francia”, proclamó.
La rentrée no había sido fácil hasta ahora para Le Pen. Tras un comienzo de verano vertiginoso, cuando logró esquivar la inhabilitación política y convertirse definitivamente en candidata a las elecciones presidenciales del próximo abril (pese al riesgo de que el recurso al Supremo con el que ha ganado tiempo termine con la imposición de un brazalete electrónico), el curso político había empezado de forma extraña para el ultraderechista RN. La líder y su delfín, Jordan Bardella, frustrado por no haber sido él el candidato tras la sentencia judicial, se habían distanciado. Hubo fricciones en grandes temas económicos, también en cuestiones clave, como la prohibición del velo, que han terminado con el principal asesor del joven político de patitas en la calle. Por eso, volver a casa, donde empezó el proyecto, era tan importante para conjurar los demonios en un año clave. Y hacerlo juntos.
Sin embargo, Bardella, que el domingo cumplía 31 años, no abrió la boca, como sí hacía el año pasado en todos los mítines. Aplaudió, sonrió mientras el público gritaba “¡Marine, presidenta!”. Toca volver al banquillo. “Si alguien piensa que seré desleal a Marine es que no me conoce”, había dicho días antes.
Le Pen estuvo arropada en el auditorio por fans locales y prensa de todo el mundo. Habló de vivienda durante muchos minutos. Más que nunca. “En nombre de una supuesta ecología, se ha hecho entrar al mercado inmobiliario en una lógica de restricciones y prohibiciones y, por tanto, en una espiral de recesión”, lanzó al tiempo que proponía derogar la ley que obliga a las ciudades a mantener el 25% de inmuebles de protección oficial.
También subrayó los problemas del mercado laboral y del poder adquisitivo. Anunció un recorte de impuestos si gana. También una bajada de la edad de jubilación. “Aquí sabemos lo que quiere decir trabajar. Las jornadas que empiezan temprano y terminan tarde. Esperar el salario con impaciencia, el reembolso de las facturas. Sabemos lo que son las fábricas que cierran, perspectivas sombrías para el futuro de nuestros jóvenes”. Y se acordó de sus rivales en el centroderecha, Édouard Philippe y Gabriel Attal, ambos primeros ministros con Emmanuel Macron. “Creen que pueden presentarse escapando a sus responsabilidades del pasado”.
La ultraderecha en Europa avanza de forma firme. Alternativa para Alemania (AfD) presenta una candidatura más fuerte que nunca , Vox se fortalece en los sondeos con la crisis de Ceuta y Giorgia Meloni tiene ya el Gobierno más longevo de la Italia moderna. Muchas de las respuestas de la UE pasan ahora por Francia, pero Le Pen, que ahora cita a Charles De Gaulle después de que su partido le denostase durante años, intenta hacer notar que va por libre: se ha distanciado de AfD por sus inclinaciones filonazis. “Salí aterrorizado de mi reunión con sus representantes”, deslizó Jean-Philip Tanguy, peso pesado de RN, hace una semana en la televisión BFMTV.
Tanguy fue preguntado por la valoración que hacía del triunfo electoral de AfD en el Estado federado de Sajonia-Anhalt, donde el 44% votó por ellos el domingo pasado: “Estoy consternado: que tanta gente haya apoyado a un partido que relativiza el nazismo y que incluso ha dicho que podías ser de las SS y buena persona. Y sus propuestas de lo que llaman reemigración, incluso expulsar a alemanes de origen extranjero... Decidimos rápidamente romper cualquier relación con ellos”.
Hénin-Beaumont está a años luz de ese fenómeno. Es la zona cero del relato político sobre el desencanto social de Marine Le Pen, que ayer volvió a recordar las reivindicaciones de los chalecos amarillos (“nunca fueron atendidas”). Pero el lepenismo se divide hoy en dos grandes modelos, políticos y culturales. También geográficos, que en Francia se denominan, en tono jocoso, la ultraderecha a la mantequilla o al aceite de oliva.
