La pregunta más importante en Washington esta semana es: ¿por qué el presidente Donald Trump se opone con tanta vehemencia a una desaceleración de la IA tras las advertencias apocalípticas de algunos altos ejecutivos del sector?
La clave reside en una sola palabra —”farsa”—, que él utiliza para ridiculizar el temor de que, algún día, los agentes informáticos puedan intentar destruir a la humanidad.
Cuando Trump recurre a esa palabra, suelen ocurrir dos cosas: se enfrenta a una controversia que amenaza sus prioridades políticas o personales y ha perdido el control de la situación política.
Desde hace mucho tiempo, Trump ha definido al cambio climático como una “farsa”. Por ello, resultó revelador que recurriera a las redes sociales para trazar una analogía específica entre un planeta que se calienta —pese a su negativa a que esto suceda— y los llamamientos a regular la inteligencia artificial formulados por líderes del sector.
Al alterar la realidad, Trump se libera de la obligación de actuar. En materia de política energética, eso se traduce en el lema “perfora, cariño, perfora”. Su administración ha recortado drásticamente las regulaciones, complaciendo así a los donantes de la industria petrolera. Sus diatribas contra los parques eólicos sugieren que anhela una economía del siglo XX impulsada por el carbono.
Según Trump, el caso de Jeffrey Epstein es una “farsa demócrata”. Los desgarradores testimonios de las víctimas del acusado de delitos sexuales hacen que tal afirmación resulte ridícula. Sin embargo, Trump quiere poner fin a la polémica en torno a quien fuera su amigo, un asunto que periódicamente complica la gestión de su administración.

Lo mismo ocurre con otra supuesta “farsa”: las investigaciones sobre los disturbios en el Capitolio del 6 de enero de 2021. Aquel estallido fue la culminación de otro suceso que Trump quiere que Estados Unidos olvide: su intento de anular las elecciones de 2020. La estrategia de la “farsa” funcionó: le permitió regresar a la Casa Blanca para ejercer un amplio poder ejecutivo.
El presidente parece confiar en que, con el simple hecho de tachar de “farsa” los temores sobre una inteligencia artificial fuera de control, logrará disiparlos.
¿Pero por qué?

Trump no es un presidente cualquiera
Una de las funciones de un presidente es aconsejar a una nación atemorizada, examinar y explicar las amenazas, y determinar si es necesario un esfuerzo nacional. “Lo único que debemos temer es al miedo mismo”, expresó Franklin Roosevelt al inicio de su presidencia, en plena Gran Depresión.
Todos los comandantes en jefe hicieron lo mismo durante la Guerra Fría. Y George W. Bush logró controlar al país después del 11 de septiembre, hace casi exactamente 25 años.
Esa no es la manera de actuar de Trump.
Pero incluso desde un punto de vista político, a Trump le convendría tomarse en serio la alarma que genera la IA.
Los estadounidenses están preocupados, no necesariamente por su extinción, sino por la posibilidad de que la nueva tecnología les quite sus empleos. Y al rechazar las inquietudes de los votantes sobre los centros de datos, el presidente se está posicionando en el lado equivocado de otro tema, justo cuando el Partido Republicano se prepara para unas reñidas elecciones de mitad de mandato.

Pero la actitud indiferente del presidente hacia la IA puede atribuirse a una serie de rasgos políticos, económicos y de personalidad que han desatado la agitación a lo largo de sus dos presidencias y que moldearán su legado.
Una de las razones puede ser económica.
Cualquier señal de que el desarrollo de la IA pueda ralentizarse provocaría casi con toda seguridad una reacción en los mercados.
Mientras su guerra con Irán impone a los estadounidenses precios elevados de la gasolina y costes récord del diésel, Trump no puede permitirse ninguna turbulencia en Wall Street que perjudique los planes de jubilación 401k y frene el crecimiento del PIB.
También muestra reticencias filosóficas a una desaceleración económica. Su presidencia se ha centrado en impulsar la actividad empresarial para que genere beneficios, no en frenarla.
David Sacks, exresponsable de IA de la Casa Blanca, argumentó durante el fin de semana que, al expresar su preocupación por el potencial destructivo de la IA, los titanes del sector intentaban presionar a los políticos y a la opinión pública para establecer su propio sistema regulatorio “preferido”.
Trump está adoptando un enfoque similar. “¿Cuándo, en la historia de los negocios, se ha visto a los líderes de una industria exigir una regulación que, de aplicarse rigurosamente, los llevará al olvido y a la bancarrota?”, escribió el presidente el lunes.
El estilo de gobierno de Trump no se ajusta a este tema tan complejo. Esta semana afirmó ser usuario de IA, pero no está claro si esto va más allá de publicar memes extravagantes en los que se representa como diversos superhéroes. Además, se informa a través de la impresora portátil de su asesora, Natalie Harp.
Al mismo tiempo, existe una posibilidad que a menudo se pasa por alto en el tumultuoso Washington de la segunda era Trump: ¿y si el presidente va contra la corriente porque tiene razón en algunas cosas?
Esta no sería la primera vez que una nueva tecnología desencadena advertencias catastrofistas que luego no se cumplen.

