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En lo profundo de las colinas boscosas y brumosas de la prefectura de Aomori, el trayecto hacia el lago Towada ofrece una estampa clásica del Japón rural: arrozales en terrazas, tranquilas casas de campo y un verdor infinito.

Entonces, justo después de pasar el pueblo de Shingo, aparece sobre la carretera una pequeña señal azul lo bastante insólita como para hacer que algunos viajeros pisen el freno.

En ella se lee, en letras inglesas y negrita: Tomb of Christ (Tumba de Cristo).

Sí, ese Cristo. Jesús de Nazaret.

No es una versión de la historia que aparezca en la Biblia ni que contemple la Iglesia católica. Sin embargo, la leyenda local sostiene que, en lugar de morir en una cruz en Jerusalén, Jesús escapó a Shingo, se hizo agricultor, se casó, tuvo hijos y vivió hasta una edad muy avanzada en la exuberante campiña japonesa.

No es el letrero que esperarías encontrarte en el Japón rural

Esa versión de su historia está registrada en una misteriosa colección de manuscritos conocidos como los Documentos Takenouchi, que supuestamente fueron escritos hace miles de años y redescubiertos en la década de 1930. Y aunque estos documentos “antiguos” y su contenido han sido ampliamente desacreditados como un fraude —ningún teólogo con credenciales académicas serias respaldaría tales afirmaciones—, la leyenda perdura en Shingo.

Durante más de 60 años, el pueblo ha adoptado este folclore no como un dogma religioso, sino como una oportunidad para fortalecer la comunidad, preservar las tradiciones locales y celebrar uno de los festivales anuales más insólitos del país.

En el centro de todo se encuentra el Parque de Cristo, donde dos túmulos funerarios se alzan en una tranquila ladera y el Museo de la Tradición de la Aldea de Cristo narra la historia completa.

“Cristo visitó Japón en dos ocasiones”, explica a CNN Hidenobu Kadogishi, director del museo, detallando la cronología que recogen los Documentos Takenouchi. Según la leyenda, comenta, Jesús visitó primero la prefectura de Toyama, más al sur, donde trabajó para la familia imperial del país, antes de regresar a Judea para “difundir la palabra sobre la tierra divina: Japón”.

El Museo de la Tradición de la Aldea de Cristo de Shingo presenta documentos y muestras culturales que explican el origen de la leyenda.

Los documentos afirman que años más tarde, cuando Cristo estaba a punto de ser crucificado, su hermano Isukiri —cuya existencia tampoco se menciona en la Biblia— ocupó su lugar en la cruz, explica Kadogishi.

“Luego, Cristo realizó un segundo viaje de regreso a Japón, donde vivió hasta los 106 años, tuvo tres hijos y falleció”, dice el director.

Siglos más tarde, en 1935, un líder religioso llamado Kiyomaro Takenouchi afirmó haber descubierto la tumba de Iesu Kirisuto, nombre con el que se conoce a Jesucristo en Japón.

Atribuyó a esos misteriosos documentos el haberle guiado hasta Shingo —entonces conocida como Herai—, donde algunos lugareños pudieron llevarle a los túmulos funerarios. Casualmente, los textos originales, que contienen otras afirmaciones intrigantes sobre el papel de Japón en la historia mundial, fueron supuestamente destruidos durante la Segunda Guerra Mundial, quedando solo copias. En el museo se exhiben reproducciones, junto con otros objetos relacionados con la leyenda, pero está prohibido tomar fotografías y videos.

“La tumba de Cristo siempre había estado aquí, pero no había nada que la explicara adecuadamente”, comenta Kadogishi. “Así que, en 1996, construimos este museo y organizamos la exposición”.

En una colina, a pocos pasos del museo, se encuentran dos grandes montículos de tierra rodeados por vallas blancas bajas y señalizados con grandes cruces de madera.

Se dice que uno es la tumba de Jesús, mientras que el otro alberga la oreja enterrada de su hermano.