Por un lado, un norte desindustrializado, cuyo epicentro se encuentra en ciudades como Hénin-Beaumont, con una población todavía marcada por el abandono de la izquierda, como recuerda a las puertas del acto el jubilado Pascal Renoir. “Mis dos abuelos eran mineros. Héroes olvidados por la izquierda. Cuando cerraron las minas tuvimos muchos problemas. Nadie se acordó de nosotros y la izquierda, que gobernaba aquí, se dedicó a robar en lugar de ayudarnos”.

Por otro, un sur empobrecido y aquejado de algunos problemas de integración atribuidos a la inmigración. “Instalaremos la prioridad para los franceses. Ningún francés perderá derechos. Tendrán prioridad también para la vivienda social”, lanzó Le Pen para complacer a esa parte del partido.
La líder ultraderechista asumió la presidencia de la formación en 2011 y comenzó una estrategia que el propio movimiento denominaba dédiabolisation: romper con una parte de la imagen heredada de su padre, presentar al partido como una opción de gobierno y ampliar su base electoral hacia las clases populares que tradicionalmente habían votado a la izquierda y que habían sido víctimas de la desindustrialización y de la globalización. Un asalto en caladeros de voto obrero cocinado en laboratorios como Hénin-Beaumont. “Hay una derecha sin corazón que confunde lo social con socialismo, que me reprochará ser lo segundo”, lanzó. A su lado, Bardella, quizá el mayor representante de esa otra corriente, aplaudía en silencio.
Le Pen llegó aquí en 2007 de la mano de Steeve Briois y Bruno Bilde, dos militantes que llevaban años trabajando políticamente en el territorio. El Pas-de-Calais ofrecía algo que el FN necesitaba: una región obrera, desindustrializada y profundamente marcada por la crisis de la izquierda. Briois, que enfila ahora su tercer mandato como alcalde, había empezado a trabajar en Hénin en los noventa y conocía el terreno mucho antes de que Le Pen se convirtiera en la actual figura nacional. “Es importante que hoy haya venido. Es una tradición para nosotros empezar aquí el curso político y es diputada por esta circunscripción. Siempre viene un domingo de septiembre a participar en la feria de la ciudad”, explica el alcalde a EL PAÍS.
El año pasado, sin embargo, no fue así. Le Pen prefirió comenzar el curso en Burdeos, alejada del universo obrero, popular y socialmente castigado de la cuenca minera. Estrategia política. Pero también era la respuesta a algunas fricciones entre Bardella y Briois, que se disputaron la presidencia del partido, cayendo finalmente en favor del primero. “No se soportan. A Bardella no le gusta venir aquí. Para él es demasiado obrero, popular, social. Él está más en las cuestiones de inmigración del sur”, señala Gianni Ranieri, consejero municipal por el Partido Comunista en el tenderete político del partido, marginado de la zona central del mercado donde se encontraba todo el mundo este domingo.
La apuesta del RN consistía en algo relativamente sencillo, pero políticamente ambicioso: demostrar que podía dejar de ser un partido de protesta y convertirse en uno de gobierno. Para ello necesitaba ganar una ciudad, administrarla y demostrar que sus representantes podían comportarse como políticos “normales”. Pero Le Pen todavía se inflama cuando llega aquí y toca pared (llegó, comió, habló y se marchó). “Hay que hacer frente a este sistema tóxico donde todo se hace para perdurar en el poder. Fuerzas malévolas que quieren conducir nuestra bella Francia hacia el declive. No podemos perder esta batalla. ¡Hay que conducir a los patriotas como vosotros hasta la victoria!”.
El problema, justamente, puede surgir ahora del temor que infunden algunos de sus socios europeos y de cuestiones internacionales, como la tradicional cercanía de los Le Pen con Rusia o su euroescepticismo. No hubo ninguna alusión a esos temas este domingo. Y la gran pregunta, imposible todavía de responder, es si Le Pen, en caso de gobernar, se comportaría de una forma más pragmática, tal y como ha hecho Meloni en Italia. O si daría permitiría aflorar determinados impulsos que emanan todavía de las ideas originales de los fundadores del partido, entre los que hubo colaboracionistas con la Alemania nazi y miembros de la OAS, el grupo terrorista que intentó varias veces asesinar a De Gaulle.


































