Algunos escépticos dudan de la sinceridad de las declaraciones alarmistas de los responsables de la IA, sospechando que están promocionando indirectamente el potencial de su tecnología antes de sus ofertas públicas iniciales en los próximos meses.
Y Trump tiene razón en que, incluso si Estados Unidos ralentiza el desarrollo de la IA, es probable que China no lo haga, lo que le daría una ventaja de superpotencia.
Muchos demócratas opinan de la misma manera, incluido Jake Sullivan, exasesor de seguridad nacional del presidente Joe Biden, quien escribió en Foreign Affairs a principios de este año que Washington “debe mejorar su desempeño” en la integración de la IA en las fuerzas armadas, advirtiendo que Estados Unidos perdería influencia si fracasaba.

“Cazador de farsas”
Pero la visión que Trump tiene de su propio poder y de su lugar en la historia también explica su comportamiento.
El lunes publicó que Estados Unidos estaría bien porque tenía un “PRESIDENTE FUERTE E INTELIGENTE (¡de alto coeficiente intelectual!)”. Esto podría tranquilizar a algunos de sus seguidores, pero incluso si fuera cierto, difícilmente es una postura viable.
La IA será un tema generacional mucho después de que deje el cargo, y Trump, como presidente en funciones, tiene la responsabilidad de marcar el rumbo cuanto antes.

Los críticos de Trump podrían preguntarse si sus opiniones están influenciadas por consideraciones personales, como su participación accionaria en empresas de inteligencia artificial, tal como se reveló en un informe financiero reciente.
La Casa Blanca insiste en que sus cuentas son administradas de forma independiente por instituciones externas.
Sin embargo, las cuestiones éticas que plantean los funcionarios de la administración al regular industrias en las que su patrimonio personal está profundamente invertido han sido una constante sombra sobre el segundo mandato del presidente.
La resistencia de Trump a las verdades incómodas también influye.
Nunca ha presentado su presidencia como un instrumento para afrontar amenazas lejanas o abordar problemas complejos. La ha utilizado para vengarse de sus enemigos, para provocar a sus adversarios políticos, para aumentar su propia fama y para influir en la mentalidad de miles de millones de personas en todo el mundo.
Trump jamás emitiría una declaración tan compleja como la que hizo su predecesor, el presidente Barack Obama, el martes.
El presidente 44 afirmó que llevaba una década dándole vueltas al tema de la IA y que era hora de que los máximos líderes estadounidenses entablaran un diálogo nacional.
“Que esta tecnología dé lugar a avances asombrosos en medicina, energía y educación, o que desencadene enormes trastornos económicos, una mayor desigualdad y una posible catástrofe, dependerá de las decisiones que tomemos ahora mismo. Decisiones que no solo deberían tomar las empresas implicadas, sino todos nosotros”, escribió Obama.
Algunos estadounidenses quizás esperaban algo similar de Trump. Pero él es un rebelde y un presidente que reacciona ante la situación. Su reputación antisistema se basa en ser un ajeno al sistema, no en ser un conciliador.
Y el camino de Obama apunta, en última instancia, a una coalición internacional liderada por Estados Unidos. Trump detesta el altruismo multinacional. “Estados Unidos primero” se trata de reforzar el poder estadounidense, no de debilitarlo.
Si Trump se niega a liderar, ¿intervendrá el Congreso?

No hay tiempo para tomar medidas importantes antes de las elecciones de mitad de mandato.
Pero si la IA se convierte en un tema central de la campaña, probablemente marcará la agenda legislativa de quien controle la Cámara de Representantes y el Senado el próximo año.
Y si los republicanos sufren una derrota aplastante debido a la negativa de Trump a escuchar a los votantes, podrían tener un incentivo para romper con el presidente.
Pero tendrán que valerse por sí mismos.
“Soy el Cazador de Farsas, y ahora mismo estoy desmintiendo otra de ellas: que la IA va a apoderarse del mundo, consumirlo y destruirlo, y que los robots marcharán hacia nuestras ciudades y se desharán de todos nosotros”, escribió Trump en Truth Social el lunes.