A pesar del evidente interés que despierta tal historia, el museo suele atraer a muy pocos visitantes al día y cierra durante los meses de invierno, señala el director Hidenobu.

Sin embargo, un día de principios de verano, el aparcamiento exterior está lleno a las 9:30 a.m., con multitudes que llegan en autobuses desde un aparcamiento auxiliar.

Todos están allí para el Kirisuto Matsuri, o Festival de Cristo, que se celebra anualmente el primer domingo de junio desde la década de 1960. El evento es, a partes iguales, un homenaje sagrado, una alegre celebración comunitaria y un delicioso enigma teológico.

Al comenzar la ceremonia de inauguración, dignatarios locales —muchos de ellos vestidos con traje— ocupan los asientos reservados para autoridades frente a un santuario dedicado a Jesús, cerca de las tumbas.

Un sacerdote sintoísta —practicante del antiguo sistema de creencias japonés centrado en la naturaleza— recita oraciones y ofrece ramas de árbol sagradas, llamadas tamagushi, tanto al santuario como a los dignatarios presentes. Artistas locales representan la danza del león, conocida como shishimai, acompañados por una banda de música tradicional. A continuación, mujeres vestidas con kimonos interpretan el Nanyadoyara, una especie de danza folclórica, alrededor de los túmulos funerarios.

Más tarde, se invita a todos los presentes a participar en un baile frente al museo, bajo un cielo nublado. Decenas de visitantes se unen al círculo, sonriendo y dejando que sus brazos se muevan con fluidez al ritmo de la música tradicional.

“No lo sobrepienses”

El alcalde Kazutomo Sato, de 57 años, lleva poco más de un año en el cargo, pero, como residente de toda la vida, está entusiasmado con la afluencia de público al festival.

“Las cifras de este año son superiores a las del año pasado”, comenta a CNN desde un lateral de las celebraciones. “El pueblo de Shingo se ha esforzado mucho por difundir el evento a través de las redes sociales, y cada vez más jóvenes —como alumnos de secundaria— se suman al baile Nanyadoyara”.

Más allá de las festividades, prácticamente nadie aquí parece preocupado por verificar las elevadas afirmaciones teológicas que los han reunido, ni por saber si Jesucristo vivió y murió realmente en Shingo.

Las preguntas reciben por respuesta sonrisas leves y algún que otro encogimiento de hombros. Nadie quiere romper el halo de misterio que mantiene viva la historia del origen, pero tampoco están dispuestos a declararse verdaderos creyentes.

“La tumba de Cristo ha estado aquí desde que se tiene memoria”, explica a CNN Koshi Nagano, residente de Shingo de 26 años y voluntario del festival, mientras permanece de pie a pocos pasos del sepulcro.

“He crecido oyendo que Cristo está realmente enterrado allí y, durante todo este tiempo, he vivido preguntándome si será verdad. Pero cuando escucho a los habitantes del pueblo contar cómo se han transmitido estas historias a lo largo de los años, llego a pensar que, si alguien debe creer en ellas, son los propios vecinos”.

El Festival anual de Cristo de Shingo se celebra frente al museo.

Incluso el director del museo comenta que se pide a los visitantes que no pregunten si es verdad o mentira, sino que “traten esto estrictamente como una leyenda”.

Antonio Fernández, de España, fue uno de los visitantes extranjeros que asistieron al festival de este año. Estudiante de religión en la Universidad de Tohoku, en la cercana ciudad de Sendai, acudió con un grupo de compañeros deseosos de profundizar en los orígenes de la leyenda.

“Bueno, dejando de lado la veracidad histórica, me parece maravilloso; me gusta el ambiente y ver cómo la gente viene aquí simplemente a divertirse”, afirma con una sonrisa.

“La leyenda no tiene mucho sentido, pero resulta interesante ver cómo la mayoría de la gente de aquí… creo que saben que no es verdad, pero vienen simplemente a pasarlo bien. Creo que esa es la clave del festival”.

