Entre las décadas de 1960 y 1970, cerca de un millón de estadounidenses desencantados con la vida moderna abandonaron sus cómodos hogares en ciudades y suburbios para adoptar un estilo de vida totalmente nuevo.
Impulsadas por el movimiento de “Retorno a la tierra” (Back-to-the-Land), surgieron comunas en zonas rurales de todo el país —con una gran concentración en el norte de California, donde la tierra era barata y fácil de adquirir—. Sus habitantes construían viviendas con materiales recuperados, cultivaban sus propios alimentos y dependían de fuentes de energía alternativas. Estas iniciativas influyeron enormemente en nuestra concepción actual de la sustentabilidad y sentaron las bases para estilos de vida más modernos de autosuficiencia y vida en el campo.
Por lo general, se considera un movimiento del pasado, algo que ya ocurrió y que no continúa vigente. Sin embargo, hace unos cinco años, el escritor David Jacob Kramer y el fotógrafo Michael Schmelling se propusieron localizar las viviendas que aún permanecían en pie en el norte de California, así como a las personas que seguían habitándolas medio siglo después.
Lo que descubrieron abarcaba desde cobertizos desgastados por el tiempo hasta hermosas joyas de arquitectura vernácula que la naturaleza está reclamando lentamente. En su apogeo, estos grupos prosperaron y crecieron en número, guiándose por una gran cantidad de libros y manuales de “hágalo usted mismo” que exaltaban la autoconstrucción y la autosuficiencia; entre ellos destacaba Shelter, publicado en 1973 y considerado la “biblia” del género.
Quienes permanecieron en sus hogares tienen ahora entre 70 y 80 años. Han resistido cambios generacionales, conflictos gubernamentales e incendios forestales, y ahora se enfrentan a la realidad de envejecer en comunidades cada vez más reducidas que requieren un mantenimiento arduo. En el nuevo libro Handmade Utopia, Kramer y Schmelling recopilan más de 40 historias orales acompañadas de fotografías.
“Era realmente importante mostrar cómo es la situación actual para aquellas personas que realmente perseveraron. Hubo muchísima gente que fue allí y vivió esa experiencia durante un verano o dos”, comentó Schmelling en una videollamada con Kramer. “Nuestra impresión inicial fue que se trata de una forma de vida muy dura. Es difícil cuando tienes 22 años, y aún más cuando tienes 80”.


Kramer invitó a Schmelling a unirse al proyecto tras conocer a un antiguo miembro de estos movimientos de “Retorno a la tierra”, quien le mostró la casa que había construido y habitado, la cual se encontraba en un estado de deterioro extremo. El hombre estaba pensando en incendiarla, según relató Kramer, quien le pidió permiso para fotografiarla antes de hacerlo. A medida que el escritor localizaba más comunas, se dio cuenta de que estaban desapareciendo rápidamente: sus ocupantes envejecían, se marchaban o fallecían, y las viviendas quedaban abandonadas o eran demolidas. Incluso durante el desarrollo del trabajo hubo pérdidas, ya que algunos de los protagonistas fallecieron antes de que el proyecto llegara a su fin.
“Nos motivó a seguir adelante, y además con un sentido de urgencia”, dijo Kramer.

Muchas de las estructuras nunca habían sido fotografiadas y los residentes desconfiaban de los visitantes. Algunas de las comunas más antiguas aún perduran porque no tenían nombre, eran de difícil acceso y pasaban desapercibidas para el público general. Sin embargo, Kramer y Schmelling dieron con ellas gracias al boca a boca y recopilaron sus historias.
Una mujer, Diana Wiedemann, se unió a una comuna de lesbianas llamada Trillium en 1973 y cofundó Heartwood Women Construction, un grupo de carpintería poco común liderado por mujeres. En otra comunidad, Dan Borghi habló sobre cómo operó un aserradero portátil durante 30 años mientras sus hijas crecían, asistían a la escuela secundaria local y se marchaban a universidades “carísimas”.
“Este lugar no va a durar. Con el tiempo, el tejado de tablillas de madera dejará pasar el agua. Probablemente yo ya no estaré aquí para verlo. No sé si mis hijas siquiera querrán este lugar. Quizás quieran venderlo”, comenta en el libro. “¿Por qué me preocupo por eso, de todos modos? Estaré muerto”.
Obras de arte ocultas
Schmelling explicó que abordaron cada vivienda como una obra de arte en sí misma. En el apogeo del movimiento hubo interés internacional por esta arquitectura, pero, como detalla Kramer en el libro, los constructores nunca se consideraron a sí mismos arquitectos.

Algunas viviendas sencillas se construyeron pensando principalmente en la funcionalidad, mientras que otras surgieron de la transformación de cobertizos o de la adición de ampliaciones heterogéneas a espacios ya existentes. Las casas más elaboradas se inspiraron en cúpulas al estilo de Buckminster Fuller o en líneas fluidas propias del Art Nouveau. El constructor Bob McKee fue el artífice de muchos de estos espacios más grandiosos; parceló terrenos para cientos de personas y ayudó a los propietarios a diseñar sus residencias con un lenguaje visual distintivo.
“Yo la llamo arquitectura hippie y me parece graciosa. Es tan poco práctica”, comentó un residente anónimo en su testimonio oral. “Por otro lado, parte de ella es realmente hermosa, ¿sabes?”.
El legado de diseño del movimiento de “Retorno a la tierra” no se limita únicamente a la arquitectura —tal como documenta el libro—, sino que abarca también el diseño de mobiliario, la artesanía y las infraestructuras que sustentaban su estilo de vida, como la planificación territorial y los sistemas de reciclaje y compostaje. Estas comunidades fueron asimismo pioneras en el uso de energía solar para sus hogares e invernaderos, así como en el cultivo de cannabis. Según Kramer, no es un movimiento que pueda replicarse fácilmente hoy en día, pero su impacto es visible en todas partes, desde la agricultura ecológica hasta el diseño sostenible.


Si bien muchas de las personas que ofrecieron sus testimonios reflexionaron sobre lo que significaba vivir en sus comunidades, también hablaron de la realidad de envejecer: estilos de vida difíciles de mantener y hogares donde parece que cada día se rompe algo nuevo. Algunos han tenido que ceder en sus firmes posturas anticonsumistas. Según Kramer, algunos bromean diciendo que, al envejecer, el movimiento de “Regreso a la tierra” se ha convertido más bien en un “Regreso a Costco”.
Aun así, ambos consideran que el proyecto ofrece una “perspectiva diferente sobre el envejecimiento”, señaló Kramer. “Seguían teniendo mucha convicción… se sienten muy empoderados”.
Una de las personas que conocieron dejó como única historia una receta para su propio entierro: “Diez libras de turba lavada. Diez libras de té Golden Bi Luo. Diez libras de tierra negra húmeda. Diez libras de lenteja de agua o hepáticas. Dos libras de huesos cocidos en hoguera y conchas de ostra, finamente molidos. Una libra de carbón vegetal finamente molido”.
Los relatos que recopilaron Kramer y Schmelling suelen ser francos respecto a la realidad de la vida en las comunas. Y, al finalizar el trabajo, Kramer afirmó que su objetivo no era determinar si el movimiento había tenido éxito o no.
“Para mí, en particular, lo más apasionante era el impulso inicial. ¿Existe otra forma de vivir que sea más significativa, mejor para la Tierra, más equitativa, más pura o, tal vez, más alegre?”, se preguntaba. “Creo que todo el mundo tiene esos pensamientos, pero la voluntad —o la audacia— de llevar a cabo un experimento me resultaba mucho más interesante”.