Paulina Kralka, de Polonia, comparte una opinión similar. Como cristiana, admite que las afirmaciones resultan sorprendentes, pero asegura que el evento es “algo realmente especial y extraordinario”.

Este tipo de festivales en la zona rural de Japón ofrecen una perspectiva única de la cultura japonesa y ayudan a ampliar los horizontes de los viajeros extranjeros, añade.

“Si dejamos de lado el aspecto religioso, creo que la gente de aquí tiene su propia conexión especial con la tradición, y personalmente no veo nada malo en ello”.

El alcalde coincide: “No hay que sobrepensarlo”, dice sonriendo.

“Más allá de si es verdad o no, la tumba de Cristo está aquí y nosotros la veneramos. Esa es nuestra realidad, algo que hemos protegido como una tradición heredada de nuestros antepasados”.

“En el pueblo de Shingo no encontrarás a nadie obsesionado con las implicaciones más profundas, ni a nadie preguntándose: ‘¿Pero qué significa todo esto?’. A través de la danza Nanyadoyara, de la figura de Cristo y de todas las demás tradiciones, los habitantes de Shingo se reúnen, disfrutan y siguen impulsando el pueblo hacia adelante”.

No exagera sobre el atractivo de los aspectos culturales asociados al festival. Tres mujeres vestidas con kimono, llegadas desde Tokio, cuentan a CNN que no fue Jesús quien las atrajo a Shingo, sino la danza.

Estos turistas viajaron desde Tokio para participar en el baile Nanyadoyara del festival, una danza única de la región.

“La leyenda de Cristo nos resulta interesante, pero en realidad no tiene mucho que ver con el motivo por el que estamos aquí”, comenta una de las mujeres.

“Nos encanta la danza Nanyadoyara… Tanto es así que incluso organizamos ensayos en Tokio. Siempre que encontramos un lugar donde poder bailarla, aprovechamos la oportunidad de inmediato”.

El trío llegó a Shingo hace tres años, tras el levantamiento de las restricciones de viaje por la pandemia, cuando el festival contaba con menos asistencia.

“Espero de verdad que siga creciendo”, añade. “Ver a tanta gente aquí me hace muy feliz”.

Una vez terminada la danza, un evento de ramen con vendedores locales cerca del aparcamiento atrajo a largas colas hacia los distintos puestos, mientras la multitud que rodeaba el museo y las tumbas comienza a dispersarse.

Entretanto, el director del museo se muestra satisfecho. Al final, unas 1.000 personas asistieron al festival de este año, una cifra récord. Y, dado el creciente interés internacional, comenta que están adaptando el lugar para hacerlo más accesible a los visitantes.

“Ya hemos incorporado traducciones al inglés en todas las exposiciones escritas, pero creo que también valdría la pena incluir subtítulos en inglés en los contenidos audiovisuales”, añade Hidenobu.

Afirma que desea que los visitantes cristianos sepan que su fe se trata allí con cautela y respeto. En un país donde los cristianos representan menos del 2 % de la población, la reverencia que se muestra en el lugar resulta aún más notable.

“Al revisar el libro de visitas, lo más habitual es encontrar comentarios como: ‘Me conmueve profundamente haber visitado por fin este lugar sagrado’. Realmente ha adquirido el carácter de una peregrinación”, comenta.

“Tratamos todo con auténtico esmero. No existe en absoluto la sensación —ni siquiera entre los visitantes cristianos— de que estemos burlándonos de nada”.

El profesor japonés Ryosuke Okamoto visitó la Tumba de Cristo en Shingo hace aproximadamente una década. Como profesor de teología y turismo en la Universidad de Hokkaido, afirma que siempre le fascinó la leyenda de Jesús, pero que visitar el lugar y observar sus contradicciones de primera mano le resultó verdaderamente revelador.

“Lo que más me sorprendió fue lo tranquilo y corriente que resultaba todo”, comenta. “No es un gran parque temático como Disneyland, ni daba la impresión de ser una broma… No existen pruebas históricas fiables de que se trate de las tumbas de Jesús y su hermano. Su hermano Isukiri no aparece mencionado en ninguna parte de la Biblia, por lo que la mayoría de los habitantes no cree que Jesús fuera enterrado allí literalmente”.

No obstante, subraya que la localidad concede gran importancia a mantener viva la tradición por respeto al pasado, preservando la leyenda como una especie de memoria colectiva y compartida.

Un sacerdote sintoísta supervisa un ritual conmemorativo en el Festival de Cristo de este año.

“El Festival de Cristo anual comenzó en 1964 y ya lleva más de 60 años celebrándose”, afirma.

“La leyenda no perdura porque todo el mundo crea que es históricamente cierta. Perdura porque la gente valora el lugar, el festival y su vínculo con las generaciones anteriores”.

Asimismo, advierte que no debe considerarse simplemente como un sincretismo —una mezcla de cristianismo y sintoísmo—. El festival no está organizado por ninguna iglesia cristiana ni incluye actos de culto cristiano habituales, como la lectura de la Biblia.

“La ceremonia central es un ritual conmemorativo sintoísta oficiado por un sacerdote sintoísta local”, explica, señalando que el sacerdote incluso aclara durante su discurso que la identidad exacta de la persona enterrada en la tumba no es una cuestión importante. Lo que importa es reconfortar a los difuntos y recordarlos.

“En Japón tenemos ocho millones de dioses, por lo que las doctrinas cristianas y sintoístas no se han fusionado para crear una nueva religión”, dice. “Más bien, el nombre y la historia de Cristo llegaron del exterior, y la comunidad local los integró en una forma familiar de ritual conmemorativo”.

¿Está Shingo preparada para recibir a más turistas?

Dado que la mayoría de los viajeros realmente interesados ​​en visitar Shingo esperan a la celebración del festival anual, el impacto económico de vincular un nombre tan importante a la localidad es escaso, aunque ese nombre sea el de Jesús.

No obstante, contribuye a los demás atractivos de la región.

“Probablemente, la mayor aportación de la tumba no sean grandes sumas de dinero. La visibilidad y una historia memorable son lo que permite a un pueblo explicarse ante el mundo exterior”, afirma Okamoto.

Y eso es algo positivo, señala. Shingo, hogar de unos 2000 habitantes, cuenta con opciones limitadas de alojamiento, transporte y restauración; la mayoría de los visitantes se alojan en zonas turísticas cercanas o en la ciudad costera de Hachinohe, situada a una hora de distancia.

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“Creo que es importante dar a conocer lugares como el pueblo de Shingo a los visitantes internacionales”, comenta, reconociendo la necesidad de atraer turistas a zonas menos visitadas de Japón para aliviar la presión del turismo masivo. No obstante, subraya que este no debería ser el único motivo para visitar la prefectura de Aomori.

Más bien, conviene considerarlo como una parada para conocer la «”orprendente historia de la Tumba de Cristo” en el marco de un viaje más amplio por la región durante los meses más cálidos, disfrutando de paisajes espectaculares —como el impresionante desfiladero de Oirase y el lago Towada— y dedicando un par de días a descubrir la ciudad portuaria de Hachinohe, situada a menos de tres horas de Tokio en tren bala.

El alcalde Sato explica que, al igual que muchas otras zonas de Japón, Shingo se enfrenta a un descenso demográfico, por lo que su prioridad actual es “garantizar, ante todo, que los habitantes actuales disfruten de una vida sana y plena. El objetivo es convertirlo, de forma natural, en un pueblo donde la gente quiera vivir”.

Aun así, espera que los viajeros también consideren incluirlo en sus planes.

“Me encantaría que vinieran a conocerlo quienes busquen una experiencia fuera de lo común en un pueblo lleno de misterio y rodeado de abundante naturaleza”.